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Los gais no quieren volver al pasado

La ciudad de Orlando se vuelca con la comunidad LGBT tras la masacre en la discoteca Pulse

Ricardo Mir de Francia

Kevin Thomas (derecha) y Bob Johnson comen en un restaurante de Orlando el día antes de casarse. 

Kevin Thomas (derecha) y Bob Johnson comen en un restaurante de Orlando el día antes de casarse.  / RICARDO MIR DE FRANCIA

Han pasado 49 años desde que se conocieron, pero Kevin Thomas no ha olvidado ni un solo detalle del día en que Bob Johnson se cruzó en su vida. Eran las 9.45 de la mañana de un viernes en Chicago y Kevin estaba en la misma esquina donde se buscaba la vida como chapero desde que sus padres lo echaron de casa por ser homosexual cuando tenía solo 12 años. Bob se le acercó. Quería pasar un rato con él, pero le dejó claro que no le pagaría. Kevin no protestó. Le acompañó a su apartamento y, al acabar, se bañaron juntos. Bob le preparó unos sencillos ‘noodles’ con atún. “¿Podemos volver a vernos esta tarde?”, le dijo al salir por la puerta. Unos días después estaban viviendo juntos.

Medio siglo después, todo está preparado para que los dos suban al altar. Kevin tendrá 66 años; Bob, 79. Preparan una boda íntima, de blanco y sin corbata en el jardín de su casa en Orlando a medio camino entre la alegría y duelo. Dos de sus amigos murieron a balazos hace una semana, cuando el Omar Mateen perpetró el peor tiroteo en la historia de Estados Unidos en un ataque deliberado contra la comunidad LGBT, que celebraba una fiesta latina en la discoteca Pulse de la ciudad. 49 personas murieron, 53 resultaron heridos, la gran mayoría hispanos, muchos, puertorriqueños. “La boda estaba planeada desde hace tiempo, pero pensamos en cancelarla”, dice Kevin en un restaurante la víspera de la ceremonia. “Luego decidimos que no íbamos a dejar que el odio nos derrotara y cambiara nuestra vida. No vamos a sucumbir al miedo. Yo prefiero estar muerto que volver al pasado”.

Grandes y pequeños gestos de resistencia y autodeterminación se repiten en Orlando desde el domingo. Gestos como el de ese chaval sin camiseta que camina por la ciudad arrastrando una gran bandera arcoíris como un soldado herido que busca nuevos reclutas tras ver como su pueblo ardía en llamas. O como los de Steve Facella, que el martes creó con su amigo un grupo en Facebook para movilizar a más de 3.000 voluntarios tras enterarse que miembros de la iglesia de Westboro, una secta delirante que ha hecho de la homofobia un negocio, pretendía manifestarse en los funerales de las víctimas para gritar que “la sodomía es una aberración”. O como esos carteles que proclaman “Orlando, unido”, “Orlando, fuerte” por toda la ciudad. O como los eventos celebrados en bares y restaurantes para recaudar fondos para las víctimas de la masacre.

DEMASIADO OPRESIVO

Nadie quiere volver al pasado, es demasiado opresivo. “Cuando éramos jóvenes en Chicago, la homofobia estaba a la orden del día”, recuerda Kevin, que es diseñador de interiores y lleva una camiseta rosa chillón. “En los pocos bares gay que operaban en secreto había continuas redadas. Se vivía entre susurros”. Poco después de conocer a Bob, se trasladaron a Los Ángeles, donde Kevin trabajó una temporada en 'The Advocate', la primera revista gay de EE UU, y, en plena resaca del verano del amor, se mudaron a San Francisco. Era 1969. “Había una gran sensación de libertad personal. Podíamos caminar por la calle cogidos de la mano, algo poco habitual todavía hoy en lugares como Orlando”.  

La era Obama ha sido extraordinariamente propicia para la comunidad LGBT. Con la indispensable cooperación del Tribunal Supremo, se ha legalizado el matrimonio del mismo sexo. Se ha levantado la prohibición de servir en el Ejército siendo abiertamente homosexual o transexual. Se ha logrado que los gays puedan adoptar o que las parejas del mismo sexo reciban beneficios federales. Pero quedan muchas cosas por hacer. En casi 30 estados, por poner un ejemplo, es legal despedir a un trabajador por ser homosexual.  

“Te siguen discriminando, es casi como ser negro en los cincuenta”, dice Kevin Lee, un exmilitar que acudió el martes a rezar con su novio por las víctimas del Pulse en ceremonia organizada por varias iglesias de Orlando. “Todavía te pueden despedir del trabajo, te insultan a la cara sin ningún pudor y te echan de algunas congregaciones”. Lee recuerda sus días en el Ejército antes de que se aboliera ‘No preguntes, no digas’ en 2011. Los militares hacían “cazas de brujas” en los bares de ambiente. Iban a los aparcamientos y buscaban distintivos militares en las matrículas. Luego entraban a la caza de los cortes de pelo castrenses y se los llevaban arrestados. “Se vivía con mucho miedo”, apostilla con gesto sombrío.

FÁBRICA DE ODIO

El asesino de la discoteca Pulse era musulmán. No está claro si lo hizo por sus simpatías hacia el yihadismo, porque era un demente o porque era un gay reprimido y torturado por la culpa. Posiblemente fue una mezcla de las tres. En cualquier caso, en Estados Unidos, el islam está lejos de ser la principal fábrica de odio hacia los homosexuales. Son las iglesias evangélicas y algunos sectores del Partido Republicano que han hecho de la oposición al matrimonio gay una de sus cruzadas, los que lideran la reacción más furibunda. Florida es parte del Cinturón Bíblico y la homofobia está muy arraigada en algunas regiones del Estado.

“Desde mucho antes del atentado, las organizaciones islámicas trabajaban a nuestro lado para extender la tolerancia”, dice Rob Domenico, uno de los líderes de The Center, una de las principales organizaciones dedicadas a defender los derechos LGBT en Orlando. “Hasta el domingo, muchas denominaciones cristianas no querían saber nada de nosotros pero, desde entonces, la mayoría han venido a expresar su solidaridad y dar la bienvenida a nuestra comunidad. Los únicos que no lo han hecho son los evangélicos”.

Kevin y Bob solían ir al Pulse todos los miércoles. Ese día la clientela era algo más mayor. No tenían que aguantar la desmemoria insolente de los jóvenes. “Ellos piensan que han inventado lo de vivir abiertamente la homosexualidad, pero no son conscientes de la historia, de la gente que murió para que podamos vivir con libertad”, dice Kelvin. “Momentos como este nos sirven para mirar al pasado y apreciar lo que hemos conseguido”.