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HISTORIA DE UN CAUTIVERIO (2)

Un Guantánamo en las montañas del norte de Siria

Marginedas relata un mes en una prisión de Alepo, antes de ser concentrado con el resto de los rehenes occidentales en un lugar que quería imitar el presidio de EEUU en Cuba

MARC MARGINEDAS

Todas las crisis de rehenes comienzan de manera similar: los secuestradores capturan al mayor número posible, en un periodo relativamente corto. Después, los cautivos pasan de milicia en milicia, de grupo en grupo, hasta que alguien con planes para ellos se hace finalmente cargo.

Mi secuestro no fue una excepción: tras mi captura en los alrededores de la ciudad de Hama, el 4 de septiembre del 2013, fui cambiando de manos hasta mi ingreso definitivo, ya en la noche del 5 al 6, en una cárcel adscrita al Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL, que posteriormente pasaría a denominarse simplemente Estado Islámico, EI) de Alepo, la segunda ciudad de Siria. Allí permanecí hasta finales de septiembre encerrado solo en el cuarto de los contadores, una suerte de celda de aislamiento, sin ventanas ni respiraderos, y sometido por mis guardianes a maltratabusos verbales, tentativas de amedrentamiento y ejecuciones fingidas. La comida era escasa y estaba muy lejos de saciar las necesidades nutricionales de un adulto: un pan de pita y un puñado de aceitunas por la mañana, y otro pan de pita por la noche, con un bol de judías o arroz blanco para cenar.

Era una situación extrema, pero casi de agradecer, dadas las condiciones de los demás reclusos, todos ellos civiles sirios: estos no solo sufrían hambre, insultos e intimidaciones, sino que eran torturados de forma recurrente con bastones, porras, alicates, cadenas y potentes descargas de electricidad. Muchos de ellos permanecían horas tirados en el pasillo, esposados a las calefacciones, sin que ni siquiera el estruendo del ventilador que colgaba del techo de mi habitación consiguiera mitigar los alaridos que venían del otro lado de la puerta. En ocasiones, los chillidos y las súplicas procedían de alguien encadenado a menos de un metro de la entrada de mi estancia. En esos momentos, era como si estuvieran torturando en el interior de mi mismo receptáculo.

UN SASTRE AMABLE

Con la sola excepción de una noche en la que compartí celda con un sastre de Alepo -un hombre amable que decía desconocer por qué había sido detenido por las milicias del ISIL, sin ningún atisbo de respaldar al régimen de Bashar el Asad y que estaba a punto de ser liberado con aparatosas cicatrices en la espalda y en las piernas debido a los golpes recibidos-, nunca se me permitió ver a mis compañeros de prisión, ni departir con ellos: tan solo sentía su presencia a partir de sus alaridos, que se enseñoreaban de la prisión en los momentos en que eran apaleados, o cuando mis guardianes me acompañaban al lavabo, con los ojos vendados, y tropezaba sin querer con sus cuerpos inertes.

En aquellos momentos no era consciente de las importantes decisiones sobre mi destino que se estaban tomando; pero en ese mes de aislamiento, en aquel terrible lugar, mis captores dilucidaban si era quien decía ser, es decir, un periodista que había venido a Siria para transmitir al mundo exterior el sufrimiento de los civiles, o un agente que trabajaba para algún servicio de espionaje extranjero. De haber optado por lo segundo, habría acabado mis días con un tiro en la sien, como tantos en aquella cárcel.

Hacia finales de septiembre, mis captores decidieron creerse que era un reportero, y pasé a engrosar, esta vez de forma oficial, la categoría de rehén de DAISH, acrónimo en árabe del Estado Islámico. Y una mañana fui informado de que sería trasladado. Vino un grupo a mi celda, me vendaron los ojos, me esposaron, me agarraron por los antebrazos y me llevaron en volandas hasta una furgoneta. A bordo de aquel vehículo, sentado en el suelo, entre asiento y asiento, con un lanzagranadas RPG apoyado sobre mi hombro para que sintiera que estaba siendo estrechamente vigilado, atravesé lo que deduje que eran las calles de Alepo, hasta que llegué a un edificio abandonado en las afueras de la ciudad, donde se me introdujo en una pequeña celda de apenas 20 metros cuadrados.

La sorpresa vino en cuanto me quité la venda de los ojos: allí estaban muchos de los rehenes occidentales que habían sido capturados por el ISIL en los meses anteriores y sobre cuyos casos había leído en la prensa antes de emprender viaje a Siria, incluidos los estadounidenses James Foley Steven Sotloff y el británico David Haines, que acabarían siendo decapitados por nuestros secuestradores el pasado verano; y el también inglés John Cantlie, que en estos momentos realiza videos propagandísticos para el Estado Islámico desde Siria e Irak. La alegría de encontrarme con compañeros de profesión en las mismas circunstancias me hizo contemplar el futuro con algo de optimismo, y presagiar, muy equivocadamente, un rápido y feliz final de todo aquello.

LA TRAGEDIA, EN SUS INICIOS 

Pero en realidad la tragedia no había hecho más que empezar: el objetivo de este movimiento de concentración era ir agrupando en un mismo lugar a todos los rehenes capturados por el ISIL en diferentes puntos de Siria, con un destino: una lujosa mansión próxima a la frontera con Turquía, donde 19 cautivos varones -periodistas, cooperantes y otros ciudadanos procedentes de países como España, Francia, Italia, Bélgica, Alemania, Dinamarca, EEUU, el Reino Unido y Rusia- permaneceríamos bajo la responsabilidad directa de quienes gestionaban el secuestro, los tres musulmanes de origen británico a los que apodamos como Los Beatles, un mote que después fue asumido por la prensa de todo el mundo.

La intención aparente de los secuestradores era recrear un Guantánamo para presos occidentales, imitando las condiciones de reclusión de los presos radicales en la cárcel de la base de EEUU en Cuba. Para ello debíamos vestirnos con monos naranjas, y memorizar en árabe un número dibujado en la espalda. A partir de ese momento no se nos llamaría por nuestro nombre, sino por nuestro número de identificación.

La disciplina de aquel lugar se correspondería con el trato que los correligionarios de nuestros captores aseguraban que recibían en la base estadounidense de la isla caribeña. Por ejemplo, de forma repetida, nuestros guardianes entraban en la celda y, para su diversión, teníamos que cantar a coro, cara a la pared y con las manos apoyadas en el muro, la célebre canción de los años 70 Hotel California, del grupo de rock Eagles, en cuyo estribillo y letra habían introducido algunas modificaciones acordes con su ideología extremista:

«Welcome to Osama's lovely hotel,/ Such a lovely place,/ Such a lovely place./ Welcome to Osama's lovely hotel,/ But you could never leave/ And if you try/ You will die….» (Bienvenidos al adorable hotel de Osama [en referencia a Osama bin Laden],/ qué lugar tan encantador,/ qué lugar tan encantador./ Bienvenidos al adorable hotel de Osama,/pero tú nunca podrás irte/ y si lo intentas/ morirás).

Una o dos veces por semana, uno de nuestros guardianes entraba de noche en nuestra celda para instruirnos en su versión rigorista y cruel de la religión islámica. Sus enseñanzas no ampliaban nuestro conocimiento sobre el profeta Mahoma, ni sobre sus obras, ni sobre sus aportaciones al humanismo universal. Lo único que se pretendía era que memorizáramos en lengua árabe, una y otra vez, frases, oraciones y suras del Corán, el libro sagrado musulmán, de las que muchos ni siquiera lograban entender su significado.

«Aprender el islam con esta gente es como aprender el cristianismo con el Ku Klux Klan», comparó, de forma brillante, un compañero.

MAÑANA: Historia de un cautiverio (3). 'En manos del yihadista John'.