Mayor ofensiva israelí en 20 años

Voces desde Yenín tras la ofensiva de Israel: "Esto solo alimentará la resistencia de las nuevas generaciones"

El líder de la milicia más poderosa de Yenín: "Queremos que Palestina se levante en una tercera intifada"

Una calle del campo de refugiados de Yenín.

Una calle del campo de refugiados de Yenín. / ANDREA LÓPEZ-TOMÀS

Andrea López-Tomàs

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Hace 20 años que no salía tanta gente a las calles. Esas mismas que aún están llenas de escombros, coches calcinados y restos de metralla. En el campo de refugiados de Yenín, ya no hay centenares de soldados israelís. Se han retirado este miércoles por la mañana tras 44 horas de la mayor operación militar desde la Segunda Intifada. Ahora, se cuentan a miles los vecinos y familiares que han salido a tomar las calles de nuevo, esta vez para despedirse en un funeral masivo por las 12 personas asesinadas durante estos dos días de violencia. Con su presencia entre las ruinas, los habitantes del campo de refugiados de Yenín mandan un mensaje alto y claro a las autoridades israelís. Décadas de resistencia a sus espaldas les permiten constatar que no serán vencidos.

“Los edificios pueden derrumbarse, los automóviles pueden quedar reducidos a escombros e innumerables personas pueden ser detenidas, heridas e incluso martirizadas”, afirma Mustafa Sheta, habitante del campo y director del Teatro de la Libertad, una organización cultural que resiste a la ocupación a través de las artes escénicas. “Sin embargo, estas acciones solo servirán para engendrar una nueva generación que llevará la antorcha de la resistencia transmitida por quienes los precedieron, como lo hacemos hoy y como lo harán nuestros hijos en el futuro”, constata para EL PERIÓDICO.

Bastión histórico

En menos de medio kilómetro cuadrado, conviven tres generaciones de palestinos que tuvieron que huir de su tierra ancestral durante la Nakba, la catástrofe en árabe, ocurrida en 1948. Durante estas dos trágicas jornadas, muchas familias han tenido que volver a cargar con sus pertenencias básicas para escapar del asedio que ha involucrado tropas israelíes, misiles y equipos de movimiento de tierras, usados para destruir carreteras y otras infraestructuras civiles. Pero algunas ya han empezado a volver al conocer la noticia de la retirada israelí. A su retorno, se han puesto manos a la obra para reconstruir aquello dañado. Cuentan con la experiencia de haber sido escenario del episodio más letal de la Segunda Intifada (2000-2005).

Con la experiencia en mente de la Batalla de Yenín en el 2002 que dejó el campamento en un estado similar al actual, muchos jóvenes milicianos han resistido a los ataques por tierra y aire del Ejército israelí. Cuentan con los recuerdos de sus padres y tíos o, incluso, con los suyos propios. También el de antepasados que tal vez no conocieron, y es que la ciudad de Yenín también fue un bastión de la lucha armada palestina desde la época del Mandato Británico (1922-1948). El campo no se creó hasta 1953. “Amamos la vida y luchamos para vivir”, afirma un miliciano palestino bajo el seudónimo Abu Mujahed, que significa ‘padre de los luchadores’. “Ese es nuestro objetivo: queremos vivir como el resto del mundo”, defiende. 

“La gravedad de la situación no puede ser subestimada”, denuncia Sheta. Los residentes del campo de refugiados donde “la ocupación aprieta implacablemente su control” denuncian el castigo colectivo al que se les somete al aprovechar la ofensiva para “diezmar su infraestructura y destruir las carreteras principales”. “El mensaje es muy claro: castigar el bastión de la resistencia popular en Yenín y proyectar una imagen de invencibilidad a la sociedad israelí con respecto a su destreza militar”, añade el director del Teatro de la Libertad, a las puertas del cual aún yace un coche calcinado. 

Desempleo y pobreza

Pero, pese a la agresividad de la campaña, los residentes del campo se sienten victoriosos. Las continuas campañas militares no son la única batalla a la que se enfrentan. Con más de 20.000 personas, sufren la gran densidad de población con una tasa de 33,3 personas por kilómetro cuadrado. Además, cuentan con una de las tasas más altas de desempleo y pobreza de la Cisjordania ocupada, que se han agravado desde que Israel revocara muchos permisos de trabajo entre sus habitantes y los fuertes controles de seguridad frenaran el flujo de árabes e israelíes que acudían a la zona a comprar productos agroalimentarios más baratos. 

Aún así, resisten. “Es una búsqueda incesante, impulsada por la aspiración de recuperar nuestra tierra y restaurar la dignidad de cada ser humano”, defiende, y defenderá hasta el último suspiro, Mustafa Sheta.