LOS 92 DEL 92

Arata Isozaki: el emperador del Palau Sant Jordi

Arata Isozaki, en la presentación de un proyecto arquitectónico en el CaixaFòrum de Barcelona.

Arata Isozaki, en la presentación de un proyecto arquitectónico en el CaixaFòrum de Barcelona. / RICARD CUGAT

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Rafael Tapounet
Rafael Tapounet

Periodista

Especialista en música, cine, libros, fútbol, críquet y subculturas

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Arata Isozaki (Oita, 1931) tenía 14 años cuando la bomba atómica cayó sobre Hiroshima y Nagasaki. Tiempo después, el llamado Emperador de la arquitectura japonesa situó en aquella tragedia inconcebible el origen de su vocación, el momento fundacional en el que descubrió que levantar edificios y estructuras podía ser una manera de curar las heridas que nos inflige la historia.

Poseedor de una curiosidad omnívora por descubrir y asimilar diferentes culturas, paisajes y tradiciones, dio tres veces la vuelta al mundo antes de cumplir los 30, y en esas expediciones de juventud adquirió la firme determinación de adaptar su trabajo a cada situación y cada entorno. “Prefiero tener ideas a tener estilo”, ha repetido con insistencia; una frase convertida en divisa que adquirió un valor casi contracultural en los años de los arquitectos estrella empeñados en dejar su sello.

Cambio sobre la marcha

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Cuando en 1983 el Ayuntamiento de Barcelona le invitó a participar en el concurso de ideas para el Anillo Olímpico, Isozaki era un arquitecto muy valorado por su faceta de teórico pero con escasa obra fuera de su país (la más importante, el proyecto por entonces todavía inacabado del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles). De aquellas conversaciones nació el encargo para diseñar un pabellón con capacidad para 17.000 espectadores que pudiese acoger pruebas de cualquier deporte de pista: el Palau Sant Jordi. Isozaki hizo un trabajo impecable (y lo más insólito: ¡cumplió los plazos!) pese a tener que rediseñar el proyecto casi sobre la marcha después de que los geólogos alertaran de que el lugar del emplazamiento original, un gran vertedero de basuras en el extremo oeste de la anilla olímpica, resultaba potencialmente peligroso por la acumulación de metano.

El Sant Jordi inauguró la etapa más fértil de la carrera del arquitecto japonés, que desde entonces ha dejado huella con su obra en los cinco continentes, de Shanghái a Palafolls, y se ha hecho acreedor al Premio Pritzker, con el que en 2019 coronó una trayectoria verdaderamente imperial.