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El rosa deja de ser patrimonio de la Barbie y la cursilería

NÚRIA MARRÓN

El rosa deja de ser patrimonio de la Barbie y la cursilería

Se han fijado, ¿verdad? El azar en moda no existe, y que Paula EchevarríaKate Middleton y los golfistas Justin Thomas y Jonathan Randolph coincidieran el mismo fin de semana vestidos de rosa no puede ser casualidad. Ni tampoco que, pantone arriba, pantone abajo, el mismo color haya salpicado la pasarela de hombres de Milán y el 080 de Barcelona. Ni por supuesto que Kim Kardashian lo haya elegido para su línea de belleza. Cuando Melania Trump y el Sónar convierten el rosa en su color corporativo y Gwyneth Paltrow oficia del mismo tono un seminario de salud y belleza en el que se recomiendan tratamientos faciales a base de sanguijuelas, podemos decir que la moda alcanza la categoría de fenómeno. En efecto, un fabuloso brochazo de color rosa está cruzando los colectivos feministas y LGTBI y el mundo del consumo. Hagan si no memoria de su última incursión en Tumblr o en un centro comercial. ¿Cuántos libros, bolsos, bambas, móviles, ropa, butacas, logos, cosméticos, tintes e incluso madalenas y batidos parecían recién salidos de los mundos de la Tarta de Fresa?

"EL COLOR DE LO ANDRÓGINO"

Según los hermeneutas del ramo, esta nueva epifanía de uno de los colores más connotados y denostados de la historia está relacionada con el estreno de la película de Wes Anderson 'Gran Hotel Budapest' y la comercialización del iPhone Rose Gold, al parecer momentos fundacionales del advenimiento del llamado 'rosa millennial', ese rosa empolvado («irónico» para unos, «postbello», para otros, signifique eso lo que signifique) que provoca contubernios sobre cuál es su tono exacto y si un color puede (o no) definir a una generación, al tiempo que inspira elucubraciones que parecen salidas de un punto ciego entre el márketing y los estudios de género. «Se trata de un rosa apagado, con toques de gris y beige-diseccionaba la revista 'New York'-. Con él, las fronteras entre los géneros se borran. Representa lo andrógino, no lo femenino».

Más allá de la charlatanería mercadotécnica, lo cierto es que de un tiempo a esta parte, el rosa ha echado por el desagüe sus connotaciones cursis y el hatillo de estigmas -¿te gusta el rosa? ¿eres rubia? ¿necesitas una lobotomía?- que lo han perseguido durante décadas. En esta resignificación han coincidido artistas y activistas feministas, que han rescatado el color de la autocaravana de Barbie y, en general, del márketing sexista de los últimos 30 años. Así, rosas son desde los gorros que se exhibieron en las marchas de mujeres contra la presidencia de Donald Trump hasta un grueso de la imaginería de los colectivos que, además del género y la diversidad sexual, también trabajan por dinamitar otros ejes de opresión como la desigualdad, el racismo y las diferentes capacidades.

CHICAS Y PLUMA

¿qué demonios es el 'rosa millennial'?

  • Con bastante sentido del humor, el diario ‘The Guardian’ entró semanas atrás en el
    debate del ’rosa millenial’ y, tras
    auditar los muchos tonos con los que se suele identificar, apuntó que creía que justo este que aparece sobre estas líneas es el famoso color. 

De hecho, el rosa no fue siempre el color de la pluma y las chicas. Según la historiadora norteamericana Jo B. Paoletti, los bebés vistieron de blanco -porque permitía sufridos y severos lavados- hasta que en el siglo XIX empezaron a introducirse los tonos pastel. Aun así, la primera diferenciación documentada se remonta a después de la primera guerra mundial, cuando la revista 'Earnshaw's', notaria de la moda infantil, escribió que «la regla generalmente aceptada es rosa para chicos y azul para chicas». ¿Sorprendidos? Pues atención a la explicación que seguía: «La razón es que el rosa es un color más decidido, fuerte y adecuado para los niños, mientras que el azul, más delicado y refinado, es mejor para las niñas». Cabe decir que, 'generalmente aceptado'es un término demasiado generoso para el pitote que suponía por entonces la sexuación cromática. En 1927, por ejemplo, mientras que en los almacenes Macy's de Nueva York el tono azul era el de los chavales, en los White House de San Francisco era el rosa. Parece que el cisma se resolvió tras la segunda guerra mundial, cuando quizá los triángulos rosas que habían identificado a los gais en los campos nazis o el empeño de Mamie Einsehower en vestir de arriba abajo como una begonia convirtieron este color en anatema de la hombría, siempre atemorizada ante los insultos 'maricón' y 'nenaza'.

Y así, tras algunos giros de guion -los almacenes Sears, por ejemplo, no comercializaron nada en rosa durante dos años tras las revueltas feministas de los 60, mientras que las luchas LGTBI reivindicaron con orgullo el color de los triángulos nazis-, llegamos hasta hoy. Vanessa Friedman, 'catedrática' de moda en 'The New York Times', define así el momento: «El 'rosa millennial' pudo empezar como una moda de pasarela, pero el rosa se ha convertido en algo más, en un símbolo de estos tiempos, de las definiciones de género más holgadas, de la negativa a ser encajonados en un conjunto de expectativas y códigos de vestimenta». Al fin y al cabo, a la industria de la moda le debe de resultar mucho más fácil apuntarse a un color desprejuiciado que revisar de arriba abajo la artillería de estigmas y estereotipos tóxicos -desde la gordofobia y el clasismo hasta la misoginia y el racismo- con la que nos formatea a diario. 

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