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El orgullo de las campanas

Como cada agosto, estos días es noticia la habitual lluvia de Perseidas, que también se conocen como las lágrimas de San Lorenzo, patrón de los oficios del fuego como los fundidores, los encargados de hacer las campanas

El campanario de la iglesia de Santa Maria dels Turers, en Banyoles.

El campanario de la iglesia de Santa Maria dels Turers, en Banyoles.

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Como cada año por esta época se vive un fenómeno astronómico llamado Perseidas. No son otra cosa que una lluvia de meteoros provocada por la cola que deja un cometa a su paso. Los científicos le han puesto ese nombre porque se produce donde está la constelación de Perseo. Antes de que supiéramos tanta ciencia, tradicionalmente se conocían como lágrimas de San Lorenzo, puesto que esta "lluvia de estrellas" suele coincidir con el 10 de agosto, día de su festividad. Se decía que eran los llantos del cielo en recuerdo de aquel hombre nacido en Huesca en 225 y muerto en martirio, en 258, en Roma, donde lo quemaron en la parrilla.

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Al perder la vida de esta manera tan bestia, lo tenían como patrón los gremios de los oficios relacionados con el fuego, como los alfareros, los vidrieros y los fundidores. Estos últimos eran los encargados, entre otras cosas, de hacer las campanas.

Actualmente las campanas son un elemento más bien decorativo que enriquece nuestro paisaje sonoro. De hecho, suelen ser noticia solo cuando alguien se queja de que son demasiado ruidosas y pide que no suenen. El último lugar donde ha pasado esto es en Banyoles, donde el propietario de unos pisos turísticos situados junto a la iglesia de Santa Maria dels Turers pidió al párroco que las detuviera durante la noche. Para indignación del vecindario, el sacerdote le hizo caso. Durante tres semanas el campanario enmudeció entre las 10 de la noche y las 8 de la mañana. Enseguida se organizó una campaña popular para exigir que se pusiera punto final al silencio, lo que finalmente han conseguido.

Pensado fríamente, en el siglo XXI, con teléfonos inteligentes, relojes inteligentes y casas inteligentes, no tiene mucho sentido que cada 15 minutos de la noche el campanario de un templo religioso anuncie qué hora es. Y a pesar de todo, la gente no está dispuesta a renunciar y lo defiende con uñas y dientes porque ve sus campanas como un símbolo de identidad. El sonido grave en lo alto de un campanario dice muchas cosas de nosotros y de nuestros orígenes.

La campana ha sido una herramienta de comunicación imprescindible en épocas pasadas y marcaba el ritmo de la vida diaria. Desde el punto más alto y privilegiado del pueblo, su repicar hacía saber a todos las noticias más importantes para la comunidad: nacimientos, defunciones, bodas... pero también cuándo era la hora de la oración; si había que ayudar porque se había declarado un incendio; o si la ciudad corría peligro por la amenaza de un enemigo exterior. De hecho, no había cosa más dolorosa que el enemigo expoliase las campanas para fundirlas y hacer cañones con ellas.

La campana era (y es) un elemento especial de un pueblo y su proceso de elaboración por parte de los fundidores era todo un arte que prácticamente ha desaparecido. El método tradicional se hacía a través de un molde llamado "costilla", que era una pieza de madera con el perfil de la silueta de la campana. Con cera se añadían las decoraciones y las inscripciones que hubiera de incorporar la pieza una vez completada. A continuación, el modelo se cubría con tierras refractarias capaces de aguantar la alta temperatura del bronce. Acto seguido se destruía el modelo interior y quedaba la forma en negativo del exterior de la campana. Entonces se vertía una aleación de bronce fundido a más de mil grados de temperatura.

Como las campanas estaban destinadas a coronar los templos, la tradición mandaba que todo este proceso de elaboración se hiciera durante el mediodía, coincidiendo con la hora del ángelus y con la presencia de un sacerdote, encargado de bendecir el procedimiento para dar más sacralidad a la fundición. En algunos casos, además, a la aleación se le añadía una medalla del santo o la virgen de turno a quien estaba dedicada la iglesia en cuestión. Una vez hecho todo esto, solo había que esperar a que se enfriara y pulir la pieza para darle una pátina que permitiera soportar las inclemencias meteorológicas.

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Si la campana se hacía bien, podía ser casi eterna. Así, generaciones y generaciones han nacido, crecido y muerto escuchando un sonido que las ha acompañado toda la vida, a menos que alguien con el oído demasiado sensible esté dispuesto a terminar con una tradición milenaria.

Una campana llamada Tomasa

Una de las pruebas más evidentes de la trascendencia que tenían las campanas para las poblaciones es que se celebraba una ceremonia cuando se colocaban en el campanario y, además, se bautizaban con un nombre propio. En los grandes templos, como la Catedral de Barcelona, hay varias. En este caso existen la Tomasa, la Montserrat, la Mercè, la Eulàlia, la Angélica...

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