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BARRACA Y TANGANA

Unas risas

No cambiamos el fútbol, pero al menos el fútbol tampoco nos cambió a nosotros

Enrique Ballester

Imagen de un estadio, el de Montilivi en concreto.

Imagen de un estadio, el de Montilivi en concreto. / JORDI COTRINA

La tribuna empezó a aplaudir y a mí me pilló de sorpresa. Pregunté a mi alrededor y me explicaron que aplaudían al lateral, que por lo visto había corrido mucho en la jugada previa. La ovación era de las que llaman unánimes y atronadoras, acentuando mi despiste. Era un partido de Segunda División B. Hay futbolistas de Primera que mueren sin haber escuchado semejante ovación. Hay presidentes de potencias mundiales, premios Nobel y estrellas del rock que ni sueñan con semejante ovación. Comprendo pues que yo no fuera el único aturdido: el lateral en cuestión se dispuso a sacar de banda y sacó mal, acelerado, donde no tocaba. El árbitro pitó falta de saque, la ovación pasó a mejor vida y en la grada nos partimos de risa.

Yo pensé que ahora al fútbol le pido exactamente eso, momentos así. El sinsentido, la confusión, unas risas.

Después de ganar la final del Mundial de baloncesto, a Sergio Scariolo le preguntaron si había cambiado mucho desde que llegó a España. El seleccionador nacional contestó que sí, que no se puede ser un gilipollas toda la vida. Permitidme que lo dude. Sí se puede. Existen gilipollas profesionales que consiguen serlo durante toda la vida.

La vida va de pasar el rato y asumir lentamente que de algo hay que morir. No va de cambiar el mundo, ni siquiera el fútbol. Esto va de poder sentarte un día, con los de siempre y de vez en cuando, y poder decir que no cambiamos el mundo ni el fútbol, pero al menos el fútbol tampoco nos cambió a nosotros. Cuidado, no demasiado.

Los incorregibles

A mí me gustan los futbolistas incorregibles, los que saben que están tirando su carrera por la borda pero no pueden hacer nada por evitarlo. Los que no cambian. Los que pese a todo son tan buenos que sus equipos gastan casi más dinero en terapia que en sueldo. Los que se encogen de hombros cuando la vuelven a liar, porque saben que son y serán así toda la vida, y lo único que se puede hacer es aprender a llevarlo, y aceptarlo.

Quizá es porque conozco gente de esta, los veo más cercanos, más míos. La vulnerabilidad me produce empatía en lugar de rechazo. Es más sincera que la perfección modélica, eso seguro.

Coincidí con uno de estos fenómenos tendentes al desastrito en una boda, hace un par de años. En el aperitivo me explicó que ya estaba más tranquilo, que había madurado, que nada de fiesta. Matizó al rato que aquella boda era la última, que a partir del día siguiente sentaba la cabeza de manera definitiva. Tan convencido estaba que al llegar por fin a casa, por supuesto de buena mañana, decidió que no había tiempo que perder, que ni siquiera necesitaba dormir, que se duchaba rápido y de inmediato empezaría su nueva vida. Se metió en la ducha y abrió el grifo con sigilo, tratando de no hacer ruido, intentando no despertar a sus padres. No lo consiguió, como tampoco consiguió después dejar de ser él, como mis futbolistas preferidos. Cuando llevaba un rato bajo el agua, su madre abrió la puerta y él se excusó. "No pasa nada, mamá, estoy bien, solo me estoy duchando”, dijo. "Me parece estupendo", le replicó, "pero primero quítate la ropa, hijo".

El sinsentido, la confusión, unas risas.