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LA 71ª EDICIÓN DEL FESTIVAL

Cannes se enroca contra la revolución digital

La anulación de los pases de prensa matinales provoca las protestas en un año altamente controvertido: el de la prohibición de los selfis en la alfombra roja y, sobre todo, el enfrentamiento con Netflix

Nando Salvà

Fachada del Palais des Festivals con el póster de la 71ª edición del festival de Cannes

Fachada del Palais des Festivals con el póster de la 71ª edición del festival de Cannes / AFP / VALERY HACHE

El de Cannes es el festival de cine más importante del mundo y, por tanto, el más sometido tanto al escrutinio como a la controversia. Algunas de las polémicas que protagoniza son, por así decirlo, consustanciales a su cargo, y por tanto comprensibles e inevitables; después de todo, programar a gusto de todos es imposible. Otras, por el contrario, son directamente fabricadas por sus organizadores sin otro motivo aparente que dar de qué hablar. Desde este martes, día de inicio de la 71ª edición, quienes paseen por la alfombra roja deberán mantener los móviles escondidos: está prohibido hacerse selfis a la entrada de las galas oficiales. Thierry Frémaux, director del festival, sostiene que las dichosas fotos no solo provocan atascos y retrasos durante el acceso al teatro sino que, además, son una vulgaridad. Sumada a su contencioso con Netflix, la decisión parece dejar clara cierta resistencia del festival a adaptarse a los avances tecnológicos. En todo caso, es anecdótica si se compara con la que ha provocado las protestas de la prensa acreditada.

Lo habitual en los festivales de cine es que antes de la presentación oficial de cada película, por la noche, tenga lugar una proyección de la misma para los periodistas, por la mañana. Así funcionan la Berlinale, y la Mostra de Venecia, y San Sebastián, y así solía funcionar también Cannes. Pero ya no. Frémaux sostiene que esos pases previos, y la rapidez con la que buena parte de la prensa vuelca sus reacciones en Twitter al salir de ellos, arruinan la expectación que las galas nocturnas deberían despertar.

Hasta cierto punto, no le falta razón. El afán de los críticos por ser los primeros en criticar ha hecho que, desde hace unos años, cualquier actor o director que compite en Cannes sepa perfectamente qué se opina de su película horas antes de tener ocasión de presentarla. Y para entender las tensiones que eso causa no hay más que recordar el cabreo monumental que Sean Penn tenía dibujado en el rostro hace dos años mientras subía por las escaleras del Palais para presentar The last face, sabedor de que la crítica la había masacrado.

Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes /REUTERS / YVES HERMAN

El problema es que, con el fin de contener a los tuiteros, se ha tomado una medida que perjudica a todos los periodistas, que no podrán mandar sus crónicas antes de que el telediario de la noche se emita o de que en la redacción de su periódico hayan cerrado ya la edición del día; que, en otras palabras, desdeña toda cobertura periodística que exceda los 280 caracteres. Diversas asociaciones de prensa y crítica han expresado a Frémaux su malestar por el asunto: también le han sugerido soluciones alternativas, como el establecimiento de un embargo que regule los tiempos de publicación de las críticas.

Intentar controlar Twitter sería como pretender ponerle puertas al campo, ha contestado Frémaux. Sin embargo, el embargo es algo que la Berlinale lleva haciendo con éxito desde hace un par de años, y eso deja la postura de Cannes en evidencia. Al final, resulta inevitable tomarla como una nueva forma de sus responsables de dar abono a la mística y la reputación de acontecimiento único y exclusivo que siempre les ha gustado cultivar. Y para lo que, dicho sea de paso, tan inestimable ayuda le ha prestado siempre la prensa.

El lío con Netflix

La otra controversia de la 71ª edición es la derivada del enfrentamiento entre Cannes y Netflix. El año pasado, dos títulos producidos por Netflix compitieron por la Palma de Oro, y eso provocó las protestas del gremio de exhibidores franceses. Como consecuencia de ellas, este año el festival ha desempolvado una norma según la cual todas las películas a concurso deben ser estrenadas comercialmente en Francia, y deben esperar tres años desde el momento de ese estreno para ver la luz en plataformas de vídeo bajo demanda. Eso ha impedido la presencia en la competición de títulos como Roma, de Alfonso Cuarón, o Norway, de Paul Greengrass. En Netflix se lo han tomado mal. "El mundo está cambiando, y en Cannes no se han enterado", dicen los defensores de la plataforma de streaming. "Netflix quiere destruir el cine", dicen los defensores de Cannes. Puede que los dos, pero también puede que ninguno.

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