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Movistar me da miedo

Ramón de España

C omo decía Robert Duvall en Apocalypse now, dentro de cada soldado del Vietcong hay un norteamericano pugnando por salir al exterior. De la misma manera, añado yo, dentro de cada publicista hay un alma sensible que intenta mostrar al mundo su amor al arte. Solo así se explica una campaña tan demencial como la última de Movistar, que no sé a ustedes, pero a mí me da un mal rollo rayano en el canguelo.

La cosa consta de dos anuncios. En el primero, un niño duerme plácidamente hasta que de repente se cuela en su cuarto un perturbado cubierto con una máscara de gallo terrorífica que, al parecer, es el abuelo del tierno infante. Tras calarle a este otra horrenda cabeza de gallo, el hombre se lo lleva a través de un bosque amenazador hasta un acantilado ante el que empieza a salir el sol, momento en que ambos se ponen a cacarear para dar la bienvenida al nuevo día: si yo fuera el padre de ese crío, metería al viejo en una institución psiquiátrica por traumatizar a un niño inocente y prácticamente despeñarlo, pero según los de Movistar, la cosa consiste en compartir la vida.

En el segundo anuncio, un probo ciudadano circula en bicicleta, escuchando música clásica con auriculares, cuando empieza a acosarle un inquietante grupo de ciclistas perroflautas que llevan adosados a sus vehículos unos potentes ghetto blasters de los que emana un ruido infernal. Lo primero que uno piensa es que al pobre tipo de los auriculares le van a zurrar la badana a conciencia, pero no, resulta que ese acoso, según el creativo de turno, es en realidad una manera de compartir la vida.

No sé qué pensaría el Don Draper de Mad men de esta campaña, pero, claro, él solo es un publicista de turbio pasado con el armario lleno de esqueletos y sin ninguna veleidad artística, mientras que el responsable de este delirio debe de ser uno de esos muchachos, tan comunes en su profesión, que, mientras se lucran en su condición de esbirros del capital, aspiran a redimirse algún día escribiendo una novela o rodando una película independiente de bajo presupuesto.

En cuanto al bolchevique infiltrado en Movistar que ha dado el visto bueno a la campaña, ya tardan en cesarlo.

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