12 jul 2020

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muy seriemente

'El Ministerio del Tiempo', un ochomil de la ciencia ficción

La serie de los hermanos Olivares escala una cuarta temporada que promete, entre otras aventuras, un merecido homenaje al H. G. Wells español, Enrique Gaspar Rimbau, olvidado escritor de torrencial imaginación

Carles Cols

Franco y su esposa, instantes antes de rodar una escena de la cuarta temporada.

Franco y su esposa, instantes antes de rodar una escena de la cuarta temporada. / MDT

El ‘Ministerio del Tiempo’ (MDT) es el más sobresaliente relato de la ciencia ficción española desde que Enrique Gaspar Rimbau escribió en 1881, primero como zarzuela, lo cual ya es la repera, el borrador de ‘El Anacronópete’, las injustamente olvidadas aventuras de Don Sindulfo y su máquina para viajar a otras épocas, publicadas finalmente como novela en 1887. Poca coña. H.G. Wells aún no había sacado del tintero ‘La máquina del tiempo’ (no lo haría hasta 1895) y, en su caso, era para ir al año 802.701, un futuro gobernado por los Morlocks, que, para que se hagan una idea, es como será el mundo dentro de 20 años si los talibanes del liberalismo económico vuelven a tomar las riendas de la economía tras la pandemia o, más rápido aún, si Vox gobierna España un par de legislaturas. A ‘El Anacronópete’ volveremos luego y con justificadas razones, pero antes, lo dicho, hay que celebrar el regreso del MDT, pues el lunes se colgó en la web de RTVE un frugal tentempié de la cuarta temporada. Los ministéricos, o sea, los ‘trekis’ del MDT, están/estamos de enhorabuena.

Que Pérez Galdós sea un agente del MDT no debería extrañar, pues su predictiva mirada sobre el futuro de España era sospechosa

A la espera de que se anuncie para dentro de pocos días la fecha del estreno del primer capítulo de la cuarta temporada, ahí van, antes de nada, un par de informaciones prácticas. La primera es que la serie hizo mudanzas. Trasladó sus muebles de Netflix a HBO. También continúan de forma gratuita en la web de RTVE todos los capítulos ya emitidos, entre ellos, de muy oportuna revisita, el quinto de la segunda, en el que la agente Irene Larra, mientras asiste al parto de Carmen Amaya en 1918 en el Somorrostro barcelonés, se contagia nada menos que de la gripe española y se la trae al presente. Sí, se confinan.

Tal vez los no ministéricos requieran una aclaración. Es la segunda información práctica, un resumen del argumento. El Ministerio del Tiempo es un departamento gubernamental, secreto, por supuesto, con raíces en la edad media. Oculto tras un vulgar portal de la plaza del Duque de Alba se esconde un profundo pozo que da acceso a cientos de puertas a través de la que se puede viajar a todas las épocas, desde Altamira hasta, más o menos, la penúltima ocasión en que el Atlético de Madrid ganó una Liga. Los funcionarios de tal maravilla arquitectónica, con una estética estupenda que recuerda la versión cinematográfica de ‘La torre de los siete jorobados’, lo son de todas las épocas. ¿Quién, por ejemplo? Pues en el capitulito mostrado el lunes, es funcionario del MDT nada menos que Benito Pérez Galdós, menudo hombre, nuestro Edward Gibbon, ya que sus ‘Episodios Nacionales' son, según se mire, la decadencia y caída no del imperio romano, sino del peninsular. Decía Pérez Galdós de los dos grandes partidos que se alternaron el poder en el siglo XIX que no eran más que “dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto” y, ya profético de lo que sería el XX, dejó escrito que “la España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando tan anémica como la otra”. No hay que descartar, por lo tanto, que fuera cierto que aquel canario sin igual trabajara para el MDT y, de ahí, el acierto de sus presagios. Le preocupaba en su tiempo cuántas décadas serían necesarias para librarse de aquel “régimen de tuberculosis ética” que le tocó sufrir y, pasadas unas 15, resulta que esa misma ética de algunos gobernantes tan entusiastas de recortar en sanidad está ahora coronavírica.

Edu Soto, caracterizado con notable acierto como Felipe IV. / AUTOR FOTO (FUENTE)

La genial esencia de la serie es precisamente esa, que la historia de España es la que es, demasiadas veces tremenda, así que los agentes del MDT tienen como misión, guste o no, evitar accidentales o premeditadas alteraciones del pasado, aunque ello comporte incluso no avisar a Federico García Lorca de su fatal destino.

Hasta 20 premios Goya trabajaron en la manufactura de la primera entrega del MDT, que ahora pesca en los caladeros del cine independientes

Este enfoque fue la idea que los hermanos OlivaresPablo y Javier, tuvieron ya hace años y cuyo éxito, lamentablemente, solo pudo disfrutar el segundo. Pablo falleció, no si antes dejar muy claras las cosas. “Esto, hermano, o lo hacemos bien o no lo hacemos. Eso me dijo”. El proyecto quedó desde luego en buenas manos. El currículum de Javier Olivares parece el de alguien predestinado a alumbrar el MDT. Historiador, guionista de no pocos éxitos de televisión y, en su día, lo cual le define mucho, redactor jefe de ‘La Luna de Madrid’, revista sin la que la movida madrileña de los 80 no habría cristalizado igual.

Lo hizo bien, como quería Pablo. Ya en la primera temporada había en la manufactura de la serie hasta 20 premiados con un Goya, que se dice pronto, y ahora, para la cuarta, en lo que no puede ser más que una fenomenal noticia, ha echado las redes en los caladeros del cine independiente para la dirección de algunos capítulos. A Anaïs Paretocineasta barcelonesa formada en Cuba y México, le ha tocado viajar a 1937 para que el ‘Guernica’ de Picasso no sufra contratiempos. En otra sección de este mismo diario, ‘barceloneando’, se la admira.

Anaïs Pareto, directora del capítulo que transcurre en 1937. / MDT

No tiene Olivares ningún problema en anticipar algunos de los personajes y lugares de la cuarta temporada, como que el músico y actor Zenet da el pego como Picasso. Regresan Franco, esta vez con su muy franquista señora, un par de reyes, el ruinoso Felipe V y el ultraborbónico Fernando VII, el Museo del Prado, con sus mudanzas durante la guerra civil, Clara Campoamor y hasta Pedro Almodóvar, rejuvenecido en la piel del actor Carlos Santos. No esta mal. Pero, cuestión de gustos, lo mejor tal vez sea el merecido homenaje que el MDT le rendirá a Enrique Gaspar Rimbau y su Anacronópete, una nave que viajaba atrás en el calendario con electricidad (la bombilla tenía solo 10 años de vida cuando se publicó la novela y Einstein, padre de las paradojas temporales, era solo un crío) y que permitió a Don Sindulfo visitar, entre otros destinos, la batalla de Tetuán de 1860, la rendición de Granada en 1492, la China del año 300, Pompeya con el Vesubio a punto de entrar en erupción y, antes de poner rumbo al mismímo instante de la Creación, ir en busca de Noé, no por sus evidentes conocimientos de náutica, que demostró sobradamente tenerlos, sino por saber cómo se lo hizo para vivir 950 años, según la Biblia.

'El Anacronópete' es el K2 de la ciencia ficción española que, ojalá, saque por fin de la penumbra el MDT

Primorosamente reeditada hace tres años tal cual era en 1887, con sus estupendas ilustraciones de Francisco Gómez Soler, ‘El Anacronópete’ es una exhibición de la torrencial imaginación de su autor, un hombre de mentalidad abierta, adelantado a su época, seguro que lector de Pérez Galdós. De conocerse, habrían trabado amistad. Don Sindulfo viajaba en su moderna nave (‘Tardis’, la del Doctor Who, sería un simple utilitario a su lado) en compañía de amigos, criados y algún amor no correspondido, pues por algo era en un principio una zarzuela. También suben a bordo en una de las aventuras, por decirlo fino, como antaño, varias mujeres de esas que fuman, que descubrirán la importancia de no olvidarse en el equipaje el imprescindible ‘fluido García’, que evita que los pasajeros rejuvenezcan o envejezcan en los traslados temporales. Ellas se llevan un susto cuando sus jerseis de lana, carentes del fluido, se convierten de nuevo en ovejas que corretean por el interior del Anacronópete.

“Figurémonos que el mundo es una lata de pimientos morrones de la que no hemos extraido la atmósfera”, explica el zaragozado Don Sindulfo para ilustrar la lógica de su invento. Y tiene su gracia, porque es cierto que dentro de una conserva, sea de pimientos morrones o de sardinas, si está bien sellada el tic tac del reloj es otro. Que Olivares se haya acordado de Gaspar Rimbau le honra.

Aquella novela es, sin duda, uno de los ochomiles de la ciencia ficción española. El K2 de la literatura fantástica española. El 'Ministerio del Tiempo', tanto o más imaginativa aún, es el Everest del mismo género. Larga vida, pues, al MDT.

Una serie exportada y también pirateada

La cuarta temporada de ‘El Ministerio del Tiempo’ está a punto de ser desembalada y, entre el aporte germinal de los hermanos Olivares y del director y guionista Marc Vigil,  lleva de fábrica el sello de serie de culto. Con el respaldo empresarial de Globomedia y Mediapro, el MDT encara un nuevo reto después de que la fórmula haya sido exportada legalmente a países como Portugal, Ucrania y China, y que tenga una legión de seguidores piratas en America y en Rusia. Parece -cuenta Javier Olivares—que el hecho de que los guiones tengan distintas capas narrativas es una de las claves de su éxito internacional. En Rusia –dice—la serie se ha hecho un hueco entre la clandestina comunidad LGTBI por la naturalidad con la que el personaje de Cayetana Guillén Cuervo vive su homosexualidad. Bajo el putinato (palabra fea, pero qué se le va a hacer), ser gay o lesbiana sí que es ciencia ficción.

Queda en el aire, claro, si en los países en que se sigue la versión original de ‘El Ministerio el Tiempo’ (portugueses, ucranianos y chinos la han adaptado a sus propios libros de historia) se alcanza a comprender la sutileza con que es contemplado el pasado español, con media sonrisa pese a lo lamentable que en ocasiones ha sido

No es que otros países no tengan una historia de la que arrepentirse si eso sirviera de algo. Ahí está Inglaterra, con esa suerte de Weinstein ‘avant la lettre’ que fue el mujeriego Enrique VIII. Y Francia, que tan disimuladamente pasa de puntillas por los episodios más oscuros de su Revolución Francesa, poco menos que un califato islámico laico, con ese Joseph Fouché al que le parecía exasperantemente lenta la guillotina, así que cuando tuvo que poner en vereda a los habitantes de Lyon, ataba a grupos compactos con una cuerda y los cañoneaba. De Alemania, lo fácil sería creer que su único gran horror fue el nazismo, pero eso dejaría fuera de la memoria el experimento anabaptista instaurado en Münster en el año 1534, donde se puso en práctica una especie de polpotismo religioso poco rememorado. Vamos, que los recuerdos de cualquier país darían para una versión sugerente de ‘El Ministerio del Tiempo’, pero es difícil exportar esa resignación ante la fatalidad que tan bien reflejan los guiones del MDT, en especial los diálogos con que regala al público Alonso de Entrerríos, soldado de los Tercios de Flandes interpretado por Nacho Fresneda, para quien desde su siglo XVI ya todo lo que viene es cuesta abajo.