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BAR MUNDIAL

Hambre de gol en casa de Luis Suárez

Es difícil no animar a la celeste, por su maracanazo, por su condición matagoliats, por su densidad de jugadorazos por habitante y por su expresidente Mújica

Miqui Otero

Aficionados uruguayos celebran en el Chalito un gol de Suárez que nunca entró.

Aficionados uruguayos celebran en el Chalito un gol de Suárez que nunca entró. / JOAN CORTADELLAS

Entrar en un restaurante uruguayo 48 horas después de la extracción de una muela es lo más parecido a llegar al Mundial con una distensión en el ligamento lateral interno. O después de compartir un ascensor o competir en una carrera de sacos con Sergio Ramos. Es tanto el hambre, de gol y de milanesa, que uno se plantea jugar infiltrado.

Una cerveza podría servir para afrontar el Uruguay contra Egipto en casa de Luis Suárez, donde se ofrecen empanadas caprese, entraña con patatas o El Pistolero: bocadillo de pollo rebozado con tomate y huevo duro. No es que cebe mate con él a menudo en gayumbos y me permita abrir la nevera de su hogar, sino que estoy en uno de sus restaurantes. Es complicado no hincar el diente (o la no muela) en estas ofrendas en el Chalito, el local que abrió en Rambla Catalunya en noviembre del año pasado. Después de mi operación maxilofacial reciente hasta hace daño evocar el mordisco en el hombro de Chiellini del Mundial en Brasil. Esa escena que, a su vez, hacía pensaren los supervivientes de 'Viven', el equipo de rugby uruguayo que tuvo que entregarse al canibalismo para sobrevivir a 4.000 de altura y 40 bajo cero en los Andes, al lado del volcán Tinguiririca.

“¡Uruguayo! ¡Uruguayo!”, cantaría para distraer el hambre de empanada y gol, si no fuera porque gritarle eso a Lucho aquí, con 200 uruguayos con capa de bandera y pinturas de guerra celeste, sería casi tan absurdo como ponerme a animar al árbitro o gritar taxi en una parada llena de coches amarillos y negros. Aunque también es cierto que Godín, conocido como El Faraón, juega hoy entre egipcios. Cantan el himno nacional, ese que la orquesta no supo tocar cuando Uruguay ganó, contra todo pronóstico (aquello habría hundido a todas las casa de apuestas), en la final de 1950 en Maracaná.

Con hambre de carpincho, el roedor gigante de las llanuras pamperas, bajo al comedor del sótano, bancos de madera y suelo con apariencia de baldosa hidráulica, mientras discurre el encuentro en Ekaterimburgo. Egipto embalsamado atrás, como un juego de bolos estáticos en su campo, con Salah, que está de cumple pero aún tocado después de su bailar pegados con Ramos, mirando melancólico en el banquillo.

El equilibro del uruguayo

Es difícil no amar a Uruguay. Por su pasado de maracanazo, por su condición de David matagoliats, por dar tal cantidad de jugadorazos con una población de tres millones y medio y por su expresidente Mújica: “Digo lo que pienso, mala suerte”. Dijo Bielsa del uruguayo que representa el “equilibrio, el sentido común, la sinceridad, la modestia”. Y es cierto. El orgullo de Uruguay es, como aconsejaba George Eliot en Middlemarch, sirve para que no te hagan daño y no para hacerlo. “Somos humildes. Para jugar con nosotros hay que tenerlas muy grandes, pero no vamos a decir jamás que las tenemos más grandes que ninguno, como hacen algunos de nuestros vecinos”, dice Rodrigo, casado con una catalana y hoy enfundado en su camiseta con el 10 de Forlán. Su entrenador, un maestro de escuela de 71 años, Oscar Tabárez, es la prueba de su carácter: “Los inicios siempre me generan miedo y los finales, tristeza”.

Menos este. Juan, Pablo, Nacho, Santiago piden tragos y empanadas “de lo que sea” y besan sus camisetas vintage de la selección en 1950. Sus cantos van todos de ser celeste y de regresar. Cuando se ganan un par de los primeros mundiales, siempre parece lógico ganar el último. Están de parada técnica en su camino a Rusia y estudiaron en el mismo colegio de Salto que Cavani y trazan mentalmente la trayectoria de la falta que chuta. En el 89, después de varios fallos de Suárez, al que uno no se acostumbra a ver vestido de blanco, se elevan Godín y Giménez, las dos torres del Atlético, y el segundo remata a gol. Me pido una empanada de carne mientras el resto de uruguayos derraman cervezas.

Unas 24 horas antes había visitado a Mario, probablemente el segundo uruguayo más célebre de esta ciudad, que regenta una pizzería en la Calle de la Cera, la meca de la rumba. Escritor y filósofo pitagórico, también erudito en temas masónicos, me dijo dos cosas: que no iba a poner el partido porque no tenía tele y que no era necesario, “porque Uruguay va a ganar igual”. Sabio, como siempre.

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