11 jul 2020

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el rescate de un rubí de la literatura española

¡El Anacronópete desafía al Ministerio del Tiempo!

Ante el apasionante capítulo que se avecina el martes, conviene antes conocer el qué, cómo y cuándo del mayor invento de la ciencia ficción española

Carles Cols

La sala de mandos del Anacronópete, durante el rodaje de ’El Ministerio del Tiempo’.

La sala de mandos del Anacronópete, durante el rodaje de ’El Ministerio del Tiempo’. / MINISTERIO DEL TIEMPO

Pasmo, como poco, es lo que causaron los minutos finales del último episodio de ‘El Ministerio del Tiempo’, como si de repente y fuera de guion hubiera irrumpido en el rodaje el De Lorean de Marty McFly o, algo que algunos sugirieron erróneamente de inmediato en las redes sociales ministéricas, la mismísima nave extraterrestre TARDIS del Doctor Who, faro británico de la ciencia ficción televisiva.

A la espera de que en el próximo episodio del martes prosigan las aventuras de los personajes de la serie, un nombre difícil de pronunciar la primera vez que se intenta se ha hecho popular en menos de una semana, el Anacronópete, la imaginada máquina del tiempo inventada por un supuesto ricachón zaragozano en 1881, don Sindulfo García, con zarzuelescas intenciones, pues su meta real no era viajar por el tiempo en busca de conocimiento, sino recalar en alguna época en que no estuviera mal visto que se casara con su sobrina. 'El Anacronópete', libro extinto hace un par de años, resucitado por una entusiasta editorial valenciana y ahora lanzado a la fama definitiva gracias a la exitosa serie de RTVE, es, así lo reconoce la propia British Library, la primera novela de la literatura universal en la que aparece una máquina de tiempo, una decena de años antes, que no es poco, que H.G. Wells publicara su célebre versión del tema.

El autor de ‘El Anacronópete’ fue Enrique Gaspar Rimbau (1842-1902), diplomático de carrera, pero entusiasta, sobre todo, de las artes teatrales. Fue un prolífico autor de zarzuelas y otras obras de enredo que, según explica el ‘gasparólogo’ Andrés Massa (pieza fundamental en la recuperación de ‘El Anacronópete’ como luego se contará) sufrió un ataque de sana envidia cuando vio que ‘La vuelta al mundo en 80 días’, de Julio Verne, fue llevada a escena como un musical sin escatimar en medios (ante el público aparecían incluso elefantes) y cosechó un éxito monumental. Claro, las aventuras de Phileas Fogg y su mayordomo Passepartout propiciaban unos espectaculares cambios de escenario (Suez, Bombay, Hong Kong, Yokohama, San Francisco…) y como la idea ya estaba cogida por VerneGaspar recicló la fórmula pero con viajes en el tiempo, para que sus protagonistas escaparan a balazos de ser devorados por los leones en el circo de Pompeya antes de la erupción del Vesubio o para que pudieran visitar a Isabel I de Castilla y decirle que ese tal Cristóbal Colón era un tipo de fiar.

El cuerpo de húsares que acompaña a don Sindulfo se abre paso a balazos en el circo de Pompeya antes de la erupción del Vesubio. / editorial gaspar rimbau

Enrique Gaspar era un hombre de mundo. Trabó amistad durante su etapa en Francia con Camille Flammarion, algo así como el Carl Sagan de la época, y de una de sus obras, ‘Lumen’, sacó esa idea de viajar por el tiempo, pero no como un espíritu o en ensoñaciones, sino ‘comme il faut’ a finales del siglo XIX, con una maquina voladora y con electricidad. Tiene su mérito. La bombilla acababa de nacer, pero los hermanos Wright aún no había llevado a cabo su primer y algo gallináceo vuelo. El Anacronópete era, según se mire, inconcebible en su época. Funcionaba, según explicaba don Sindulfo en el libro, porque volaba a velocidades más que supersónicas hacia el este, de modo que en un día de viaje retrocedía 480 años en el tiempo. Era un desafío a las leyes de la física para el que era necesario tomar precauciones, como tomar previamente un sorbo del llamado fluido García, que evitaba rejuvenecer o envejecer según si se iba adelante o atrás en el calendario.

La paradoja del tiempo 'avant la lettre'

El autor pretendía que ‘El Anacronópete’ se estrenara en 1881 como una zarzuela en tres actos, pero nadie se atrevió con tamaña aventura, por cara. Si algún dramaturgo se anima, el libreto original se conserva en la Biblioteca Nacional. El caso es que Gaspar, no conforme, recicló el texto y lo publicó en 1887 como una novela a través de una editorial barcelonesa, Artes y Letras, y es en la lectura de esta versión definitiva cuando se atisba que, poco o mucho, comenzó a tomar conciencia de lo que había alumbrado. El concepto de la paradoja temporal, es decir, el peligro de alterar el pasado y sus consecuencias en el presente, aparece claramente planteado en el libro. La repera.

H.G.Wells publicó ‘La máquina del tiempo' en 1895, pero, lo que son las cosas, ni siquiera describía en sus páginas el aspecto real de su invento (la imagen más conocida se la proporcionó maravillosamente George Pal en la película de 1960). Gaspar no escatimó páginas para detallar ese prodigio mecánico, pero en la España en la que 20 años más tarde se popularizaría el unamuniano “que invente ellos”, el Anacrónopete no pasó de ser descrito en la prensa como “una máquina pintoresca”. Sorprendía más el hecho de que volara que no la propuesta de que le pudiera llevar a uno a conocer a Noé días antes del diluvio.

El Anacronópete, en una de las ilustraciones originales de Francisco Soler. / editorial gaspar rimbau

‘El Anacronópete’, como libro, cayó en un relativo olvido, paradójicamente, víctima del tiempo. En los años 50 se publicó una tesis doctoral sobre Enrique Gaspar. Círculo de Lectores revisitó la obra, pero algo mutilada y, sobre todo, sin todas las estupendas ilustraciones de Francisco Soler. La llama podría haberse apagado definitivamente hasta que, ya entrado el siglo XXI, la hispanista Andrea Bell y la profesora Yolanda Molina-Gavilán repararon en que, en verdad, el Anacronópete no tenía antecedentes literarios.

La máquina del tiempo era más española que la tortilla de patatas. Quién lo iba a decir. Fue así como entró en escena Andrés Massa, profesionalmente procedente del mundo de diseño, que sorprendido ante el notición se propuso resucitar el libro original, tarea nada fácil, porque lo único que encontró en un primer momento eran páginas mal escaneadas y a veces incompletas. “Al final, dimos con una primera edición de 1887 en una tienda de libros viejos de la Patagonia argentina”, explica Massa. Pagó gustosamente los 200 euros que le pedían por el ejemplar, que estaba bien conservado, pero después, página a página fue necesario restaurarlo. Hubo que adaptar la ortografía a las nomas actuales de la Real Academia Española, hubo que encontrar una tipografía equivalente, que fue al final resultó ser la Linux Libertine, y, sobre todo, echar el resto para interpretar las referencias culturales de la época, porque decir hoy en día que alguien es más conocido que La Bernaola deja al lector en blanco, pues esta fue una tremenda asesina ajusticiada con el garrote vil, de la que mucho se habló durante un tiempo.

Y luego estaban las referencias culturales que jamás deberían haberse perdido, como el conocimiento de la historia y de la Grecia clásica que al parecer eran comunes en el XIX, sin tanta red social y youtube que aturden el buen saber, y que permitía a Gaspar decir que don Sindulfo estaba hecho un Creso para subrayar su inmensa fortuna personal. Al parecer, el lector entendía sin perder el hilo que se refería al hedonista y acaudalado último rey de Lidia.

Que ’El Ministerio del Tiempo’ le dedique un capítulo al Anacronópete es una genial pirueta narrativa, pues lo que los creadores de la serie hacen semana tras semana no anda tan lejos de lo que hace 133 años decía Enrique Gaspar por boca de don Sindulfo García: “En efecto, merced al Anacronópete puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra -si tiene con qué aquel día- y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas de la virgen América». Pues eso, tomen su chupito de fluido García y suban a bordo, que nos vamos.