16 años de 'Merkelato'

No todo reluce en Alemania: el legado económico de Merkel

A golpe de austeridad fiscal y nacionalismo exportador, la canciller ha impulsado el crecimiento económico y ha frenado el paro pero también ha acentuado la desigualdad y la precarización

Angela Merkel, en una conferencia de prensa en Berlín, en septiembre del 2016.

Angela Merkel, en una conferencia de prensa en Berlín, en septiembre del 2016. / REUTERS / FABRIZIO BENSCH

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Carles Planas Bou
Carles Planas Bou

Periodista

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Si algo ha logrado Angela Merkel en sus 16 años al frente de Alemania es haber convertido a la que era una de las economías que crecía más lento de la Unión Europea (UE) en su principal motor. Muchos lo han llamado ‘el milagro alemán’. Y aunque sin duda ha logrado sus frutos a nivel macroeconómicos, el legado económico de la canciller también está plagado de sombras.

Este domingo las elecciones federales alemanas pondrán punto y final a casi tres lustros de mandato de Merkel, una era marcada especialmente por sus logros económicos incluso navegando en la turbulencia de una crisis financiera global y otra pandémica. Actualmente, Alemania se encuentra en plena fase de recuperación tras el impacto del coronavirus y se pronostica que crecerá un 2,1%, según el Instituto Ifo.

Ese crecimiento de la riqueza en condiciones adversas para otros países vecinos ilustra una tendencia constante en la Alemania de Merkel que se ha dado en 13 de los últimos 15 años. Su apodo de locomotora europea no es casual. En 2019, hasta un 24,7% del producto interior bruto (PIB) de toda la Eurozona era generado por una potencia que ha hecho de esa métrica un dogma a seguir cueste lo que cueste.

Nacionalismo exportador

Esa rígida obsesión ha conseguido convertir Alemania en la cuarta potencia mundial. Pero también ha tenido costes. La economía alemana se sustenta sobre un agresivo nacionalismo exportador que encadena máximos desde hace una década pero que quebranta las leyes europeas. La potencia del sector automovilístico, la industria eléctrica y la fabricación de maquinaria han permitido a la nación encadenar abultados superávits que han superado la normativa comunitaria, condenando a socios europeos como Francia, Italia o España a una competitividad desigual que perjudica sus economías. Muchas analistas han visto en esa ferocidad exportadora alemana una aceleradora de la desigualdad, de la Europa de las dos velocidades.

Otro de los dogmas de Berlín ha sido la austeridad, reflejada en una política de déficit cero que Merkel solo ha aceptado modificar con la llegada de la pandemia del covid-19. Esa política ha tenido como objetivo rebajar la abultada deuda que Alemania arrastra desde la caída del muro y la absorción del bloque socialista por parte del capitalista. Y lo ha logrado, hasta un 20% desde el 2010. Sin embargo, la exportación de ese modelo a otros países de la UE –especialmente en el sur– tras el impacto de la crisis financiera impulsó los recortes y la erosión del Estado social. Muchos han criticado que uno de los conceptos estrella del merkelismo haya sido la ‘marktkonforme demokratie’, la idea de que la democracia se adapta al mercado, y no al revés.

Desigualdad y precarización laboral

Es cierto que los cuatro gobiernos de Merkel han logrado estabilizar las finanzas públicas, relanzar el crecimiento e ir aumentando paulatinamente las inversiones. Pero sus logros también tienen una cara oscura. Sucede lo mismo con el paro, que se ha reducido durante años hasta llegar a una cuota actual del 3,6%, muy lejos del 15,3% de España. Aún así, eso se ha logrado a costa de los ‘mini-jobs’, empleos a tiempo parcial que han acentuado la precariedad laboral.

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El salario medio también ha ido creciendo a lo largo del país, pero perviven fuertes desigualdades entre el este y el oeste, más pobre. Así, Alemania arrastra aún la factura de sus dos bloques. Esa precarización y desigualdad se ha traducido en un ligero aumento del riesgo de pobreza o exclusión social que se ha notado especialmente entre menores de edad (del 19,5% en 2005 a 20,5% en 2009) y en personas mayores (del 11% al 15,7%). Aunque también se han ampliado últimamente, el retroceso que supuso la privatización del sistema de pensiones y su desequilibrado reparto lleva a cada vez más jubilados a necesitar un ‘mini-job’ para subsistir.

La era Merkel tiene innegables éxitos macroeconómicos. Sin embargo, no todos son responsabilidad suya. La canciller se aprovechó de la Agenda 2010, el programa de reformas impulsado por su predecesor, el socialdemócrata Gerhard Schröder, que acentuó los recortes, el ahorro y la precarización. Alemania es un país rico y estable pero, incluso entre el círculo de economistas que asesora su gobierno, se denuncia que la pasividad y falta de proyecto de Merkel ha limitado la evolución hacia un país más justo, innovador, sostenible y digital.