08 jul 2020

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el nazismo, 70 años después de su rendición

Alemania se ríe de Hitler

CARLES PLANAS BOU

El peso de la historia es una difícil carga moral para los alemanes. La barbarie provocada por el imperio nazi de Adolf Hitler marcó un antes y un después en la era contemporánea y manchó a Alemania para siempre. Desde entonces, el país ha soportado esa pesada losa sin darle la espalda, sino aceptando su pasado y reflexionando sobre sus consecuencias. Ese ejercicio de memoria llega ahora a un nuevo episodio con el estreno del filme Er ist wieder da (Ha vuelto), donde se especula sobre el regreso del führer a las calles alemanas.

La película, adaptación del popular best-seller de Timur Vernes, es una sátira política cargada de humor negro en la que Hitler se despierta en medio de una Alemania pacífica y democrática e intenta volver a la política iniciando una carrera como cómico. Este disparatado argumento, que se ha convertido en un fenómeno en el país, refleja la capacidad de asimilación de la historia por parte de la sociedad germánica, a años luz de otros países con pasados dictatoriales.

Filmado con un estilo gamberro y feroz, parecido al Borat de Sacha Baron Cohen, la película ironiza sobre cómo Alemania ha aprendido a gestionar la imagen de Hitler, su caudillo más sanguinario, hasta poder llegar a reírse de él. En alguna escena se ve a seguidores de la selección alemana siguiendo los partidos del Mundial de Brasil, haciéndose selfis con el führer y alzando el brazo en una clara muestra de broma, un gesto que está terminantemente prohibido. Aunque hay momentos en que se retrata a algún ciudadano que comparte el ideal xenófobo hitleriano, la película se centra en explotar la imagen del dictador y desposeerla de su tabú.

Escrutinio de la barbarie

El escritor judío Primo Levi dijo que «después de Auschwitz no es posible escribir poesía». Lejos de esconder la cabeza, Alemania ha lidiado con su culpabilidad moral durante más de 70 años y la ha combatido abriendo la barbarie nazi a un constante escrutinio y debate público. Ensayos, exposiciones en museos, estudios, libros, películas… Las expresiones artísticas y científicas han reflexionado sobre el pasado alemán actuando como un antídoto contra el dolor. Aunque la historia no puede cambiarse, Alemania ha aprendido a asimilarla con madurez, algo de lo que ahora se enorgullece. Su caso queda lejos del alzhéimer institucional que padecen  países como España, que ostenta el penoso récord de ser el segundo país del mundo tras Camboya donde hay más fosas comunes con desaparecidos y donde hooligans de la dictadura como la Falange aún se pasean por las calles sin ningún tipo de reparo.

La revisión del pasado ha sido una constante tan presente que incluso existe un término específico para denominarlo, Vergangenheitsbewältigung, que no tiene traducción. «Alemania es un país con una profunda aceptación para debatir y criticar su historia», recuerda el profesor Carsten Koschmieder, especialista en movimientos de ultraderecha del Instituto de Ciencias Políticas Otto Suhr. Aun así fue un proceso lento y complejo. No fue hasta 1985 que el presidente federal Richard von Weizsäcker se refirió al día de la capitulación nazi como el «día de la liberación».

A pesar de haber todo tipo de actividades que evocan al pasado, el cine ha sido un gran escaparate de reflexión pública. En la gran pantalla, Alemania ha analizado con seriedad y rigor el curso de la historia contemporánea y su atropellada experiencia con el autoritarismo. El país ha dado luz a grandes obras que van desde los últimos días del nazismo en El Hundimiento (2004) al espionaje en Berlín Este en La Vida de los Otros (2006), pasando por experimentos sociológicos sobre las dictaduras como La Ola (2008). En un plano más cómico,

Goodbye Lenin (2003) también abordó astutamente la transición vivida por miles de alemanes.

«La banalidad del mal»

En los últimos años, el esfuerzo por escrutar cada rincón de la memoria ha sido aún mayor. El cine no ha sido el único en revisitar el horror nazi. En el 2013, la cadena pública ZDT emitió la polémica aunque prestigiosa serie Unsere mütter, unsere väter (Nuestras madres, nuestros padres), donde se exploraba el lado humano de los que combatieron junto al Reich. «Es un ejercicio de valentía histórica donde se muestra el otro lado de las trincheras», remarca Aureli González, escritor y colaborador de la revista digital Serielizados. Esa visión controvertida y poco ortodoxa mostró que los que participaron del delirio en aras de una Europa aria también fueron personas con sentimientos humanos, y dio alas a una relativización de las atrocidades que no se ha permitido en las escuelas. Eso, según González, también profesor de Filosofía, evoca a lo que la pensadora política alemana Hannah Arendt acuñó como la «banalidad del mal» para referirse a aquellos que cumplieron órdenes bajo un sistema monstruoso sin reflexión alguna sobre sus actos.

«La antigua Alemania soviética y sus símbolos no están tan claros como el capítulo del nazismo», recuerda el investigador y sociólogo Carlos Gomes. Una de las figuras más controvertidas es la del propio Lenin, de quien aún se conservan cuatro monumentos en Berlín y ocho estatuas en el este del país. Gomes inició el proyecto Lenin is still around donde se analizan los rastros del histórico personaje y los ecos que la ideología de la RDA sigue proyectando en la actualidad. «La difusión del pasado crea una conciencia colectiva para rechazar que se repitan las violaciones de los derechos humanos», concluye.

La culpabilidad de Alemania nunca se desvanecerá, el peso de la historia recordará siempre a los germanos lo que llegaron a perpetrar sus familiares. Pero, a pesar de todo, tendrán el consuelo de haber encontrado en la memoria y en su reconocimiento el mejor aliado para combatir la barbarie y aprender de sus errores. Y eso ya supone un avance significativo.