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GENTE CORRIENTE

Ana Criado Inchauspe: «Mediar no va de hablar, sino de escuchar»

Las posturas enconadas son el día a día de esta mediadora. Ella las desmonta con preguntas.

Juan Fernández

Ana Criado Inchauspe: «Mediar no va de hablar, sino de escuchar»

DAVID CASTRO

Mediación parece la nueva palabra-tótem del escenario político. ¿Cómo se relacionan con ella quienes se dedican a conjugarla a diario? En los últimos 13 años, Ana Criado Inchauspe (París, 1965) ha tejido entendimientos entre hermanos que se mataban por una herencia, cónyuges que porfiaban por la custodia de los hijos y vecinos que se odiaban por los ladridos de un perro. ¿Es posible hacerlo también entre ciudadanos que disienten sobre el país al que pertenecen? La presidenta de la Asociación Madrileña de Mediadores cree que hay margen para el acuerdo.

–¿Por qué eligió este trabajo?
–Soy hija de un emigrante español y una vascofrancesa, estudié Derecho y trabajé en una notaría. Me iba bien, pero descubrí la mediación por casualidad y quedé atrapada por este oficio. Es como un veneno. Ver llegar a la reunión a personas que no se miran a la cara y que salen dándose la mano te deja una satisfacción difícil de explicar. Te sientes útil.

–¿Tienen algo en común todos los conflictos?
–Sí, el 90% es emoción, el resto es falta de comunicación, siempre. Igual en una separación matrimonial que en una disputa empresarial. Los conflictos más difíciles se dan con quien más quieres. La familia, los amigos, la pareja, la gente con la que tienes confianza. Cuando esta se quiebra, es demoledor.

–¿Qué hace el mediador para recuperarla?
–Nosotros somos los segundones de la película, los protagonistas son las partes. Mi trabajo consiste en hacer preguntas para que se escuchen y acaben aflorando sus verdaderas necesidades. Hay una pregunta clave: ¿por qué quieres lo que quieres y para qué lo quieres?

–¿Qué efecto tiene?
–Cuando cada parte logra comprender las necesidades de la otra, se produce algo mágico. De pronto se transforman, abren los ojos y empiezan las disculpas. Funciona así hasta en las situaciones más difíciles, incluso cuando ha habido violencia de por medio. La mediación no va de hablar, sino de escuchar las necesidades del otro.

–¿Qué ocurre cuando las posturas están muy enconadas?
–El trabajo del mediador consiste en romper narrativas. Es habitual que cada parte llegue con su discurso perfectamente elaborado. Lo han hablado con su entorno, lo tienen clarísimo, no les cabe la menor duda, pero la mayoría de las veces ese relato está construido sobre lo que sienten, no sobre lo que ocurre en realidad. Descubrir que los problemas no son como creemos resulta revelador.

–¿El mediador dicta acuerdos como el juez?
–Nunca. Los acuerdos, para que sean respetados, deben encontrarlos y aceptarlos las partes. Nosotros solo las acompañamos para que lleguen a ellos. Hay una pregunta muy efectiva: «¿Cómo os gustaría que fuera vuestra relación dentro de cinco años y qué debería ocurrir para hacerla realidad?»

–¿Esto podría aplicarse al conflicto que hoy se vive en Catalunya?
–Sin duda. Yo les aconsejaría que se dieran una tregua, por ejemplo de un mes, y que celebren reuniones con discreción. Que empiecen a hablar de aquello en lo que están de acuerdo. Ambas partes tienen necesidades que no han sido escuchadas por la otra.

–¿Cómo ve la situación?
–Veo mucho cortoplacismo, demasiadas promesas anunciadas sin saber cómo se cumplirían. Unos piden la independencia y otros el 155. Vale, ¿y eso cómo se gestiona en el día a día? ¿Alguien ha pensado en los posibles escenarios de la vida real? Lo de las grandes declaraciones es muy de hombres, las mujeres nos fijamos más en lo práctico.

–¿Cuál es el mejor acuerdo?
–Aquel en el que ambas partes perciben que el otro también ha cedido. Y el que perdura en el tiempo. 

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