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De abogado de seguros a héroe nacional

James B. Donovan, al que interpreta Tom Hanks en 'El puente de los espías', jugó un papel importante en diversos episodios de la historia reciente

Juan Manuel Freire

James B. Donovan.

James B. Donovan.

Hasta hace poco, el nombre de James B. Donovan sonaba a poco, a pesar de pertenecer a alguien con una vida poco ordinaria. 'El puente de los espías' servirá para, quizás, devolver a primer plano los complejos logros de un hombre que estuvo presente –y fue figura activa– en no pocos momentos clave de la historia reciente.

El irlandés-estadounidense Donovan tampoco aspiraba, en principio, a una vida tan excitante. Estudió Derecho y nada más acabar la carrera defendió los intereses de EEUU en los Juicios de Núremberg –envió a la horca a un puñado de nazis veteranos–, pero después se asentó como pulcro, eficaz abogado de seguros. Todo iba bien, como la seda. Hasta que, en 1957, decidió aceptar una labor que otros muchos rechazaron: defender al presunto espía soviético Rudolf Abel, al que se daba por hecho caería la pena de muerte.

Amigo de las causas impopulares, Donovan se dejó el pellejo en su defensa de Abel. Más allá de lo que pedía el oficio y de lo recomendable, para su salud y la de los suyos. Le llamaron “comunista” –grave insulto durante la guerra fría– y su familia recibía llamadas amenazantes en casa; solución: cambiar de número. Después, a seguir trabajando.

NEGOCIADOR CON CASTRO

Gracias a las habilidades de Donovan –aquí vienen 'spoilers', pero están en los libros de historia desde hace décadas–, Abel no solo se libró de la muerte, sino también de la cadena perpetua. Le cayeron 30 años.

Donovan quería mantener vivo a Abel por si algún día podía ser útil en un cambio de prisioneros. Y tres años después, en 1960, llegó la oportunidad cuando el piloto de la CIA Francis Gary Powers fue derribado mientras volaba por espacio aéreo soviético. El antiguo abogado de seguros negoció su liberación y entonces fue considerado un héroe.

Tras aquel hito, nuestro hombre negoció con Castro la liberación de prisioneros tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos. Y no solo eso: fue admirado presidente de la Junta de Educación de Nueva York durante la era de los derechos civiles. Murió de un infarto en 1970, con solo 53 años.

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