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Un placer exprés

La botella helada

El gusto de beber agua fría a pie de frigorífico

Pau Arenós

Fuera de casa, el mundo se derrite, o se astilla. El mundo se rompe como un espagueti seco. El calor es una lepra, algo que se adhiere a la piel y la revienta. Tú resistes encerrado en casa auxiliado por un ventilador. El aire acondicionado es enemigo del planeta y pasifica los cuerpos y les da una textura de carne colgada de ganchos en frigoríficos industriales. En días de bochorno piensas que eres idiota y que, por ti, el planeta pueder irse al carajo y que mañana encargarás el aire acondicionado aunque te conviertas en un mamut congelado.

Has bajado las persianas y te mueves por casa como un vampiro, evitando el sol. Te sientas delante del ventilador y solo consigues enfriar el sudor, una sensación nada placentera. Porque bajo la capa seca, el calor sigue intacto.

Abres la nevera y la luz artificial te ilumina como la tele de 'Poltersgeist'. Coges la botella de agua fría y, de pie, sin cerrar esa invitación polar, bañándote en pocos vatios y muchas frigorías, te amorras y bebes y bebes sintiendo en la garganta un frío agudo, desagradable e inútil. Porque al cerrar la botella continúas sediento.

Entonces, ¿cuál es el placer? Saber que en la nevera hay una botella con el agua helada y que brilla en la oscuridad del electrodoméstico y que cuando lo abras su halo azul te atrapará.

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