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40 años CON 40 años sin

Del busto al retrato en tiempo récord

JOSEP-MARIA URETA

Cuando la memoria no alcanza, a los archivos de la época. Mejor los fotográficos, que no engañan, sobre todo en el reverso del blanco y negro habitual. Las dos fotos son del mes de noviembre de 1975. Aprecien las diferencias, como en los jeroglíficos y respondan: ¿cuál es anterior y cuál posterior al 20 de noviembre de 1975?, fecha oficial de la muerte del general Francisco Franco. El escenario es el mismo, el Salón Dorado -el artesonado del techo forrado de pan de oro- del Palau de la Generalitat. A la izquierda, un acto académico del 3 de noviembre de 1975. Preside Juan Antonio Samaranch y, a su derecha, el diputado Manuel Font Altaba, catedrático de Cristalografía. Busto de Franco detrás y bandera con el escudo de la dictadura. A la derecha, un acto celebrado el 26 de noviembre, seis días después de la muerte del general, ya con Juan Carlos I proclamado rey.

DESAPARECEN EL BUSTO  y la bandera. En su lugar, los retratos de los reyes, obra del madrileño Jaime Ricardo Macarrón, pintor de la corte borbónica. Repárese el error protocolario: la Reina no está a la izquierda del Rey sino a su derecha. Se colgó según los cánones en primera opción, pero los monarcas se daban la espalda. ¿Un error de quien encargó los retratos? No. Más simple: ambos lienzos estaban en otra sala del Palau, el Virgen de Montserrat, en paredes enfrentadas. Pero tras la noche del 20, el objetivo era borrar la memoria cuanto antes. O más claro: apuntarse enseguida a la causa monárquica. Decisión personal de Samaranch que en la primera foto tiene a su derecha a los alcaldes de Granollers, Francisco Llobet, y de Sabadell, Josep Burrull. Ambos falangistas. A la izquierda, el vicepresidente Francisco Platón, que fue portero del Espanyol, y en 1975 era el delegado nacional de Deportes en Barcelona.

Una evolución exprés en una semana. Gestada durante la larga enfermedad del dictador, pero ejecutada con premura entre la tarde del día 19 y la noche del 22. En un reportaje de TV-3 del 2004 sobre la muerte de Franco, dirigido por Francesc Escribano, reemitido el lunes pasado por el canal 33, aparece un momento el gobernador civil de Barcelona, Rodolfo Martín Villa, reconociendo que no fue informado del deceso por Presidencia del Gobierno (Carlos Arias Navarro) sino por Juan Antonio Samaranch a la una de la madrugada del día 20.

cuatro horas después aparecía un teletipo de Europa Press escueto («Franco ha muerto»), solo confirmado oficialmente a las 6,15 de la mañana. ¿Por qué Samaranch disponía de mejor información? Porque tenía un infiltrado en el Palacio del Pardo, Mariano Calviño de Sabucedo, falangista de primera hora, factótum del franquismo en Catalunya desde 1939 y presidente de Aguas de Barcelona. Calviño, fervoroso creyente de la inmortalidad del general, envió el capcioso mensaje al final de la tarde del día 19: «Ha experimentado un leve retroceso».

Aquí empezó el protocolo diseñado por Samaranch en paralelo a la Operación Lucero, concebida por el régimen en previsión de altercados inexistentes. Su hombre de confianza aquella noche, además del jefe de gabinete Josep Maria Sumpsi, era Jacinto Ballesté, franquista pragmático, que había sido jefe del equipo de preparación de las regatas de vela de Kiel en los Juegos de Múnich de 1972, en los que participó el príncipe Juan Carlos en la clase dragón.

Deporte y política jugaron un papel determinante en las relaciones personales de aquellos días. También la necesidad de Samaranch de asegurar su proyección internacional posterior, porque años atrás cometió la imprudencia -inhabitual en él- de apostar por la hipotética sucesión de Franco por el marido de su nieta Carmen, Alfonso de Borbón. Aventura patrocinada, entre otros, por Mariano Calviño.

Aquella noche en el Palau quedaban los funcionarios de confianza del presidente, entre ellos muchas venerables secretarias hijas huérfanas de próceres adinerados fusilados durante la república. Algunas de estas funcionarias se jubilaron en cuanto llegó del exilio Josep Tarradellas. También seguían en guardia permanente el medio centenar de mossos d'esquadra a las órdenes del capitán Demetrio Albert y su sucesor Bertrán Gómez Alba. Doblaron su lealtad con la capitanía general.

Samaranch quería ser el primero en mostrar en público su lealtad al futuro Rey. De ahí que ordenara de inmediato, aquella misma noche, preparar el traslado de los cuadros de Macarrón al salón dorado en cuanto se proclamara el nuevo rey el día 22. Lo importante era que la televisión única (TVE) captara la renovación de lealtades aquel mismo día. De aquel cuadro se utilizó enseguida la cara del monarca para enviarla a todos los municipios para el despacho del alcalde.

Conocido el protocolo de imagen, quedaba el del mensaje leído. Aquí debe abrirse un paréntesis relevante. La Diputación de Barcelona ya era entonces un organismo público de prestigio y avanzado en su tiempo. Lo prueba la existencia de un gabinete de estudios cargado de titulados muy sólidos dirigidos por Josep Maria Margalef, que hacía tándem con un funcionario de élite, Josep Maria Esquerda, con su equipo. Con el tiempo muchos de ellos hicieron aflorar su afinidad al PSC o al PSUC.

DE MADRUGADA encargó Samaranch al servicio de prensa un discurso para el pleno extraordinario del día 20. Mientras, los mossos velaban, firmes y armas a la funerala, el busto de Franco en el Salón Sant Jordi. No hay imágenes. Tampoco (salvo un plano del reportaje de Escribano) del cuadro que permaneció en el despacho de Samaranch mucho más tiempo, el de Franco y su mujer, obra del malagueño Félix Revello de Toro, amigo y retratista del dirigente olímpico. Un año después, Pere Portabella, con cómplices interiores, filmó ese retrato para su documental Informe General.

Aquel 20-N, puestos a separar al personal presente en el Palau por su opción etílica, la división sería: el carajillo para los mossos, agua del Carmen para los nostálgicos y cava camuflado para los funcionarios demócratas, que los había. Fue el colega Josep Ametller, joven taciturno, culto, irónico y de excelente pluma el que redactó un texto de loas al general y referencias más templadas al Príncipe de España (que no de Asturias, recuérdese). Samaranch devolvió el texto pasadas las dos de la madrugada -oficialmente Franco seguía vivo- con una advertencia: «Hay que hablar más del Príncipe». Las botellas, calientes, de Castellblanch no habían surtido efecto, afortunadamente. Hubo tiempo de rehacer el texto mientras las funcionarias de protocolo cosían a destajo crespones negros en banderas españolas. Y fue posible que España entera supiera, de boca del ya entonces popular Samaranch, lo siguiente: «Un pueblo y un Rey, este es el testamento de Franco». El discurso acomodaticio cara a la tele y para toda España y el titular inducido -pocas cosas han cambiado- para reproducción de los diarios de mayor difusión.

El busto de Franco en el Salón Sant Jordi permaneció ahí hasta pasadas las elecciones democráticas de 1977. Se retiró, otra vez con prisas, horas antes de que Samaranch mostrara el Palau a Joan Reventós como candidato más votado.

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