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HOSTILIDADES ECONÓMICAS

La guerra comercial entre EEUU y China ya es una realidad

El Gobierno de Trump aumenta los aranceles a las importaciones chinas y Pekín responde con identicas medidas

Washington no se embarcaba en políticas proteccionistas tan extremas desde hace casi un siglo

Ricardo Mir de Francia / Adrián Foncillas

Mercancías chinas en contenedores en el puerto de Oakland, California.

Mercancías chinas en contenedores en el puerto de Oakland, California. / JUSTIN SULLIVAN (AFP)

Un barco con 70.000 toneladas de soja estadounidense aceleraba anoche para atracar en el puerto de Dalian antes de que entraran en vigor las sanciones chinas. Pekín ya había anunciado que contestaría tan pronto Washington aprobara el aumento de sus aranceles y la confirmación llegó este viernes desde el Ministerio de Exteriores. “China prometió no disparar primero, pero para salvaguardar los intereses del país y del pueblo, está obligada a contraatacar”, afirmó. La temida guerra comercial entre las dos mayores economías del mundo ya es una realidad. Comenzó la pasada medianoche, después de que la Administración de Donald Trump hiciera efectivas sus amenazas para tasar con impuestos del 25% una larga lista de importaciones industriales chinas por valor de 34.000 millones de dólares.

En su órdago para extraer concesiones para el comercio estadounidense, Trump está jugando con la historia. O para ser más exactos, ignorando sus conclusiones. Sus castigos arancelarios y las represalias que han provocado de diversos países afectan ya a productos por valor de 165.000 millones de dólares, según los cálculos del Peterson Institute for International Economics. No solo incluyen este último paquete de impuestos para las importaciones chinas, desde maquinaria agrícola a piezas de aviones, sino también el acero y el aluminio de buena parte del mundo o las lavadoras y los paneles solares fabricados en varios países. Al hacer la suma, según los expertos del Peterson, constituyen la mayor imposición de aranceles estadounidenses desde 1930, cuando el Congreso aprobó la infame ley Smoot-Hawley.

Aquella ley no provocó la Gran Depresión, pero sí la agravó. Canadá y el Imperio Británico reaccionaron con medidas proteccionistas similares y el comercio mundial se resintió notablemente. Las importaciones y exportaciones estadounidenses cayeron más de la mitad, un descalabro que los historiadores han juzgado con severidad. Y esa es la senda que está repitiendo ahora Trump, a pesar de las advertencias de los economistas, que temen que los aranceles encarezcan los costes de producción de las empresas estadounidenses y afecten al bolsillo del consumidor. Por no hablar del nerviosismo de los mercados, el freno potencial de la inversión o los posibles despidos en las empresas más afectadas.

El impacto para China y EE UU, así como para la economía mundial, dependerá en gran medida de cuánto dure el pulso. Tras tres rondas de negociaciones fracasadas, las perspectivas no son buenas porque la Casa Blanca pretende imponer un nuevo paquete de aranceles en agosto y Trump no descarta extenderlos a todas las importaciones chinas si la disputa entre ambos países no se soluciona antes. Por el momento, desde Pekín, se intenta rebajar la gravedad de estas primeras salvas. La mayoría de expertos sostienen que el patrón económico chino ha virado desde las exportaciones hacia el consumo interno y los avances en investigación de la última década disminuyen su dependencia de la tecnología extranjera. El Banco Central cifra en el 0,2 % el impacto de los aranceles en el PIB chino.

Como era de esperar, la reacción más virulenta llegó desde la prensa oficial. “Estados Unidos se comporta como un grupo de matones con sus repetidas extorsiones a otros países, especialmente a China”, señalaba el diario China Daily. El régimen comunista ha respondido con aranceles de idéntico valor contra los productos estadounidenses, desde el cerdo a la soja o los coches eléctricos. Si la guerra comercial se eterniza, China está llamada a quedarse antes sin productos que gravar porque sus exportaciones casi cuadriplican a las estadounidenses. Eso no quita que disponga de otras armas, como restringir todavía más las inversiones norteamericanas en su país.

Por el momento, Trump se siente fuerte. El empleo sigue viento en popa, el déficit comercial de EE UU se ha reducido y las exportaciones están en máximos históricos. El republicano está convencido de que Washington acabará imponiendo su ley, en parte por la ventaja que le da el dólar, la moneda franca en muchas de las transacciones mundiales. Nada parece importarle que se le acumulen los frentes. También Rusia ha anunciado hoy nuevos aranceles a las importaciones estadounidenses, en su caso como contramedida a los gravámenes impuestos a las importaciones de acero y el aluminio ruso. 

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