Ir a contenido

Parsifal en la Fortaleza Bayreuth

El festival wagneriano abre con una puesta en escena de la ópera sobre las tensiones religiosas actuales

El resultado musical es excelente mientras que el escénico es simplista

Rosa Massagué

El tenor Klaus Florian Vogt., como Parsifal, en Bayreuth.

El tenor Klaus Florian Vogt., como Parsifal, en Bayreuth. / EFE / EPA / ENRICO NAWRATH

Las personas con el letrero ‘Suche Karte’ (Busco entrada) estaban de nuevo ahí, numerosas, como en las grandes ocasiones del Festival de Bayreuth. Y la de ayer lo era. Se inauguraba esta edición con el estreno de una nueva producción de ‘Parsifal’, la ópera que Richard Wagner calificó de ‘festival escénico sacro’ y que compuso especialmente para el teatro que había mandado construir en la pequeña ciudad bávara. Sin embargo, la ‘verde colina’ ya no era el lugar abierto que había sido siempre. En esta ocasión, los recientes atentados registrados en Alemania, así como una puesta en escena en la que aparecen elementos relacionados con el islam impusieron tales medidas de seguridad que el festival más bien parecía una ‘Fortaleza Bayreuth’.

La representación transcurrió sin problemas y se saldó con un gran éxito personal de Klaus Florian Vogt como protagonista, Elena Pankatrova como Kundry, y Georg Zeppenfeld en el papel de Gurnemanz, del coro y de la orquesta dirigida por Hartmut Haenchen.

¿Y la puesta en escena? Gustó. Hubo pocos abucheos, pese a que el trabajo que firma Uwe Eric Laufenberg presenta muchos problemas, aporta muy poco al desarrollo de la historia que cuenta Wagner y tiene un aire muy provinciano. Nada que ver con la polémica, pero muy estimulante producción anterior de esta obra en Bayreuth que firmaba Stefan Herheim.

TENSIONES RELIGIOSAS ACTUALES

‘Parsifal’, basada en los poemas épicos medievales de la saga arturiana, cuenta la historia de este caballero que va en busca del Grial, custodiado por los caballeros de una comunidad cuya máxima autoridad, Amfortas, está enfermo por haber pecado causándole una herida que no cicatriza. La enfermedad sume a la comunidad en una total prostración. Parsifal, un joven puro e inocente la redimirá -y de paso al mundo- de la decadencia durante la ceremonia del viernes santo.

EFE / EPA / ENRICO NAWRATH

De izquierda a derecha, Charles Kim, Tansel Akzeybek, Timo Riihonen, Ryan McKinny y Stefan Heibach, en un momento de la representación de 'Parsifal'. 

De acuerdo con los tiempos que corren, Laufenberg ha querido centrar su visión de ‘Parsifal’ en las tensiones religiosas actuales. Para ello, sitúa la obra en una iglesia cristiana en algún lugar de Oriente Medio, maltrecha, en la que los monjes acogen a refugiados de todas las religiones. Compasión y servicio, dos características que Wagner refleja en la obra. Sin embargo, la puesta en escena adopta derroteros excesivamente simplistas con soldados armados hasta los dientes que llegan y se van -uno de ellos es Parsifal-, y en otros, incongruentes con un abuso de la iconografía cristiana hecha de crucifijos y la identificación de Amfortas con Cristo (aunque no es nuevo), con su cuerpo lacerado y la corona de espinas. Kundry, la mujer que es la suma de la madre universal y la gran seductora, mensajera de los caballeros del Grial y hechicera, hace su aparición vistiendo un niqab.

La simbología musulmana se hace presente en el segundo acto, en el castillo mágico de Klingsor, el personaje que, como un ángel caído, ha sido expulsado de la comunidad por no haber sabido controlar su apetito sexual y haberse castrado. Aquí Laufenberg convierte el castillo en una especie de harén o hammán en el que las simbólicas muchachas-flor originales aparecen cubiertas con el niqab para quitárselo y seducir a Parsifal. El personaje de Klingsor es como una caricatura de un obseso que conserva una colección de crucifijos y se dedica a flagelarse.

EFE / EPA / ENRICO NAWRATH

Un momento de la representación de 'Parsifal' en Bayreuth, con Klaus Florian Vogt en el centro.

Se supone que de este castillo mágico el soldado supuestamente occidental, Parsifal, sale convertido en un miliciano del Estado Islámico, porque en el tercer y último acto aparece con uniforme militar negro y con el rostro cubierto. Este acto es quizá el más incongruente. La iglesia del principio está más destruida. Amfortas va en silla de ruedas y Kundry es una vieja con parkinson. El gran momento en que Parsifal, tras ser reconocido como el redentor por Gurnemanz, asume esta función y se produce el encantamiento del viernes santo es plano y ridículo. La vegetación que ha inundado el templo en su decadencia cobre vida y cae una cascada de agua. Un grupo de chicas -¿turistas, refugiadas?- se quitan la ropa y se bañan mientras el templo se va llenando de refugiados de las tres religiones del Libro.

Laufenberg había definido su puesta en escena como panreligiosa, pero depara una sorpresa la final. Parsifal rompe la cruz hecha con la lanza sagrada y la arroja al ataúd de Titurel, padre de Amfortas. Lo mismo hacen los refugiados con sus símbolos religiosos, libros, imágenes o menorás. Al final, la utopía que proponía Wagner es, según Laufenberg, la de un mundo sin religión. Un buen final, solo que el camino para llegar a él es demasiado simple y mal trabado.

EL CAMBIO DE DIRECTOR

Vogt, a quien tuvimos ocasión de ver en el Liceu en este mismo papel, es ahora un Parsifal cuya voz blanca está dejando paso a una voz con mucho más color. Su canto ayudado por un gran fiato fue excelente y mereció todos los aplausos, lo mismo que Pankrátova que debutaba en Bayreuth mostrando una voz compacta, poderosa y con buenos agudos. Zeppenfeld, habitual de la casa, estrenaba este papel en el festival y lo hizo con un gran dominio del personaje. Completaban el reparto en los principales papeles Ryan McKinny (Amfortas), Karl-Heinz Lehner (Titurel) y Gerd Grochowski.

Como ya es tradicional en Bayreuth, el coro fue impecable y la orquesta superó bien el haber cambiado de director a menos de cuatro semanas del estreno después de la salida precipitada de Andris Nelsons y haber tenido que amoldarse no solo a la nueva dirección del veterano Hartmut Haenchen sino a prepararla con la partitura original que traía el nuevo director cuando es tradición en Bayreuth usar de un año a otro las mismas partituras que están llenas de anotaciones y que los músicos conocen de memoria. Si algo cabe reprochar a Haenchen fue el tempo lento.

Originalmente, la dirección de escena de este ‘Parsifal’ debía correr a cargo de Jonathan Meese, un artista polifacético y polémico que a buen seguro hubiera dado un enfoque mucho más interesante al espectáculo. Por el contrario, Laufenberg ha hecho una lectura muy superficial de la historia que cuenta Wagner y de cuánto ocurre a nuestro alrededor en estos días.

El programa de mano cita un texto de Thomas Mann en el que señalaba cómo los personajes de ‘Parsifal’ son todos frikis: un mago que se ha castrado, una mujer con doble personalidad y trances catalépticos, un sacerdote loco de amor que espera ser redimido por un joven puro y casto, y este mismo joven inocente. Pero el gran escritor alemán añadía que el poder de la música hace que este conjunto de personajes medio cómicos, poco inspirados en el romanticismo literario, no formen parte de un guiñol siniestro sino de un misterio de naturaleza religiosa. También la música supera la trivialidad de Laufenberg. 

Temas: Ópera Música