Tensión en Europa del este

La guerra en el Donbás deja un reguero de ciudades muertas en el este de Ucrania

Una casa semiderruida por los efectos de los combates en la ciudad de Kostiantinivka.

Una casa semiderruida por los efectos de los combates en la ciudad de Kostiantinivka. / MARC MARGINEDAS

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Marc Marginedas
Marc Marginedas

Corresponsal para la exURSS

Escribe desde Moscú

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Más que pensionistas en el ocaso de la vida, parecen enjutas sombras vivientes, caminando a duras penas entre los sucios charcos formados por la nieve fundida, acarreando pesados bultos, y en algunos casos, hasta revolviendo entre la basura en busca de enseres útiles. De vez en cuando, surge de la nada algún veinteañero, literalmente en mangas de camisa pese al frío reinante, con una sonrisa artificial y hierática, y asiendo con la mano una botella medio vacía de algún licor local. O aparece, casi como un fantasma, un individuo de mediana edad con el rostro prematuramente envejecido, las ropas sucias y ajadas y hasta mucosidad congelada colgándole de la nariz.

Entre el ir y venir de los vehículos militares dirigiéndose al frente, a una veintena de kilómetros de distancia, entre el trajín de las furgonetas pertenecientes a la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, pintadas con ese color blanco irreal que sorprende y hasta inquieta en un paisaje dominado por los grises; en medio de un degradado horizonte urbano salpicado por edificios semiderruidos que en su día, o fueron pasto de las llamas tras ser bombardeados, o se convirtieron en el escenario de cruentas batallas, malviven los habitantes de Sloviansk, Kostiantinivka u Opitne, un reguero de poblaciones de tamaño medio situadas a lo largo de la línea de demarcación en el conflicto del Donbás, región en el este de Ucrania en guerra desde hace ocho años. Aunque aquí los combates han cesado, la proximidad del frente ha convertido a estas otrora prósperas localidades en "ciudades muertas", según las palabras empleadas por sus propios habitantes, literalmente bajo el control del Ejército ucraniano y en las que solo residen quienes no tienen ya adónde ir.

Un apartamento de una sola estancia, donde se agrupan trabajosamente una mesa, unas sillas, un escritorio y una cocina, es todo lo que le queda en la vida a Liudmila Teikhert, una ingeniera de construcción cuya exitosa carrera fue truncada por la guerra. "Yo vivía y trabajaba en Donetsk, pero tenía este apartamento; nunca pensé que acabaría viviendo aquí", explica, casi con desprecio, como queriendo dar a entender que en su caso, cualquier tiempo pasado fue mejor. Dentro de su desgracia, admite haber tenido "suerte". Del conjunto de bloques que formaban este pequeño barrio habitado por un millar de personas antes de la guerra, solo la suya ha podido ser reparada. "Las paredes y el techo aguantaban; recibí donativos de un par de sociedades para comprar material de construcción, y después de seis años, en 2020 el Gobierno regional instaló una calefacción eléctrica", explica.

Liudmila Teikhert vive en un pequeño apartamento de la ciudad de Sloviansk.

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Panorama más complicado

Sus vecinos, sin embargo, tienen ante sí un panorama infinitamente más complicado. Como recordatorio de que en este mismo punto geográfico tuvieron lugar, en las postrimerías de la primavera de 2014, cruentos enfrentamientos que condujeron a la expulsión de las milicias prorrusas de Sloviansk, yacen a uno y otro lado sendas ruinas de edificios que las autoridades ni se molestarán en reconstruir. "No hay nada que hacer; derribarán lo que queda aún en pie y harán un espacio comunal", relata. Sus moradores, continúa esta mujer de sonrisa perenne, aún tendrán que esperar para obtener nuevos apartamentos: "Algunos se quedan en casa de sus padres, otros han marchado a Rusia; de hecho, más del 30% de la gente se ha ido y no volverá jamás". Una trayectoria vital que ella misma aspira a recorrer en un futuro próximo. "Esta ciudad está muerta; quiero irme a Polonia y recuperar mi trabajo", concluye.

Kostiantinivka, también a apenas 20 kilómetros de la frontera con la autodenominada República Popular de Donetsk, se halla en mejor estado y no ha sufrido los desgarros bélicos de Slaviansk. Las milicias prorrusas "ocuparon la ciudad y luego se retiraron sin resistir", aclara Nikita Kozak. Eso sí, los especuladores de la guerra, ese segmento de seres humanos que hacen su aparición en cualquier conflicto armado y aprovechan la ocasión para enriquecerse, han tenido aquí un campo abonado. "El alcalde ha desaparecido, ha robado el dinero y no sabemos dónde está", informa.

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Al margen de la emigración, en una "ciudad militarizada" como la suya, las únicas opciones con que cuenta este joven para esquivar la miseria es precisamente el Ejército. "Pronto iré al servicio militar", apunta, casi con orgullo. No parece inquietarle la idea de luchar contra los rusos, ni la de combatir en ningún frente. "Haré lo que se me diga", espeta. ¿Y después? "Continuaré la carrera militar; aquí no hay futuro", afirma con decisión. Unas calles más allá, en el mercado local que acaba de cerrar sus puertas, una desdentada mujer de 65 años que aparenta ser octogenaria y apenas logra musitar su nombre, admite que tiene que barrer a diario las instalaciones para completar una pensión de miseria equivalente a 60 euros.

Nikita Kozak, de 19 años, en una calle de Kostiantinivka.

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Los habitantes de Opitne, a una decena de kilómetros al este de Kostiantinivka, aún escuchan el sonido de los bombardeos de artillería o los intercambios de disparos especialmente durante las horas de oscuridad. La siguiente población carretera abajo, a menos de 20 kilómetros, es Górlovka, ya en territorio de las milicias prorrusas. "Eso ya no es Ucrania", advierte un local. Larisa Ivanovna lamenta que nadie haya reparado aún la banya (sauna) local o el bloque de komunalkas (apartamentos que comparten baño y cocina) donde residió durante décadas. Y admite sin dudar que entre la juventud que se ha quedado, existe un gravísimo problema de "alcoholismo" y "drogas".

Larisa Ivanovna, habitante de la ciudad ucraniana de Opitne.

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