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Gente corriente

Issa Archs Aunión: "En Lesbos volví a creer en la humanidad"

Gemma Tramullas

Barcelona, esquina Aribau-Gran Via. Un martes de marzo a mediodía. ¡Oh, no! Ahí viene una captadora de socios para oenegés. Lleva tatuada en el brazo a la anarquista feminista Emma Goldman y parece muy determinada. A los 15 minutos, ya me ha hecho contribuyente del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). A cambio, le digo, tendrá que dar una entrevista.

-Es buena. Me ha convencido. Utilizo todo lo que hago en la vida para transformar la sociedad en la que vivo y eso incluye mi trabajo con ACNUR. Si estoy en la calle no es solo para convencer a las personas de que donen dinero, sino que les insto a moverse, a manifestarse, a participar en los movimientos sociales, a reunirse... La manera de relacionarnos y de cuidarnos los unos a los otros es lo más revolucionario que hay.

-Ya, pero la gente está harta de que la paren en la calle. Hace falta mucha ayuda y nuestra presencia visibiliza que hay un problema. No juzgo a nadie, cada uno tiene su vida. Yo quizá tengo esta sensibilidad por el ejemplo que he tenido en casa.

-¿Qué ejemplo es ese? Mi madre era Isabel Aunión, La Negra, y tiene una calle con su nombre en Cornellà. Fue una líder sindical antifranquista que luchó para eliminar las categorías profesionales en las que las mujeres siempre tenían sueldos más bajos, aunque hicieran las mismas tareas que los hombres. Me considero heredera de esta manera de luchar y soy el producto que ella quiso tallar, aunque ya no esté a mi lado [Falleció en el 2004].

-¿Recuerda sus conversaciones? Era muy joven cuando ella murió pero recuerdo que cuando se enfadaba conmigo me enviaba a Siberia [Ríe]. Una de sus frases más contundentes era: «La cultura es fundamental porque en función de quién domine la cultura es cómo pensamos y cómo hacemos». También decía que a los hombres ya les iba bien hacer la revolución porque tenían una maruja en casa planchándoles las camisas.

-¡Menudo ADN revolucionario! No creo en la genética, sino en la educación de base. Aunque a veces me asalta la duda porque el abuelo de mi abuelo fue un anarquista. Le acusaron de haber colaborado en la bomba del Liceu y le fusilaron. Con estos antecedentes familiares, me pregunto si yo podía haber salido de otra manera [Ríe].

-¿Una revolucionaria como usted qué piensa de que el principal donante de ACNUR sea el Gobierno de Estados Unidos? Es una entidad nacida en un contexto de liberalismo ideológico, pero no dejará de perseguir su propia agenda política porque la financien estados que hacen la guerra. Yo no soy una defensora de ACNUR y no comparto su idea de paz liberal, cada uno que escoja sus medios. Pero ahora, ante una crisis de estas dimensiones, hace falta apoyar a una entidad con su capacidad logística y de presión política.

-Usted acaba de llegar de Lesbos. He estado en un campo de refugiados de tránsito montado por las clases populares de Atenas. Muchísima gente lo ha dejado todo para ir a ayudar al margen de las grandes corporaciones humanitarias. En Lesbos volví a creer en la humanidad.

-¿Qué diferencia este campo de otros? La organización era asamblearia y había turnos de vigilancia solo de mujeres. Cuando te desplazas a hacer voluntariado ves cómo se reproducen muchos roles de género y actitudes racistas. Las personas socializadas como hombres asumen tareas de liderazgo, mientras que las mujeres se dedican a los cuidados, y se ensalza la imagen del blanco que salva al negro. ¿Dices que quieres cambiar el mundo y no eres capaz de revertir tu privilegio? Pues no te creo.