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El periodo más crítico bajo Putin

El país debe reinventar su modelo productivo en un contexto internacional hostil y con la sucesión del líder sin aclarar

Marc Marginedas

El momento de la verdad ha llegado para Vladímir Putin. Después de arrasar en unas presidenciales sin oponentes, tal y como estaba previsto en el guión del Kremlin, el presidente ruso debe afrontar una imperiosa tarea que no admite ya más retrasos: el país deber modificar su sistema productivo, basado en los ingresos procedentes de la exportación de hidrocarburos y de materias primas

Este modelo ya no puede garantizar unas elevadas tasas de crecimiento como en la pasada década, y Rusia debe diversificar su economía hacia actividades de alto valor añadido. Un país de 144 millones de personas, con un buen sistema educativo y tecnológicamente desarrollado, tiene un peso similar en la economía mundial al de Arabia Saudí, con cinco veces menos población. Oficialmente, la recesión económica del 2015 y 2016 ha finalizado. En el 2017, el PIB registró un modesto crecimiento del 1,5%, muy reducido para una país emergente, que según los expertos, apunta más bien a un "estancamiento" y que no impidió que los ingresos reales siguieran cayendo en el pasado ejercicio.

Durante los años de decrecimiento, el Gobierno ha evitado un estallido social tapando los agujeros presupuestarios vaciando uno de los fondos soberanos, lo que en la práctica equivale a dejar sin ahorros a las generaciones futuras. Los inversiones están huyendo del país, dada la escasa credibilidad de su economía. 

Ingente desafío

Para acometer el ingente desafío, Putin tiene sobre su escritorio tres propuestas elaboradas por diferentes organismos e instituciones: el Ministerio de Desarrollo Económico, el llamado club Stolypin y el Centro de Investigación Estratégica, un laboratorio de ideas regentado por el ala más liberal del establishment ruso.

Los dos primeros han ideado medidas sin cuestionar el control del Estado sobre la economía. El tercero, en cambio, introduce reformas políticas que muchos observadores consideran vitales para que el país no se quede atrás. Ya no se trata solo de cifras de déficit y estímulos fiscales, sino de competitividad y transparencia, haciendo al país atractivo a la inversión. Para ello es perentorio un sistema judicial independiente del poder y una competencia política que no existe, ideas todas ellas incompatibles con un presidente obsesionado con el control y de carácter autoritario.  

El contexto no ayudará. La tensión internacional y las sanciones han venido para quedarse, y en los próximos años, deberá resolverse el tema de la sucesión, una cuestión problemática en todas las autocracias y que en Rusia tradicionalmente ha generado grandes tensiones internas.