25 oct 2020

Ir a contenido

La consagración de una estrella del ultrafondo

El corazón que mueve montañas

Kilian Jornet refuerza su abrumador dominio en las carreras de larga distancia, un mundo donde se le considera un "extraterrestre"

DAVID TORRAS / Sant Denis

En el modesto estadio de fútbol de Saint Denis, en la isla Reunión, más de 2.000 personas hacen cola sobre el césped. Les espera un dorsal que la mayoría lleva meses o incluso años deseando tener en las manos. De repente, un creciente murmullo llega desde la puerta de entrada donde un remolino de gente acompaña a un joven que apenas puede dar dos pasos mientras va de fotografía en fotografía, de autógrafo en autógrafo, estrechando manos, dejándose abrazar, sin parar de sonreír con una cautivadora sencillez. «Es él, es él», se escucha. ¿Y quién es él? No es Leo Messi, aunque quienes le rodean le siguen con la misma admiración que despertaría el futbolista del Barça en cualquier otro rincón. Pero ahí, en ese mundo, el rey tiene nombre catalán: Kilian Jornet.

Los dos han nacido el mismo año (1987), andan por el 1,70, eso sí, con 11 kilos de diferencia -67 Leo, 56 Kilian-, y comparten el honor de ser los mejores en su terreno. Nadie está a su altura. Pero viven en mundos muy diferentes. En el Camp Nou, en La Rambla, en cualquier calle de cualquier ciudad de España, Kilian Jornet pasa desapercibido. Un chico de lo más normal. Solo algunos aficionados, cada vez más, reconocerían en él a alguien que ya ha se ganado unas cuantas páginas en el diario L'Équipe con el tratamiento de un fuera de serie, de un «extraterrestre». Alguien capaz de plantarse a los pies del Kilimanjaro y echar a correr, llegar a la cumbre (5.891 metros), tomar un poco de aire y, ¡ale!, volar cuesta abajo. Y todo para batir otro récord: 7 horas y 15 minutos.

Dos días después de la escena en el estadio de Saint Denis, Kilian Jornet vuelve a entrar por la puerta y vuelve a escucharse un creciente murmullo, esta vez mucho más intenso. Ahora es casi de noche y el joven catalán llega corriendo. No deja de sonreír y se acerca a las vallas para estrechar las manos que le salen al paso, pero se le ve cansado. Normal. Acaba de dejar atrás 163 kilómetros, una ruta que atraviesa esta montañosa y volcánica isla francesa, cercana a Madagascar, con 9.000 metros de desnivel, un mítico Gran Raid que se conoce como la Diagonal de los locos. Es el primero en llegar, como en casi todas las carreras, tras una batalla de 23 horas, y con una ventaja de más de una hora sobre el segundo. De los 2.555 corredores que tomaron la salida, más de la mitad no llegan a la meta, algunos por abandono, otros porque no pasan los distintos cortes de la carrera. Los últimos en entrar lo harán en 67 horas, casi dos días después que Kilian, e igualmente merecen un aplauso porque el esfuerzo es inimaginable.

«Kilian Jornet nos ha transportado más allá de las fronteras de lo real. Se le compara fácilmente con un Zidane del trail, pero incluso habría que ir más lejos y añadir una cucharada de Maradona y un trocito de Pelé. Kilian Air Jornet ha volado sobre Reunion como nadie lo había hecho jamás. Bajo su túnica blanca inmaculada, él vuela y vuela... Los valerosos corredores de Reunión se inclinan ante él. Jornet está loco», escribía el editorial de Le Journal de l'ile de la Reunion, recogiendo el sentimiento de admiración unánime, rendidos todos a la «Kilianmanía».

Jornet se ha pasado la vida en la montaña. Sus padres vivían en el refugio de Cap de Rec, en la estación de esquí de fondo de Lles de Cerdanya, y ahí creció con su hermana. ¿Predestinado? «Muchas opciones no tenía. Cuando llegábamos de la escuela nuestra diversión era ir a correr o a esquiar», recuerda. A los 5 años ya había subido el Aneto y algún otro 3.000, y a los 10, la travesía del Pirineo. Hace poco, la volvió a hacer, pero corriendo y en ocho días.

Este joven, que vive en el Centro de Alto Rendimiento de Font Romeu y que se ha convertido en uno de los iconos de Salomon, iniciará pronto la temporada de invierno. Cogerá los esquís y montaña arriba, montaña abajo, dispuesto a revalidar el título de campeón del mundo. Uno de sus secretos es su excepcional capacidad pulmonar, superior a la de los grandes ciclistas, y un corazón que en reposo parece quieto: 35 pulsaciones. Pero, en el fondo, late con una emocionante intensidad, que le lleva a escribir poéticas reflexiones en su blog. «Grande, puro. Ser grande, ser puro. Para poder correr sobre las nubes hay que ser puro. Para poder acceder a ser grande hay que ser puro y saber y querer volar más alto que los demás. No hay que temer morir cayendo al vacío desde el cielo. No hay que temer nada, hay que sentir... No vale no luchar, no vale no sufrir, no vale no morir. Ya es hora de sufrir, ya es hora de luchar, ya es hora de ganar...».