ARGENTINA-MÉXICO (2-0)

Argentina-México: Messi salva otra vez la vida a su país

Un zurdazo del astro abre el camino de la victoria de la albiceleste, que se clasificará si gana a Polonia en la última jornada e incluso podría hacerlo con un empate

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Joan Domènech
Joan Domènech

Periodista

Especialista en Fútbol, Barça, Deportes.

Escribe desde Barcelona

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El día en el que Messi empataba con Maradona en partidos mundialistas disputados (21), fresco todavía el segundo aniversario de fallecimiento del astro antiguo, Lionel se reencarnó en Diego otra vez, como cada día, para salvar a su país y darle mucho más de lo que tendría si no hubiera disfrutado de los dos futbolistas más grandes del mundo contemporáneo.

Le dio, frente a México, la vida que a Argentina se le estaba escapando, obligada como estaba a ganar para seguir alimentando el eslogan de que han venido a Qatar a conquistar la copa. Esa vida, ese aliento para enfrentarse a Polonia con la posibilidad de clasificarse, dependiendo de ella misma o incluso con un empate si Arabia Saudí no gana a México, lo proporcionó el 10, su capitán, quién si no, a quien secundó Enzo Fernández a continuación.

Ganar, no jugar

No se trataba de jugar. Se trataba de ganar. Como fuera. Iba la vida en ello y es lo último que se pierde. Messi ha jugado muchos partidos así –con Argentina, no con el Barça ni el PSG- y se limitó a esperar la oportunidad. Sabía también que era una apuesta arriesgada. Que tendría una bala y debía aprovecharla; si no, acudiría, con los demás a la lapidación.

Tendría una bala, apuntó y acertó. No al corazón de Ochoa, sino al último rincón de la portería. Había dicho Tata Martino en la víspera que Messi solo necesita cinco minutos para decidir. Ni cinco segundos tardó en apaciguar la bola con un toque por delante suyo y soltar un zurdazo.

Volvía Argentina al estadio maldito de Lusail, donde empezó la pesadilla frente a Arabia Saudí y tenía garantizaba otra noche de insomnio, también si vencía, de juerga. Gracias a Messi se desparramó la fiesta albiceleste por el lujoso barrio catarí.

Como el mejor equipo que tenía, que fue el del debut, no le funcionó, Scaloni cambió a la mitad de la alineación. Empeoró, por supuesto, ante un rival competitivo y en un encuentro en el que no iba a primar la calidad. O no era el primer criterio de elección. Enzo Fernández, uno de los sacrificados, apuntaló el triunfo.

Infumable partido

No se disputaba un partido de fútbol. Se jugaban la vida y el honor unos y otros, y de los tacos de aluminio saltaron chispas. Infumable partido brindaron, indigno del más alto escenario futbolístico. Solo reprodujeron el catálogo de tretas y aplicaron con devoción esa vieja máxima de que pasa el jugador o el balón, pero nunca los dos. Ni un regate, ni una pared, ni una mínima cadena de pases. La hinchada mexicana coreó un par de “ole, olé” más como mofa de su rival que por el dominio de sus representantes, como se confirmó al entonar el ‘Canta y no llores’.

Nadie quería jugar los 90 minutos. Trataron de reducir al máximo posible el tiempo, porque pretendían acortar el sufrimiento, lo único que tenían garantizado. Eso de disfrutar es palabrería, postureo.

La tensión se observó antes de los cinco minutos cuando hubo la primera trifulca por un codazo recibido por el argentino Montiel cuando México hilvanaba un contraataque que era un dos contra uno. Cada choque registró un muerto, con el consiguiente tiempo invertido para reanimarlo. Nadie mejor que el italiano Orsato, versado en este tipo de fútbol, para gestionar con paciencia todas las fricciones y todas las ficciones que se representaron. Muchas más que las acciones futbolísticas que fueran dignas de reseñar.

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Un tiro de Messi que rechazó Ochoa de puños, antes caer desmayado, y una palomita de Martínez a tiro de Vega fueron las dos únicas jugadas reseñables del primer tiempo. Ambas de sendas faltas directas. El único modo en el que no habría la interferencia de un rival para acabar una acción.  

La armonía posicional de México, con sus tres centrales, los carrileros, los tres centrocampistas y los dos puntas contrastó con el dibujo argentino, asimétrico completamente. Los tres puntas (Di María, Messi y Lautaro) estaban concentrados en la mitad derecha del ataque mientras que por la otra banda, se supone, debía ser para que se colara el lateral sevillista Marcos Acuña o el interior Alexis Mac Allister. Se supone, porque eso nunca se vio. La presencia de Messi concentra todo el juego y el lado izquierdo nadie lo pisó. Quedó virgen. Bastó con Messi. Otra vez.