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ELECCIONES GENERALES EL 4 DE MARZO

El débil crecimiento económico en Italia no llega al ciudadano de a pie

Las previsiones apuntan que la deuda descenderá al 130,6%, pero seguirá siendo la más alta de la UE después de la de Grecia

La precariedad laboral va en aumento y solo un tercio de los italianos consiguen vivir con lo que ganan cada mes

Rossend Domènech

Angela Grossi, desalojada de una vivienda abandonada, pasa junto a una pintada en una sábana que reza ’Primero los pobres’, colgada en el pórtico de la basílica de los Santos Apóstoles, en Roma, el 29 de enero.

Angela Grossi, desalojada de una vivienda abandonada, pasa junto a una pintada en una sábana que reza ’Primero los pobres’, colgada en el pórtico de la basílica de los Santos Apóstoles, en Roma, el 29 de enero. / REUTERS / TONY GENTILE

Los romanos citan con frecuencia una salida del poeta local Trilussa en la que explicaba que, según las leyes de la estadística, “tú y yo hemos comido medio pollo, aunque en realidad tu has comido un pollo entero y yo nada”. La frase ilustra un poco la situación macroeconómica y microeconómica de Italia y de los italianos que se aprestan a votar. Y las promesas presentadas por los partidos no auguran ninguna mejoría, ya que “son imposibles de realizar en un 75%”, según han explicado varios economistas que han estudiado sus programas electorales.

Como en el resto de Europa, el crecimiento económico ha llegado también a la península, bajo aún, pero positivo, a pesar de que el ciudadano de a pie por el momento no se ha enterado porque afecta solo a las grandes cifras nacionales y no a la economía al detalle.

Según la OCSE, en el 2018 la riqueza nacional (PIB) aumentará en 1 punto (2,5 en España) y la relación entre déficit y riqueza será del 2,1%. Pero, al igual que el pollo de Trilussa, el PIB nacional es engañoso, porque según el Instituto Nacional de Estadística (ISTAT), las regiones del norte y del sur (no así las del centro) ofrecen índices iguales o superiores a los de Alemania y Francia.

Las previsiones son de que la deuda descenderá del 131,8% (2017) al 130,6%, permaneciendo la más alta de la UE después de la de Grecia, lo que comporta un lastre para cualquier Gobierno que salga de las urnas, ya que las deudas hay que devolverlas y esto disminuye la posibilidad de inversiones públicas.

Leve disminución del paro

El paro está bajando levemente, lo que constituye una buena noticia: en el 2016 estaba situado en un 11,7% y en el 2018 bajará al 11,5%. Sin embargo la ocupación no ha subido: +1,3% en el 2016 y +0,7% en este año, porque el aumento ocupacional es precario o temporal. Es decir, hoy existe y mañana no. “La ocupación presenta el mejor dato de los últimos 40 años”, anunció triunfante el ISTAT, pero los centros de análisis sindicales y otros han estimado que el nivel de la ocupación ha alcanzado casi (-5%) los niveles anteriores a la crisis, pero que se trata de puestos de peor calidad.

Uno de cada seis ocupados tiene un contrato precario, según datos de Eurostat, lo que significa que están en precario el 16,3% de los empleados (eran el 11,3% en el 2004), o sea, casi tres millones de personas. Se trata de contratos precarios que pueden significar, en la franja más baja, el cobro de cuatro euros por hora trabajada.

Fenómeno inédito

Las consecuencias de la crisis y de las pensiones a pagar por los divorcios -un fenómeno inédito- han hecho proliferar en todas las capitales unos pisos de rotación que ofrecen los ayuntamientos e incluso han aparecido campamentos de caravanas que albergan a hombres solos.

Al final de la crisis, si la mitad de la riqueza mundial está en manos del 1% de la población, en Italia el 1% se reparte el 25% de la riqueza nacional, aunque se trata de 30 veces más que la del 30% de la población y del 415% más que la del 20% de los más pobres del país. La desigualdad afecta principalmente a las mujeres, aunque no solo a ellas.

Todo esto conlleva que cuatro de cada 10 italianos tenga que echar mano de los ahorros para llegar a fin de mes y que solo un tercio de los 60 millones de habitantes consigan vivir con lo que gana. Los demás (cuatro familias sobre diez) piden ayuda a padres y abuelos, que (todavía) cuentan con una pensión.