HISTORIA DE UN CAUTIVERIO (4)

"No me mires a los ojos"

Marginedas explica cómo la proximidad de los tres 'Beatles' encargados de gestionar el secuestro con el grupo de rehenes, convirtió al día a día en una mortificación permanente, con palizas, castigos y golpes según su estado de ánimo

Combatiente del Estado Islámico junto a soldados sirios, tras la toma de una base cerca de Raqqa, una de los pocas batallas entre el EI y el régimen.

Combatiente del Estado Islámico junto a soldados sirios, tras la toma de una base cerca de Raqqa, una de los pocas batallas entre el EI y el régimen. / AP

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MARC MARGINEDAS

La presencia de los 'Beatles' en la habitación contigua, separados de nosotros por tan solo por una pared y un vidrio que debía estar cubierto en todo momento con una cortina, alteró el día a día del grupo, convirtiéndolo en una mortificación permanente. Con los guardas sirios había reglas, horarios y, sobre todo, reacciones predecibles. Pero con los tres británicos al cargo de la intendencia, en cualquier momento las cosas podían torcerse, emprendiéndola con alguno de nosotros sin previo aviso.

--"Acércate", ordenó una noche John el yihadista, el líder de los 'Beatles', a uno de los rehenes que dormía junto a la puerta.

--"Tengo miedo", le contestó.

Sin que mediara provocación o le diera motivo alguno para desatar su ira, George --a quien la prensa anglosajona ha apodado como 'jihadist John'-- empezó a golpear al cautivo en la cara, a través del vidrio quebrado de la puerta para, acto seguido, introducirle un tubo por la boca. Y durante unos 20 minutos, el líder de los captores británicos se entretuvo castigando, atizando y torturando sin motivo a un rehén, indefenso y maniatado, cual sádico que obtiene el placer únicamente observando el dolor ajeno.

Después, le ordenó darse la vuelta y le apretó las esposas para dificultar el flujo de sangre hacia las manos. Como colofón, le mandó pasar el resto de la noche esposado y de pie, hasta la primera oración del día, al amanecer.

Para aliviar la penitencia, y aprovechando los numerosos cortes de electricidad nocturnos --la cámara que habían instalado para vigilarnos dejaba entonces de funcionar-- tres de los cautivos se turnaron para darle agua y algo del pan sobrante de la cena. Con una ganzúa que uno de ellos escondía en el dobladillo de su pantalón de color naranja, le abrió las esposas, aligerándole el cierre del metal, para hacer más llevadera la expiación nocturna de sus inexistentes pecados.

UN SABLE EN EL ROSTRO

Otra de esas impredecibles noches de proximidad física con los 'Beatles', John el yihadista volvió a repetir la misma operación, en esta ocasión con otro cautivo. Tras la tanda de golpes, bofetadas y puñetazos de rigor, insistió, desde el otro lado de la puerta, en que se acercara un poco más al lugar donde se encontraba él. Y una vez en posición, sacó un lápiz rojo y comenzó a dibujarle un sable en el rostro, dándole a entender, de esta macabra forma, que acabaría sus días en Siria, decapitado. La punta del lápiz se rompió antes de que el boceto hubiera sido acabado, pero 'jihadi John' quiso culminar su obra con el afilado resto del lapicero, que ya cortaba casi como un cuchillo, rasgándole la piel de la mejilla con saña, y dejándole para los días siguientes una visible herida en el rostro, junto al alfanje delineado. Al final de la sesión de tortura, le obligó a pasar la noche de pie, también esposado, hasta la primera oración del día.

George, el líder --que, según los medios anglosajones, es John el yihadista-- no parecía tener dudas acerca de su perversidad; más bien todo lo contrario, de su comportamiento se deduce que era capaz de deslindar perfectamente el bien y el mal. En una ocasión, en una tarde-noche de febrero, se presentó en la habitación de aquel chalet junto al Éufrates y empezó a dar vueltas, hablando en círculos a los silenciosos rehenes. Parecía cojear, y aseguraba que había sido herido en combate durante la jornada que iba a acabar. "Me pregunto qué es lo que me haríais si estuvieráis en mi posición", llegó a reflexionar, dando a entender que era consciente del sufrimiento sin motivo que estaba imponiendo en personas inocentes y de las ansias de venganza que pudiera estar suscitando su actuación.

John el yihadista encaja perfectamente en el estereotipo de personaje maníaco-depresivo que tantas veces ha sido caracterizado en las películas de ficción que versan sobre los asesinos en serie. Se siente en plenitud en presencia de sus cautivos, consciente de que la defensa es imposible. Emplea con ellos el tono de voz de una persona que se sabe en posición de ventaja, burlándose de sus interlocutores.

Las tornas cambian cuando quiere algo de alguien al que ha matratado. Entonces le habla en susurros, intentando crear una suerte de falsa complicidad --que, por supuesto, se puede quebrar en un segundo-- dándole a entender que es un elegido.

SUSURROS Y GRITOS

Un ejemplo de su temperamento ciclotímico lo viví en persona a finales de febrero, cuando los captores decidieron que iba a ser el primero de los rehenes en ser liberado. Flanqueado por los otros dos 'Beatles', entró en la habitación y empezó a repartir golpes a los presos que estaban de cara a la pared, situados a mi derecha y a mi izquierda. Una vez sus adláteres abrieron a mamporrazos un hueco en una esquina de la densamente poblada habitación, se me acercó, y empezó hablándome en tono de runrún, similar al que emplea un sacerdote cuando confiesa a un penitente, ante las miradas atónitas de todos mis compañeros. Parecía como si quisiera que olvidara en un instante todo el maltrato de los meses anteriores, con el objetivo de que cerrara la brecha abierta por las vejaciones y cumpliera mejor los fines que, como primer liberado del grupo, me iba a encomendar.

--"Marcos, Marcos [es el nombre que figura en mi pasaporte], are you ready to go?" (Marcos, Marcos ¿estás preparado para marcharte?), preguntó, en un meloso hilillo de voz.

--"Sí, claro", respondí, levantando instintivamente los ojos por la sorpresiva noticia que me estaba dando y olvidando que cuando nos dirigíamos a los 'Beatles' había que mantener la mirada enfocada hacia el suelo, ya que temían que pudiéramos acabar identificando a esos tres enmascarados por los ojos.

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