La Tribuna

Incendiar las calles

Hoy en día, la lucha callejera puede ser espectacular, pero es inútil para cambiar nada políticamente relevante, como la falta de respeto a la libertad de expresión desde los tribunales

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Un mosso d’Esquadra, ante una moto en llamas durante las protestas por la prisión de Pablo Hasél.

Un mosso d’Esquadra, ante una moto en llamas durante las protestas por la prisión de Pablo Hasél. / FERRAN NADEU

Produce curiosidad observar cómo se activan los disturbios. A veces sobrevienen después de un abuso de poder evidente, como ocurrió con las últimas elecciones en Bielorrusia. Pero otras veces es un hecho puntual el que lanza a la gente a la calle, como ocurrió en Túnez en 2011 con el suicidio de Bouazizi tras haber sido humillado por las autoridades, dando así inicio a las primaveras árabes. No son los larguísimos años de excesos del poder los que impulsan a la gente, sino esa gota que colma el vaso.

Aunque la condena a Pablo Hasél sea especialmente grave porque le da la espalda a la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ni es la primera vez que sucede algo parecido ni es siquiera un hecho tan grave en el conjunto de problemas que tiene cualquier país. Es muchísimo más grave -y tiene influencia en lo anterior- la falta de renovación del Consejo General del Poder Judicial. Sin embargo, por ello nunca se hace una manifestación.

También es interesante el lado humano de los que protagonizan los disturbios. Todos conocemos a personas que estuvieron peleando en la calle en los sesenta o setenta, contra el franquismo, o ya en los ochenta o noventa por movilizaciones laborales derivadas de reestructuración de sectores económicos que provocaron muchos despidos, como ocurrió particularmente en Galicia y Asturias, entre otros lugares. Los protagonistas de esos actos de violencia son magistralmente encarnados en 'Los lunes al sol' o en la maravillosa canción de Ismael Serrano 'Papá cuéntame otra vez'. Se trata de personas corrientes, tremendamente razonables, que hoy en día predican la no violencia. Algunos perdieron ojos, miembros, o se pasaron unos años en prisión o padecieron incluso torturas policiales.

Y al final, nada, como evoca la canción referida, que recomiendo memorizar. La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de la democracia, y no la respeta un país que sanciona las injurias a un jefe de Estado o que persigue el enaltecimiento del terrorismo cuando no promueve ningún peligro objetivo. No lo digo yo, sino el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, y lo han recordado varios de los magistrados que han participado en los procesos de Pablo Hasél a través de sus votos discrepantes. Es decir, no es que el poder esté abusando de los ciudadanos. Es que algunos magistrados debieran asumir esa jurisprudencia, y es incomprensible que no lo hagan.

Ese es el punto que hay que resolver, y nada se consigue reventando lunas de negocios ya bastante golpeados por la crisis, quemando motos de personas que trabajan con ellas y no pueden pagar un párking donde dejarlas, o quemando contáiners, aumentando así los pagos de los ciudadanos, que no tienen responsabilidad alguna en la sentencia de marras.

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A día de hoy deberíamos haber aprendido que nada se consigue ya en las calles con violencia, salvo el enfado de la ciudadanía. En otra época, cuando no existía ni policía ni ejército pertrechados técnicamente como los de ahora, la ciudadanía podía luchar simplemente con esas "manos de matar" que cantaba Silvio Rodríguez para que cogiesen guitarras, y no fusiles. Hoy en día, esa lucha callejera puede ser espectacular, pero es inconducente para cambiar nada políticamente relevante. Ni siquiera molestan al poder establecido las movilizaciones, porque son las dictaduras las que tienen una obsesión con el 'orden' y las que aún se ponen nerviosas con los altercados. En las democracias los Gobiernos saben que basta con dejar pasar el tiempo para que los ánimos se vayan serenando. El cansancio de los movilizados, la acción policial y judicial y el rechazo de la ciudadanía, que suele ansiar tranquilidad en las democracias, hacen el resto.

Con la situación que estamos viviendo, muchos jóvenes piensan que no tienen futuro. Pero para encauzar ese terrible panorama, no se puede actuar evocando románticamente medios de movilización del pasado, que no solo ya no funcionan, sino que son una oportunidad para quienes disfrutan de la violencia de por sí, sin ningún otro objetivo. Hay que fomentar la creatividad para que utilizando medios pacíficos se consigan resultados políticos. Es posible. Más que posible.