El Radar

Su violencia, nuestra violencia

En la conversación pública de forma casi unánime se defiende la libertad de expresión y se denuncia la violencia, pero no son denuncias categóricas: se pide preservar la libertad de expresión propia y se critica la violencia que ejercen los otros

Tercer dia de disturbios en Barcelona

Tercer dia de disturbios en Barcelona / Ferran Nadeu

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Joan Cañete Bayle
Joan Cañete Bayle

Subdirector de EL PERIÓDICO. Periodista y escritor. Entre otros trabajos, ha sido corresponsal en Jerusalén y Washington DC. Autor de las novelas Expediente Bagdad (junto a Eugenio García Gascón) y Parte de la Felicidad que Traes.

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'Democracia su puta madre', dice el título de una canción de Pablo Hasél, y como diagnóstico es difícil negarle su contundenciaHasél no cree en el carácter democrático de España. En sus letras denuncia una larga lista de injusticias y dobles raseros, desde la institución misma de la casa real y su relación con la ley hasta la corrupción del sistema de partidos. Con mucha dureza, no deja títere con cabeza. Escuchándole, muchos tienen que recurrir a su Voltaire más enraizado (ya saben, la frase falsamente atribuida al filósofo francés, «No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo») para mantener los principios democráticos.

Miles de jóvenes llevan manifestándose toda la semana en protesta por el ingreso en prisión de Hasél. Sobre el papel, defienden la libertad de expresión, aunque ello signifique aceptar, justificar, no criticar o comprender que se rompan los cristales de este diario. No todos los manifestantes son violentos; no todos queman contenedores; no todos agreden a la policía. Pero llama la atención que para denunciar la violencia del Estado se defienda, comprenda, justifique o exonere la violencia en las calles contra mobiliario urbano, tiendas o vehículos. Defíneme violencia, se dice. O hay muchas clases de violencia. Cierto. Pero no todas caen igual de mal a todo el mundo.

Nuestra libertad de expresión

'Democracia su puta madre', canta Hasél, y tiene razón: cuando no se defiende la libertad de expresión, sino 'nuestra' libertad de expresión; cuando no se condena la violencia, sino 'su' violencia, la de ellos, ninguna de estas actitudes puede ser calificada de democrática. «Espero que mi libertad de expresión les parezca tan válida y respetable como la del señor Hasél aunque esta no siga su corriente», escribe Marina de la Plaza Reig, de Barcelona. No escribe como una «facha» (sea lo que sea hoy ese término, tan desvirtuado); su carta no defiende el encarcelamiento de Hasél; no es una voz del ‘establishment’ ni del Ibex-35. Su carta describe «el trasfondo de todo la problemática; altos cargos que hacen de todo menos su trabajo, población que va dando tumbos entre ideologías sin una mínima base económica y política, medios de comunicación que relatan verdades a medias, redes encendidas por titulares antes siquiera de leer la noticia completa, etcétera». Pero como se posiciona en contra de los disturbios, en su carta nuestra lectora duda de que su libertad de expresión sea respetada por quienes defienden la de Hasél. No son estos tiempos ni de tibios ni de dudas. Son tiempos de tomar partido, coger banderas. ¿Voltaire? Un flojo. Un equidistante. 

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No debería ser tan difícil: la sentencia de Hasél, como la de otros artistas, es desproporcionada e injusta, e incumple la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Es legítimo, es un derecho, de hecho, protestar contra ella. Pero la violencia –esta, todas– no está justificada. Hay que fiscalizar las actuaciones de los antidisturbios, pero la mala praxis policial no ampara los ataques a la policía. Violencia no justifica violencia. No debería ser tan difícil.

La violencia convierte en explosiva la ecuación polarizada del 'ellos' y el 'nosotros' que todo lo impregna. En el contexto de malestar social (los jóvenes tienen una larga lista de motivos para manifestarse en las calles, sobre todo la ruptura del contrato social con las generaciones anteriores), de profunda crisis económica y de burbujas informativas impermeables, azuzar la violencia, demonizar la ajena y justificar la propia es un pésimo negocio. En el documental El dilema de las redes sociales, se pregunta al exejecutivo de Facebook Tim Kendall qué le preocupa más en este mundo polarizado y narcisista de burbujas de 'nosotros' que no son más que una suma de 'yoes'. «Guerra civil», responde. Pensé en él cuando vi a los orgullosos trumpistas tomar el Capitolio. ¿Una exageración? Democracia su puta madre.