Ir a contenido

Gente corriente

«Yo nunca había necesitado identificarme como paya»

Marta Padrós ha plasmado sus vivencias en una comunidad gitana en una tesis doctoral

Gemma Tramullas

«Yo nunca había necesitado identificarme como paya»

FERRAN NADEU

La historia de Marta Padrós Castells arranca en un puesto de flores situado en la esquina de las calles República Argentina y Craywinckel de Barcelona y culmina con la presentación de su tesis doctoral titulada '9 años siendo paya, 9 años agitanándome. Un estudio del ciclo vital en una comunidad gitana'.

-En este puesto de flores [foto] tuvo su primer contacto con la comunidad gitana. La señora Adela vende flores frente a la casa donde yo vivía con mi familia. Recuerdo que a los 6 o 7 años cogí dinero a mis padres y bajé con mi hermana a comprarles un ramo.

-¿Era consciente de la diferencia cultural? No. En el barrio todos la conocían como «la gitana», lo de señora Adela lo descubrí después. Lo que sí me sorprendía era ver a una niña en el puesto con ella, pero en ningún momento hice una reflexión cultural.

-Pasaron los años y estudió Psicología. En segundo de carrera hice unas prácticas en una escuela de Bon Pastor. Entonces el centro tenía un 80 por ciento de alumnos gitanos y cuando entré en la clase vi una niña que me sonaba mucho, y yo a ella. Días después estaba en el puesto de flores.

-¡Era la hija de la señora Adela! Sí. Hacíamos la actividad en la escuela y los fines de semana venía al puesto de flores y las tres charlábamos sobre las dificultades de escolarización de los niños y niñas gitanos. Hasta entonces yo nunca había necesitado identificarme como paya…

-¿Qué significa identificarse como paya? Ser consciente de tu rol de poder como miembro de la mayoría social dominante. No se vale seguir pretendiendo que no existen privilegios; ser blanco es un privilegio. Hace 600 años que la minoría gitana participa obligatoriamente en instituciones payas, donde el lenguaje, los valores y las expectativas a veces no coinciden con los suyos.

-Su proceso de «agitanamiento» continuó. En el 2007 empecé a trabajar en el proyecto Shere Rom en una comunidad gitana de otro barrio de Barcelona, que prefiero no identificar. En el local de la asociación me relacionaba con niñas, madres y abuelas y poco a poco fui entrando en espacios más familiares e íntimos. En algunos momentos dejé de ser «la paya» para ser «la Marta» y me explicaban cosas que, en tanto que paya, no me hubieran dicho nunca. Eso me permitió empezar a entender su cultura.

-¿Por ejemplo? Una niña me confesó su angustia porque en la escuela tenía que estudiar la reproducción sexual. En la comunidad gitana la sexualidad es tabú en ciertos contextos, solo se aborda en espacios de confianza y ella sentía que traicionaba a la familia.

-¿Cómo lo resolvió? Su madre le aconsejó que siguiera estudiando, pero la maestra no entendía la inquietud y las contradicciones que esto le generaba a la niña. Otros alumnos usan otras estrategias, como buscar la expulsión para no entrar en contradicciones.

-El absentismo escolar es muy elevado. Tienen su propio ciclo vital. Algunos gitanos se casan con 16 o 17 años y en ocasiones llevan un tiempo prometidos. Esto no encaja con nuestra idea de la adolescencia ni con el sistema de escolarización. Pese a las contradicciones, nuestras instituciones deberían negociar formas de darles cabida sin obligarles a perder sus valores.

-Tras presentar su tesis en la universidad quiso llevarla también al barrio. No había ido allí solo a recoger datos. Con las madres más implicadas había debatido mucho el análisis del ciclo vital de la comunidad y el dibujo de la portada lo había hecho una de las niñas a las que hice seguimiento. Lo más valioso de esta experiencia de nueve años es haber crecido juntas, las relaciones personales y el respeto mutuo que hemos aprendido a construir.

0 Comentarios
cargando