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Irlanda del Norte: 25 años sin bombas pero sin reconciliación

La losa de treinta años de terrorismo y violencia sectaria sigue pesando en las comunidades católica y protestante del Ulster

Recuerdo de 30 años de violencia en un muro de Belfast

Recuerdo de 30 años de violencia en un muro de Belfast / Juan Fernández

Juan Fernández

Juan Fernández

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Cuántos años hacen falta para que dejen de doler 3.500 muertos y 50.000 heridos causados por 30 años de enfrentamiento civil? ¿Cómo se hace para pasar página a tres décadas de bombas, tiroteos, barrios incendiados y segregación social? ¿Cómo se reconcilian dos comunidades que han alimentado el odio y el miedo más profundo y visceral que se pueda sentir hacia el vecino de la calle de al lado?

Veinticinco años después de la firma del Acuerdo de Paz de Viernes Santo de 1998 que puso fin al conflicto de Irlanda del Norte -the troubles (los problemas), le llaman ellos como queriendo encapsular en una sola palabra un problema que se antoja inabarcable y con difícil cicatrización-, sus habitantes se declaran incapaces de responder a estas preguntas.

La actividad de las organizaciones armadas republicanas y unionistas que actuaron desde 1968 cesó e Irlanda del Norte dejó de ser noticia por atentados o altercados, pero las comunidades católica y protestante distan mucho de haberse reconciliado. A día de hoy el recelo es visible en las conversaciones de la gente y en el paisaje urbano, rajado todavía por los Muros de la Paz –irónico nombre- que se levantaron hace medio siglo para separar barrios y evitar que sus habitantes se atacaran entre sí. Después de tanto tiempo, la mayoría sigue en pie porque así lo reclaman quienes viven pegados a ellos. Dicen que a su sombra se sienten más seguros.

Uno de los muros que dividía Belfast durante los años de plomoy que sigue en pie.

Uno de los muros que dividía Belfast durante los años de plomoy que sigue en pie. / Juan Fernández

Murales y santuarios

Un cuarto de siglo después de que callaran las armas, las ciudades norirlandesas continúan cubiertas de murales que recuerdan a las víctimas y honran los victimarios, cuyas identidades se alternan según la calle que se pise, y siguen salpicadas de santuarios civiles de un signo y el contrario, convertidos en atracciones turísticas para los visitantes. Para quienes crecieron aquí en aquellos años de plomo, son el testimonio del trauma vivido y el recordatorio de lo que no debe volver a repetirse. Al menos, en esto sí que están todos de acuerdo.

Las semanas santas suelen ser días pobres en noticias de alcance, pero el viernes santo de 1998, que ese año cayó en el 10 de abril, los informativos de medio mundo abrieron con un acontecimiento histórico de calibre internacional que muy pocos conocían y casi nadie esperaba. Tras largas jornadas de negociaciones en el más absoluto secreto, representantes de grupos políticos norirlandeses republicanos -de inspiración católica y partidarios de anexionar el Ulster a la República de Irlanda- y del sector unionista -protestantes y a favor de permanecer en Reino Unido-, anunciaban que habían alcanzado un acuerdo de paz.

Ese día Irlanda del Norte dio un ejemplo ante mundo al mostrarse capaz de desescalar uno de los conflictos civiles más cruentos del siglo XX y de más incierta solución debido al odio cruzado que se profesaban las comunidades confrontadas. No en vano, los dos principales muñidores del pacto, el líder del Partido Socialdemócrata Laborista, John Hume, del lado republicano, y su homólogo del Partido Unionista del Ulster. David Trimble, recibieron ese año el premio Nobel de la Paz por haber obrado el milagro. Dos meses más tarde, el 70% de los norirlandeses aprobaba en las urnas el acuerdo. En los carteles publicitarios del referéndum, que hoy se conservan en el Museo del Ulster, el SÍ e simbolizaba con una señal de tráfico de sentido único (las azules redondas con una flecha blanca apuntando hacia arriba) y el NO, con una señal de callejón sin salida. Agotada tras 30 años de violencia y segregación, la ciudadanía percibió aquel pacto como una oportunidad para superar la etapa más dolorosa de su historia. Quedaba por delante la más difícil: la de convertir la paz en convivencia.

Una foto que no gusta

Transcurridos 25 años , cuando se nombra el Acuerdo de Viernes Santo en las calles de Belfast, en los rostros afloran las medias sonrisas: hay unanimidad en que el país ha mejorado porque ya no desayunan con un atentado cada mañana como ocurría en el pasado, pero la foto de la Irlanda del Norte de hoy no acaba de gustarle del todo a nadie. 

Gill Wright trabajaba para el Partido Socialdemócrata en 1998 y vivió de cerca aquellas negociaciones. «Fue un momento de ilusión y esperanza, pensamos que las cosas cambiarían de verdad y dejaríamos atrás la amargura del pasado, pero este sigue sin ser un país normal. La única diferencia es que ya no nos volamos por los aires», analiza esta funcionaria de familia católica.

"Este sigue sin ser un país normal. La única diferencia es que ya no nos volamos por los aires», afirma Gill Wright, funcionaria católica

En el lado unionista es compartida la sensación de botella medio vacía . «Hemos consolidado la paz, pero no la reconciliación.

Sigue habiendo mucha desconfianza hacia el otro y mucha tensión. Nuestras comunidades continúan viviendo de espaldas», sostiene Peter Wright, profesor de una institución religiosa protestante. En su opinión, la «fuerte segregación» que sigue habiendo en la educación es el mayor síntoma del largo camino que queda por recorrer para eliminar recelos entre unos y otros.

Las hijas de Paul McKenna van a uno de los colegios integrados que se abrieron en estos años para que niñas y niños católicos y protestantes compartieran aulas y lecciones sin distinción. Aún son una minoría en el sistema educativo norirlandés, pero este padre cree que constituyen la mejor herramienta para superar los debates identitarios que hoy siguen atenazando al Ulster. «Eso, y la llegada de personas de otros países. Hoy viven aquí muchos más inmigrantes que hace 25 años. Esas miradas pueden ayudarnos a cambiar la mentalidad del pasado», apunta este empleado público de 45 años.

"Sigue habiendo mucha desconfianza hacia el otro y mucha tensión. Nuestras comunidades continúan viviendo de espaldas», sostiene Peter Wright, profesor protestante

Uno de esos «nuevos norirlandeses» es el italiano Eduardo Bergamo. Una década después de su llegada a Belfast, describe la situación de su país de acogida con la claridad en la mirada que a veces solo tiene el foráneo: «Si la guerra fría fue una guerra sin disparos, lo del Ulster es una paz fría. Ya no se ponen bombas, pero tampoco les ves caminar de la mano».

Recuerdo a los niños muertos en atentados del IRA

Recuerdo a los niños muertos en atentados del IRA / Juan Fernández

Más que el credo religioso o el sentimiento nacional, la edad se ha convertido en el hecho diferencial entre los norirlandeses a la hora de reflexionar sobre el conflicto. Quienes vivieron en persona la violencia conservan en la mirada el espanto del horror que lo condiciona todo. «Crecer oyendo disparos, bombas y las sirenas de la policía a diario es algo que marca para siempre. Si aquello no hubiera parado, me habría ido a vivir lejos de aquí», reconoce Muriel McKennah, de 54 años. Sin embargo, para Matthew Smith, que solo tenía dos años cuando se firmó el tratado de paz, los troubles forman parte del pasado y aquella es una guerra que no le interpela. «Sé lo que pasó aquí hace años, pero los jóvenes de hoy tenemos otros problemas. Mis amigos son católicos y protestantes, pero no sé de dónde procede cada uno. Simplemente, no hablamos de eso», explica este músico y dependiente de una tienda del centro de Belfast. «Para nosotros no existe la división que había antes, sentimos que podemos ser amigos de cualquiera», coincide Arianna McBurney, universitaria de 23 años. 

Cambio generacional

Desde 1998, en Irlanda del Norte se ha producido el cambio generacional que impone el irremediable paso del tiempo. En términos sociológicos, el dato más llamativo ha sido el crecimiento experimentado por la población que se declara católica, que en 2021 rebasó por primera vez en la historia del Ulster a la protestante, tradicionalmente mayoritaria. En 2011 había 375.000 norirlandeses con doble pasaporte (el de la República de Irlanda y el del Reino Unido), pero diez años más tarde el número de ciudadanos que habían solicitado esta fórmula ascendía a 614.000.

En el panorama político también ha habido un relevo. Los protagonistas del proceso de paz ya no están -Hume y Trimble fallecieron entre 2020 y 2022- y hoy son otros los rostros que lideran los partidos, pero las líneas rojas que en el pasado bloquearon el país, no solo no han desaparecido, sino que se han reavivado por el brexit.

La salida de Reino Unido de la Unión Europea, que fue rechazada mayoritariamente por los norirlandeses aunque contó con el apoyo de los partidos unionistas, plantea el dilema de dónde situar la frontera: en el interior de la isla iría contra el tratado de paz, pero en el mar de Irlanda supondría, de facto, la separación del Ulster del Reino Unido. «El brexit ha hecho desaparecer la identidad europea común que tenían ambas comunidades y ha evidenciado que seguimos siendo una sociedad dividida», advierte el abogado Trevor McBurney, padre de Arianna, de ascendencia protestante pero casado con una mujer de Zamora y que ejerció 12 años de cónsul honorario de España en Belfast. 

A finales de febrero, el primer ministro británico, Rishi Sunak, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen firmaron en Londres el Acuerdo de Windsor, que salvaguarda la soberanía de Reino Unido sobre Irlanda del Norte sin volver a fijar una frontera dura en el interior de la isla. «Si lo saben aprovechar, puede ser una gran oportunidad para los negocios y los ciudadanos de Irlanda del Norte, porque les permitiría tener acceso libre al mercado británico y el europeo», advierte el abogado José Andrés Lázaro Villanueva, que lleva 13 años viviendo en el Ulster y actualmente es vicecónsul de España en Belfast. De momento, los partidos lealistas han rechazado la fórmula y el gobierno autonómico sigue bloqueado tras la histórica victoria del Sinn Féin en las elecciones de mayo de 2022. 

Más allá de la solución que se encuentre al problema creado por el brexit, el Ulster tiene aún pendiente resolver cómo se relaciona con un conflicto que regó de sangre el país durante tres décadas. No hay más que entrar a cualquier librería de Belfast para constatar el interés que este tema sigue teniendo para la sociedad norirlandesa: las mesas de novedades están llenas de títulos que llevan la palabra 'troubles' en la portada. Los análisis son múltiples y diversos, pero coinciden en un mismo afán por entender cómo tantos irlandeses pudieron odiarse tanto durante tanto tiempo.

La memoria de la guerra

Aunque en estos años no han faltado los conatos, Irlanda del Norte no quiere oír hablar de violencia. Sin embargo, exhibe su recuerdo en sus calles, cubiertas de murales de combatientes con metralletas. Es como si la memoria de la guerra estuviera sirviendo para conjurarla. «Cuando les cuento a mis hijos cómo vivíamos, no pueden imaginárselo, y me alegro de que no puedan. Se han perdido tantas vidas, hay tantas familias destrozadas, que no podemos volver a repetir aquello», suspira Ursula Duddy, hermana de un miembro del IRA acribillado por el Ejército cuando salía del cine en 1976 y sobrina política de Jackie Duddy, cuyo cuerpo yaciente fue una de las imágenes icónicas del Bloody Sunday, la marcha católica de 1972 en Derry que acabó con 14 personas muertas por disparos del Ejército. «Tenemos que encontrar una manera de lidiar con nuestro pasado para que no hipoteque nuestro futuro», propone John Larkin en la tienda de souvenirs irlandeses que regenta en el centro de Belfast.

"Se han perdido tantas vidas, hay tantas familias destrozadas, que no podemos volver a repetir aquello", afirma Ursula Duddy, hermana de un miembro del IRA acribillado por el Ejército

Una de las atracciones turísticas que hoy se promocionan en la ciudad consiste en visitar las calles más estrechamente relacionadas con el conflicto. La forma como Irlanda del Norte muestra este trauma a los foráneos da la medida del estado de su digestión: es un guía católico el que enseña las calles de los barrios católicos a los turistas, y otro protestante el que hace el recorrido por su zona. Las puertas que franquean los Muros de la paz hacen de check point para que ambos agentes se intercambien los grupos de visitantes. Nada de pisar el territorio enemigo, y menos opinar sobre él.

El Acuerdo de Viernes Santo de 1998 acalló las armas, pero si la paz es algo más que la ausencia de bombas, la del Ulster dista de ser a día de hoy una sociedad en paz. En opinión de Rogelio Alonso, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, que vivió en Irlanda del Norte entre 1994 y 2004, las dificultades que expresan los norirlandeses para pasar esta página de su historia están relacionadas con un error de definición de aquel pacto. 

«Los protagonistas del acuerdo de paz y de estos 25 años deberían haber sido las víctimas, pero han sido los terroristas, que salieron a la calle con crímenes a sus espaldas y sin que la violencia haya sido deslegitimada por la sociedad», señala el autor de 'Matar por Irlanda', el ensayo que escribió tras entrevistar a 70 excombatientes del IRA y ahora acaba de reeditar.

Con los dos bandos rindiendo culto a diario a sus héroes en sus santuarios urbanos, el Ulster está aún muy lejos de tener un relato oficial de lo ocurrido entre 1968 y 1998. En el Ayuntamiento de Belfast, una exposición permanente repasa la historia de la ciudad deteniéndose en los pasajes y personajes más destacados de su pasado. La muestra está llena de color, pero la sala que explica los años del conflicto está formada por cuatro paredes vacías retroiluminadas por una luz blanca incandescente sobre las que hay escritas frases de víctimas sin firmar. No hay mención a ningún acontecimiento, solo luz cegadora y lamentos. «No me importa si eres católico o protestante, no me importa quién eres o qué eres: tu pena sigue siendo la misma que la mía», reza uno de los mensajes anónimos. 

25 años después del final de la violencia, la memoria del dolor es lo único que no genera divisiones en Irlanda del Norte.