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La construcción de la memoria histórica en Irlanda del Norte

Iniciativas de la sociedad civil trabajan para recordar a las más de 3.500 víctimas mortales que dejó el conflicto norirlandés

El recuerdo de lo ocurrido es un intento por evitar que la violencia regrese tras más de viente años de paz

Un mural en el barrio católico de Bogside, en Londonderry.

Un mural en el barrio católico de Bogside, en Londonderry. / ALBERT BERTRAN

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Rocco Muraro

La sociedad norirlandesa se encuentra enfrascada en un proceso colectivo de fijación de la memoria histórica, a la búsqueda del significado en el presente de un conflicto que durante 30 años —de 1968 a 1998— desgarró el territorio. No se trata de un movimiento homogéneo, ni tampoco está dirigido desde un centro de poder. Las iniciativas que fijan su mirada en el pasado son muchas y diversas en sus objetivos. Han nacido de forma espontánea, de la necesidad de las personas, colectivos o instituciones de darle un sentido al horror.

Más de 3.600 muertos son una losa de dramas particulares que, agregados, han provocado un trauma colectivo que permea hasta el más pequeño detalle de lo cotidiano en Irlanda del Norte. Muertos aún frescos en la memoria, y cuyo goteo sigue salpicando el presente —sólo han pasado 6 meses desde que la periodista Lyra McKee murió por una bala perdida mientras cubría un enfrentamiento entre grupos herederos del IRA y la policía. Es la última víctima de una lista que cifra en 159 las muertes relacionadas con la violencia paramilitar acaecidas después de la firma de los Acuerdos de Paz del Viernes Santo en 1998.

Es difícil fijar el pasado cuando se confunde con el presente y amenaza con nublar el futuro. A esta tarea han destinado su esfuerzo un grupo de 5 periodistas con el proyecto enciclopédico 'Lost Lives' (Vidas Perdidas). Se trata de un libro de más de 1.500 páginas que recoge los nombres y apellidos de cada víctima del conflicto y trata de dilucidar, de forma desapasionada, las circunstancias de su muerte. Es algo así como el intento de construir una verdad objetiva en un terreno donde las emociones lo inundan todo. El libro se ha convertido por derecho propio en una obra de referencia. Es el punto de partida de innumerables proyectos que bucean en el pasado.

Recuerdos de familiares de víctimas

Mark Olphert era un niño de 12 años cuando dos miembros del IRA asesinaron a su padre, John Olphert, el 18 de enero de 1983. Así lo recuerda: “Mi padre estaba atendiendo a unos clientes en su tienda cuando dos hombres enmascarados le dispararon desde fuera. Luego entraron en la tienda y mientras mi madre les pedía clemencia lo remataron. Cuando recogieron el cuerpo, mi hermano de 14 años fregó la sangre del suelo de la tienda. Unos días después, desde el bus que me llevaba a la escuela, vi escrito en una pared 'John Olphert ja, ja, ja'. La siguiente vez que pasé, la pintada estaba borrada. Pero yo aún me acuerdo”.

El relato de Olphert pertenece a la exposición '200 palabras y una fotografía', organizado por 'Hacia la comprensión y la cura', una institución que centra su trabajo en los recuerdos de los familiares de la víctimas del conflicto. Trabajan con las historias de vida con un doble objetivo, según explica Eamonn Baker, mediador social involucrado en el proyecto: “Por un lado damos voz a un sufrimiento que, de tan terrible que es, es muy difícil expresar, y por el otro, esas mismas historias plantan las semillas de la empatía en los que un día fueron sus enemigos. Es un trabajo de reconciliación a través de las emociones que compartimos todos los seres humanos”.

Después de asesinar a John Olphert, los terroristas se subieron a un Ford Cortina que la policía encontró horas después. Los artificieros se vieron obligados a volar el vehículo por temor a que contuviera explosivos, eliminando así valiosas pistas que podían haber ayudado a la detención de los autores. Hoy en día, el caso sigue sin estar resuelto y se suma a una larga lista —de más de 1.100 muertes— cuyos responsables no han sido juzgados ni condenados.

Laxitud de la justicia británica

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Destaca la laxitud de la justicia británica al enfrentarse a las muertes causadas por las fuerzas de seguridad del Estado. De los 367 muertos atribuidas a la policía y Ejército del Reino Unido, sólo han sido condenados cuatro soldados como responsables de cuatro muertes. Los militares sólo cumplieron cinco años de prisión, a pesar de haber sido condenados a  cadena perpetua.

La falta de justicia impide encarar con garantías un futuro en paz. Michael Gallagher, padre de un fallecido en el atentado de Omagh, el más sangriento, con un balance de 31 muertos, lo resume así: “Necesitamos justicia para saber exactamente que pasó, para que no se vuelva a repetir. Sin la verdad no hay paz. Y necesitamos pasar página rápido porque estamos contaminando a una nueva generación con el odio que dejó el conflicto”.