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Benedetta Tagliabue: "A las arquitectas nos caen las patatas calientes"

Ferran Nadeu

Asuntos propios

Benedetta Tagliabue: "A las arquitectas nos caen las patatas calientes"

Núria Navarro

Coautora junto a su difunto marido, Enric Miralles, del mercado de Santa Caterina y del Parlamento de Escocia, Benedetta Tagliabue (Milán, 1963) es de las pocas mujeres que ha entrado en el 'star system' internacional. A ella, y a tantas otras, les rinde culto la 10º edición de la 48 Open House Barcelona, la cita que tiene la ciudad con la arquitectura el próximo fin de semana.

 –¿Cómo se está en la piel de una arquitecta (estrella)?
–Llegan pocos grandes proyectos y una ingente cantidad de peticiones para dar conferencias y participar en jurados. Estaría bien que fuera al revés.

–¿Toca sacar las uñas?
–Yo he optado por una lucha 'soft'. Esquivo las aristas, intento fluir como el agua, voy a los lugares donde no quiere ir nadie. A las mujeres nos suelen caer las patatas calientes, pero cabe la posibilidad de transformarlas en éxitos.

Enric Miralles y Benedetta Tagliabue, en 1997. / josep garcía

–Tiene un frente añadido.
–[...].

–Desembarazarse de la etiqueta de 'La-Mujer-de-Miralles'.
–[Ríe] Recuerdo recibir en casa a delegaciones que se iban diciendo: "¡Qué bien haber estado en casa del colega arquitecto Miralles!". No solo también yo era 'colega', sino que encima había limpiado la casa y hecho la cena. A veces eso me enfadaba, otras me aburría. Pero miraba a mi alrededor y veía que la mayoría de mujeres aceptaban el papel de dar un empujón a los hombres.

–Él proyectó la cubierta de Santa Caterina 'verde'.
–Sí.

–Fue usted quien le dio el color.
–Sí, pero no lo suelo decir. Es probable que, de haberlo dicho al principio, habrían denigrado los colores. "¡Qué 'kitsch', la Benedetta!"

La cubierta del Mercat de Santa Caterina, a la que Tagliabue dio el color. / xavier jubierre

–¿Qué otros rastros suyos hay que buscar en su obra?
–Habría que buscarlos en el Miralles del Casc Antic. Conmigo descubrió la importancia de recuperar, de trabajar con lo existente. Sin esa actitud, probablemente no habría habido Santa Caterina.

–Tras su muerte, en el 2000, ¿sintió que ya podía ser la Tagliabue?
–Aún estoy en ello. El despacho sigue llevando el nombre de Miralles Tagliabue EMBT. Siempre me consideré su alumna, pero debo valorar lo que hice a su lado. El entorno, la fuerza y la intuición de la que bebía.

"He optado por una lucha 'soft'. Esquivo las aristas, intento fluir como el agua, voy a los lugares donde no quiere ir nadie"

–¿Él se sabía 'el genio' del tándem?
–A finales de los 90, en el mundo académico de EEUU hubo un movimiento tipo Guerrilla Girls. Nos invitaron a los dos a un almuerzo, en el que se dirigieron solo a mí. Era la primera vez que él se aburría. Hubo momentos en que le ganó el orgullo y otros, reclamaba que pusieran mi nombre en proyectos premiados.

–Tipex en mano, ¿qué borraría de su propio alzado?
–Mi inseguridad. Estaría más orgullosa de lo que realmente he hecho –con mis debilidades y capacidades– en un tiempo en que la arquitectura era más fría, con menos curvas, menos adaptada a lo social. Hay mucho trabajo que hacer dentro de nosotras.

–¿Y fuera? ¿Qué tal montar un 'arqui-MeToo'?
–Hicimos un tímido conato en la pasada Bienal de Venecia, que por primera vez contó con dos curadoras [Yvonne Farrell y Shelley McNamara]. Reclamamos más autoría de la mujer arquitecta en el mundo real. Somos muchas, pero no en los niveles altos o participando en grandes proyectos.

–Entre 'las chicas del plano', ¿hay sororidad o competencia?
–Se va fortaleciendo la unión. Nos queremos, comemos juntas, nos defendemos en jurados. Es reconfortante.

"Las mujeres estamos diseñadas para adaptarnos, una capacidad necesaria en el nuevo mundo"

–Es usted jurado del Premio Pritzker, el Oscar de los arquitectos. Presione.
–[Ríe] Las mujeres del jurado podemos... orientar. Aparte de Carme Pigem, del trío RCR, en 40 años solo lo han obtenido a título personal la anglo-iraquí Zaha Hadid y la japonesa Kazuyo Sejima, que puso como condición compartirlo con su socio, Ryue Nishizawa. Cuando en 1991 se lo dieron a Robert Venturi, que trabajó codo a codo con su mujer, Denise Scott Brown, lo recogió sin pestañear.

–Desconsiderado, cuanto menos.
–Era frecuente. Alrededor de Louis Kahn, por ejemplo, hubo varias mujeres. Una colaboradora, que acabó siendo madre de uno de sus hijos, dibujó árboles en sus planos. La introducción de esa sensibilidad modificó sus proyectos. Es el momento de destapar las fuerzas invisibles que han inspirado a los grandes arquitectos y descubrir con desparpajo una manera femenina de hacer arquitectura. 

–¿Qué manera es esa?
–Estamos diseñadas para adaptarnos a distintos escenarios, y esa capacidad es la que más se necesita en este nuevo mundo. Por primera vez tenemos ventaja.