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entrevista con el cantautor

Javier Krahe: «Siempre he querido huir del sermón del cantautor»

JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA

Javier Krahe (Madrid, 1944), que fuera cómplice de Joaquín Sabina y Alberto Pérez en La mandrágora (1981) tiene nuevo disco, Las diez de últimas, que presenta esta noche en el Club Capitol y mañana en el Cafè del Teatre L'Escorxador (Lleida).

-Ese título, ¿insinúa su despedida?

-En el tute, llevarse las diez de últimas es llevarse la última baza. Termina la partida, pero empieza otra. Es exagerado decir que me despido.

-Un disco sobre mujeres y amores. ¿No está ya todo escrito?-Tiene razón, todo está escrito y todo se vuelve a escribir de otra manera. Las canciones de amor son o bien de fracaso y añoranza, o de enamoramiento. Sí, todo se ha contado antes. Qué se le va a hacer.

-En Fuera de la grey bromea con la religión. ¿Puede cambiar su visión del catolicismo con el nuevo Papa?

-El Papa Francisco es interesante, pero para ser Papa hay que ser antes cardenal, y no les tengo respeto en principio. Sus intenciones son, digamos, buenas, pero su propósito es que la gente vuelva a la iglesia...

-Tiene un lenguaje musical asentado. ¿Recela de los experimentos?

-Estoy a gusto con mis músicos. ¿Para qué quiero cambiar si lo que quiero es divertirme?

-Se aparta del cantautor que cree que lo que dice es trascendente.-Sí, desde que empecé a escribir canciones. Siempre he querido huir del sermón del cantautor.

-Y sigue la estela de Brassens.

-Sí, sobre todo, aunque yo ya tenía un par de canciones muy brassensianas antes de conocer su obra.

-La descubrió viviendo en Canadá.

-Sí, y la de Leonard Cohen. Me impresionó muchísimo, pero no me influyó como Brassens. Las canciones de Cohen tienen el texto muy trabajado, pero su origen está en el country, y eso para mí es muy distante. No me entraba por las tripas, sino por el conocimiento, y Brassens me entraba por todos los lados.

-¿Qué le parecen las adaptaciones que hizo Paco Ibáñez?

-Como pionero estuvo bien, pero las traducciones me parecen malas, como La mala reputación«No, a la gente no gusta que...»; será «no le gusta que...»

-Una licencia.

-Una incorrección. Las traducciones se las hacía un francés, Pierre Pascal, que no dominaba el español.

-¿Se lo ha dicho alguna vez?

-No, cuando he hablado con él he soslayado el asunto (ríe). Yo es que me fijo en exceso en estas cosas. Me importan muchísimo las letras. Es casi una manía. Quizá no esté bien.

-Con su nuevo disco se adjunta el libro El derecho a la pereza, de Paul Lafargue. ¿Es su respuesta a las peticiones de que España aumente su productividad?

-Lafargue puso el dedo en una llaga: el trabajo como maldición. Esto hay que tomarlo en cuenta ahora que quieren que se trabaje más horas y jubilarse a los 70. ¡Qué disparate!

-Viene mucho a Catalunya y la conoce. ¿Cómo la ve desde Madrid?

-Pues si no fuera Artur Mas el que está promoviéndolo todo, me lo creería más. Con ese señor al frente no me creo nada. De todas formas, yo no tengo problemas con ninguno de mis amigos de Catalunya.

-¿Derecho a decidir?

-Ni entro ni salgo, aunque no me gusta la expresión derecho a decidir. Está incompleta. ¿A decidir qué? ¿Por qué un eufemismo? Luego dicen «ya sabemos de qué estamos hablando». ¿Pues por qué lo ocultáis?

-¿Le ve un futuro borroso?

-En la novela Victus, de Sánchez Piñol, que he leído, dice al principio: «Catalunya quiere algo, pero no sabe qué». Pues a ver si va a ser eso.

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