El papel de Berlín

El silencio de Merkel sobre la invasión de Ucrania aflora sus errores con Rusia

Crecen las críticas a la dependencia energética alemana de la Rusia de Putin impulsada durante los 16 años de gobierno de la líder democristiana

Angela Merkel y Vladímir Putin, durante una cumbre sobre Libia en Berlín el 19 de enero de 2020.

Angela Merkel y Vladímir Putin, durante una cumbre sobre Libia en Berlín el 19 de enero de 2020. / JOHN MACDOUGALL (AFP)

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Andreu Jerez
Andreu Jerez

Periodista

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"Esta guerra de agresión de Rusia marca un profundo antes y después en la historia de Europa tras el fin de la Guerra Fría. No hay justificación alguna para esta flagrante violación del derecho internacional. La condeno de la manera más tajante". Estas han sido hasta ahora las únicas palabras de Angela Merkel sobre la invasión rusa de Ucrania. Las difundió la oficina de la excancillera el pasado 24 de febrero, el mismo día en que el Ejército ruso cruzó las fronteras ucranianas. Más de un mes después, la figura política alemana más importante del siglo XXI -profunda conocedora de Vladímir Putin, con el que compartió numerosas negociaciones y cumbres- sigue evitando comparecencias o declaraciones públicas.

Analistas recalcan que Merkel quiere evitar a toda costa quitar protagonismo al socialdemócrata Olaf Scholz, su sucesor al frente de la cancillería. También hay quien ve en ese estruendoso silencio un reconocimiento implícito de dos errores estratégicos que, con retrospectiva, marcaron los 16 años de gobiernos de Merkel: la insistencia en reconocer a Putin como un interlocutor previsible y relativamente confiable al frente del Kremlin, y el impulso de una dependencia energética del gas ruso al que Alemania no tiene alternativa a corto plazo. El gasoducto Nord Stream 2, que conecta directamente Rusia con el noreste de Alemania, es el ejemplo más claro: Merkel lo defendió hasta el final de su gobierno aduciendo que era una "iniciativa privada".

Voces en la CDU

"No puedo ni quiero decir nada sobre la señora Merkel. Pero, mirando atrás, muchas decisiones fueron incorrectas. Por ejemplo, haber profundizado la dependencia energética de Rusia, haber asegurado durante años que el gasoducto Nord Stream 2 era un proyecto de la iniciativa privada, a pesar de que nunca lo fue. El resto se lo deben preguntar a la señora Merkel. Yo no puedo hablar por ella". Esto dijo esta semana Friedrich Merz, el nuevo presidente de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), durante una videoconferencia con periodistas extranjeros.

Merz, un rival histórico de Merkel dentro del conservadurismo alemán, no perdió la oportunidad de disparar contra una parte del legado de la excancillera. Las voces críticas con Merkel dentro del partido conservador no se limitan, sin embargo, a sectores históricamente opuestos al merkelismo. Annegret Kramp-Karrenbauer, expresidenta de la CDU, exministra federal de Defensa y figura cercana a Merkel, escribió el 24 de febrero en Twitter: "Estoy furiosa con nosotros porque fracasamos históricamente. No nos preparamos tras lo ocurrido en Georgia, Crimea y el Donbás, lo que habría asustado a Putin". El plural mayestático usado por Kramp-Karrenbauer va más allá de una simple autocrítica y apunta a Merkel sin citarla.

La carta fósil

Las cifras sobre la dependencia energética de Alemania respecto a Rusia hablan por sí solas: alrededor del 75% de las importaciones rusas a la República Federal son combustibles minerales (gas, petróleo, carbón, etc.). Esas importaciones cubren además más de la mitad del consumo de la República Federal, como apunta un informe del Instituto de Economía Alemana (IWK).

Según cifras de la Oficina Federal de Estadística (Destatis), en 2005 -año en que Merkel llegó al poder- Alemania importó gas y petróleo rusos por valor de 16.000 millones de euros. El año pasado, esa cifra superó los 19.000 millones. Alemania es, con casi el 25% de las importaciones totales de gas ruso, el mayor cliente de Rusia en el mundo. Con la puesta en marcha del Nord Stream 2 -paralizado sine die-, esa dependencia energética aumentaría aún más.

La carta fósil de Putin es, por tanto, evidente en la crisis global desatada por la invasión y la consecuente guerra en Ucrania. La pregunta que queda en el aire es por qué Merkel -una política a la que le costaba tomar decisiones rápidas porque prefería analizar antes todas las variables- ahondó tanto y durante tanto tiempo en la dependencia energética de Alemania respecto a Rusia.

"En los últimos años, la prioridad número uno en la política energética alemana fueron los buenos precios. Y si se trataba de comprar gas, Rusia era el proveedor más cercano. El gas distribuido a través de gasoductos ha sido en los últimos años claramente más barato que el gas licuado", responde a EL PERIÓDICO Malte Küper, especialista en política energética del IWK. "El actual conflicto pone de manifiesto la debilidad derivada de esa dependencia, a pesar de que sea recíproca: Rusia también depende de los ingresos por la exportación de gas".

Posible colapso

La Alemania de Merkel apostó por el gas ruso con el apoyo de una industria que veía en los bajos precios y en la fiabilidad de Rusia como proveedor una buena opción para mantener la competitividad. Desde el punto de vista geoestratégico, los sucesivos gobiernos de Merkel parecieron apostar por los lazos comerciales con Moscú para rebajar las crecientes tensiones militares entre la OTAN y la Federación Rusa -una estrategia ya usada por la República Federal con la Unión Soviética en la fase final de la Guerra Fría-.

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Todo eso se muestra ahora como un error estratégico. A corto plazo, Alemania no puede sustituir el gas ruso. El Gobierno tripartito de Scholz se opone, por ello, al bloqueo de las importaciones fósiles de Rusia con las que Putin está financiando la invasión de Ucrania. "Si Alemania quiere sustituir el gas ruso, entonces tendremos que comprar gas licuado en grandes cantidades, por ejemplo, a Catar o Estados Unidos. Sin embargo, hasta ahora Alemania no tiene ninguna planta transformadora", apunta Malte Küper, que establece un plazo de al menos dos años para poder sustituir el gas ruso por gas licuado.

Con este panorama, no es descabellado que Alemania encare el próximo invierno con unas reservas insuficientes de gas, lo que podría suponer un colapso de su sistema industrial -cuyo funcionamiento depende en buena parte del gas ruso- y un impacto directo en las cadenas de suministro de supermercados y tienda, con el correspondiente desabastecimiento. El famoso "colapso", tan anunciado por expertos en energía desde hace décadas, estaría así más cerca.