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CRÓNICA DESDE PEKÍN

Guerra al aceite de alcantarilla

Adrián Foncillas

Mucho hecho y mucho por hacer. Lo repetía un experto de la OMS en una reciente entrevista de la televisión pública china para enjuiciar el primer año de la ley de seguridad alimentaria. El juicio sirve para incontables asuntos en los que China trata de salvar una distancia de siglos en años, pero pocos caminos tiene más largos y pedregosos que el alimentario. Falta seguridad, higiene y honradez.

En los últimos años los consumidores han padecido pescado con antibióticos cancerígenos, huevos con tinte industrial y licor falso que dejó ciegos y muertos, por hacer la lista corta. Los sufrieron las capas bajas, igual que el aceite de colza no mató a ningún rico. Solo la leche contaminada por melanina fue democrática: la vendieron la mayoría de los productores.

La última campaña persigue al di gou you, traducible por aceite de cañería o alcantarilla, como prefieran. Es el aceite usado que sale por la puerta de atrás de restaurantes, recogido por tipos con grandes cubas, supuestamente reciclado -apenas filtrado, realmente- y vendido a pequeños restaurantes y puestos de comida ambulante. Son particularmente terroríficos los hot pot callejeros, una suerte de fondues donde se sumergen pinchitos de carne, pescado o vegetales.

Por la red circulan fotos del proceso que no ayudan a combatir tópicos. Es un líquido pestilente con todo tipo de inmundicias. No es solo una guarrada; es una guarrada peligrosa. Posee aflatoxina, una sustancia altamente cancerígena. No te provocará cáncer mañana, pero quizá sí en 10 años o 20.

El problema es serio y revela las limitaciones del Gobierno para cuidar la salud de su pueblo. Un estudio de la Universidad Politécnica de Wuhan concluyó que una de cada 10 comidas es preparada con el aceite de alcantarilla. En la provincia de Guangdong (antigua Cantón), de famosa tradición culinaria por meter en la olla cualquier bicho que se mueva, han sido detenidos dos revendedores. Uno producía 10 toneladas de aceite al día; el otro había almacenado 32 toneladas.

Acabar con el negocio del aceite no será fácil. Descontada la salud, todos ganan. Esos tipos que recorren la ciudad de noche pedaleando sobre triciclos, la cruda imagen de la miseria, se pueden llevar si llenan cuatro barriles por jornada unos 10.000 yuanes al mes (unos 1.150 euros), sueldo que triplica la media. Un gran restaurante consigue dos millones de yuanes (230.000 euros) al año vendiendo su aceite usado, según cálculos de la prensa local. Por el contrario, si llama al servicio municipal de reciclaje, tendrá que pagar. Y a los locales pequeños les cuesta cuatro yuanes (0,45 euros) el kilo, cinco veces más barato que el aceite de cacahuete y otros habituales de la cocina china.

¿Y los usuarios? El di gou you es una certeza popular, pero esos puestos ambulantes y pequeños restaurantes alejados de las grandes avenidas son más baratos. El problema de la seguridad alimentaria es, otra vez, un problema de pobreza. Y en relación con la pobreza, China ha hecho mucho y mucho le queda por hacer.

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