LANZAMIENTO EDITORIAL

Jonathan Franzen: «Si no ríes con mi libro, lo estás leyendo mal»

El novelista etadounidense publica 'Pureza', sobre la identidad en tiempos digitales

 Jonathan Franzen, en el Cheltenham Literature Festival, en Inglaterra, el pasado dos de octubre del 2015.

 Jonathan Franzen, en el Cheltenham Literature Festival, en Inglaterra, el pasado dos de octubre del 2015. / GETTY IMAGES / DAVID LEVENSON

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JUAN MANUEL FREIRE / BARCELONA

El novelista estadounidense más celebrado y también discutido de los últimos tiempos nos cede un hueco en su agenda para hablar telefónicamente sobre Pureza (Salamandra; en catalán, Edicions 62), otra novela río, expansiva e íntima al unísono, del autor de Las correcciones. Conversación sobre pájaros, tecnología, el estado de la prensa y su experiencia frustrante en el terreno televisivo.

-Es usted un apasionado de la ornitología. Según me ha contado mi colega Ernest Alós, se muere por avistar la alondra de Dupont. 

-Recuerdo haber hablado con él del tema. Es una pena, todavía no he podido hacerlo. Tendría que acercarme por el noroeste de España al principio de la primavera...

-Háblenos del origen de Pureza: ¿algo en concreto le movió a escribir una novela sobre la identidad en los tiempos digitales?

-No realmente. Empecé con el personaje de Pip [una recién graduada universitaria que entra a trabajar para una web estilo Wikileaks] y de su madre, que es una idealista extrema. El libro habla de secretismo y para hacerlo hoy en día, es inevitable referirse a internet. Pero no es un tema dominante de Pureza, aunque se haya dicho a menudo en la prensa en España y Alemania.

-En el libro se cuelan apreciaciones sobre cómo ahora documentamos y exponemos nuestra vida sin freno.-He hablado del tema de forma más directa. Una novela no es una lección; no es el mejor camino para ofrecer mi punto de vista sobre algo. Di un discurso en el Kenyon College en el que propuse el amor como antídoto. El amor necesita identidad, privacidad, no likes. La verdadera tensión es entre el amor e internet.

-Según algunos, los nativos digitales solo leen pies de foto de Instagram. ¿Habrá espacio para la novela en el futuro?

-Hace mucho tiempo, Don DeLillo me envió una carta en la que decía: si llega un momento en que la gente no lee novelas, será que la identidad ha desaparecido. Internet ha dado forma a ideas extrañas, como que no puedas escribir sobre la vida de otro. «¿Cómo te atreves a hacer algo así?». Y eso es la esencia del género de la novela. Si no, la novela sería una selfi gigante.

-Hay algo que no se dice lo suficiente sobre Pureza: es francamente divertido.

-Yo diría que, si no te ríes, lo estás leyendo mal.

-Incluso la parte dedicada a la disolución de un matrimonio resulta hilarante.

-En realidad fue la razón por la que escribí este libro: poder diseccionar un matrimonio horroroso. Me alegra que lo vea divertido.

-Los diálogos son imparables. En esta ocasión, suenan bastante más naturales.

-Siempre he estado orgulloso de mis diálogos. Pero no son tan naturales como parecen. Lo descubrí cuando HBO trataba de hacer una serie basada en Las correcciones: había líneas extraídas de la novela que los actores tenían problemas para decir. Así no es como habla la gente en realidad. Para mí el diálogo no es una transcripción, sino una forma de crear acción o caracterizar al personaje.

-Por cierto, ¿qué pasó con la serie?-Bueno, la versión corta es que no había un individuo al cargo de ella. Por un lado estaba yo, sin mucha idea de tele. Por otro, el director Noah Baumbach, que no quería dedicar cuatro años de su vida a hacer esto… Para hacer una serie buena debe haber alguien al cargo de todo. Breaking bad sucedió porque Vince Gilligan estaba al cargo de todo.

-Hasta del último boli visto en un escritorio en cualquier escena.

-Él hizo que esa serie sucediera. Si alguien quiere hacer una serie con mi libro, debe adoptar esa clase de papel.

-¿Qué le parecería que adaptasen Pureza?

-Hay alguien interesado en ser Andreas Wolf [jefe de Pip; especie de sucesor de Julian Assange] y producir cinco horas de televisión. Ha habido alguna reunión. Pero en ellas he sido yo quien ha tenido que dar las malas noticias y decir: «Igual no es fácil de adaptar» (risas).

-Dice tenerlo difícil para encontrar escritores que le seduzcan. Pero está disfrutando con Elena Ferrante.

-Sí, mucho. Ahora estoy con un libro suyo y pese a estar disfrutando de esta conversación, tengo ganas de acabar para seguir leyendo... Mi otro gran descubrimiento reciente es Edward St. Aubyn. Un poco como Ferrante y Knausgaard, ha conseguido hacer algo realmente intenso a partir de su experiencia.

-Quiero saber en quién confía a la hora de saber qué pasa en el mundo.

-Soy del New York Times. Tiene sus problemas, pero al menos siguen pagando a reporteros para ejercer como tales y no se ha vuelto loco por los clics. También leo el New Yorker. Estos dos medios han conseguido que sus barreras de pago funcionen, lo que resulta alentador.

-Es alentador, aunque también medios con contenidos terribles prosperan.

-Hay gente que todavía sabe apreciar lo bien hecho. Y la gente que sepa leer será la que avanzará en este mundo. Los padres privilegiados restringen a sus hijos el acceso a internet porque es un camino hacia el desempleo.

New York Times, su querida enemiga Michiko Kakutani ha escrito una reseña realmente elogiosa de Pureza.

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-Hablando del

-Sí, los dos tenemos una especie de romance extraño. En realidad, ha escrito reseñas elogiosas de todas mis novelas. Y eso que la llamé «la persona más estúpida de Nueva York» después de lo que escribió sobre mis memorias [Zona fría, del 2006]. No me arrepiento de lo que dije, pero, de algún modo, he aprendido a valorarla un poco.

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