11 ago 2020

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Conocidos y saludados

Josep Lluís Trapero, un hombre tranquilo

Ni hurgando en todas las heridas de Trapero ha conseguido el fiscal una contradicción ni una alteración del carácter de quien, teniendo motivos para disparar, ha mantenido enfundada su arma

Josep Cuní

Josep Lluís Trapero, en la Audiencia Nacional.

Josep Lluís Trapero, en la Audiencia Nacional. / JOSÉ LUIS ROCA

Cuenta la leyenda que todo empezó en agosto del 2017. Catalunya golpeada duramente por el yihadismo. Barcelona y Cambrils en el centro de la atención mundial. Los Mossos, reivindicados como policía global tras su amplia operación en la persecución y muerte de los terroristas. Mariano Rajoy se desplaza a la capital catalana y convoca una Junta de Seguridad extraordinaria. Carles Puigdemont comparte protagonismo como ‘president’ de la Generalitat. Están a poco más de dos meses de su divorcio definitivo. Ante ellos, el mayor Trapero disecciona puntillosamente el trabajo policial. Todos le escuchan atentamente. Soraya Sáenz de Santamaría queda boquiabierta y asiente. Los máximos responsables del Ministerio del Interior, dolidos. Los superiores de los otros cuerpos y fuerzas de seguridad, indignados. Al no haber tenido protagonismo, tampoco tienen nada que añadir. Ni siquiera nada que matizar ni complementar. A la salida, mientras todo son parabienes para el protagonista, un par de altos uniformados llegados de Madrid musitan. «Esto no quedará así», se comenta que le dijo uno al otro. A los pocos días empezó a ponerse en duda tanta eficacia y, con ella, un nuevo embate a un cuerpo ahora sentado en el banco de los acusados de la Audiencia Nacional.

Es cierto que esta narración, mejor o peor precisada, no ha sido confirmada. Tampoco desmentida. Lo que es irrevocable es que a partir de los hechos de los dos meses siguientes se puso en duda tanto la profesionalidad como la disciplina de un cuerpo policial al que se quiso asimilar al potencial ejército independentista. Era tan evidente que algunos de sus políticos ayudaron a la confusión como que los altos mandos no consideraron oportuno desmentirlo con la contundencia que el riesgo requería.

De ello se ha lamentado en las primeras sesiones del juicio iniciado esta semana Josep Lluís Trapero Álvarez (Santa Coloma de Gramenet, 12-12-1965). Un policía que bien podría sentirse reflejado en aquellos dos versos que José Zorrilla pone en boca de don Juan Tenorio: «Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí». Solo que ni en la personalidad ni en el atrevimiento ni las aventuras tienen nada que ver. La única relación está en la metáfora que refleja haber sido elevado a los cielos del heroísmo para, rápidamente y sin solución de continuidad, bajar a los infiernos del oprobio. Y de ver cómo algunos ciudadanos lucían camisetas con su cara como si de un mito se tratara a dejarle en la más absoluta soledad ante las consecuencias de una decisión lógica, profesional y comprensible. Que la policía no puede estar al lado de quienes vulneran la ley, independientemente de lo que piense y sueñe cuando se quita el uniforme, así se lo manifestó el propio Trapero al ‘president’ Puigdemont, según ha relatado ratificándose en lo declarado en la instrucción y amplificado como testigo en el Supremo.

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Mientras, y durante dos largos y tortuosos años, este hombre públicamente distante se apartó de cualquier foco, fue a trabajar diariamente y preparó su defensa con la convicción de quien, aun a sabiendas de haber obrado en consecuencia, no puede evitar preguntarse qué hizo mal para merecer esto. Ni se aceptó que su causa se sumara a las otras ni que se le juzgara en Barcelona. Por eso se mantuvo el delito de rebelión que para un policía es sinónimo de traición. Y que tras la sentencia del ‘procés’ rebajando la condena a sedición el fiscal no haya osado adaptarse todavía a la nueva situación explica los tres días de un interrogatorio tan implacable como inhumano. Pero ni hurgando en todas sus heridas ha conseguido una contradicción ni una alteración del carácter de quien, teniendo motivos para disparar, ha mantenido enfundada su arma. Y así, contestando en defensa propia, ha agrupado bajo su chaleco a todo el colectivo.  

Los hechos ante la justicia

Los tres días de duro interrogatorio a Josep Lluís Trapero han puesto de manifiesto el carácter impertérrito de un policía vocacional. Hecho a sí mismo, el hombre nacido en el barrio de Singuerlín de Santa Coloma de Gramenet ha actuado con la prudencia de John Wayne en 'El hombre tranquilo' mientras el fiscal ejercía la presión de quien espera ver confirmada su película. Por eso, el máximo cargo de los Mossos cesado por la aplicación del 155 solo espera que la vista sirva para juzgar lo que pasó y no lo que denuncia que algunos dicen que pasó.