TRES FUTUROS CLIMÁTICOS

La vida en 2030: así será nuestro día a día según la cumbre de Glasgow vaya bien, mal o regular

La vida en 2030: así será nuestro día a día según la cumbre de Glasgow vaya bien, mal o regular
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Andreu Escrivà

De la cumbre de Glasgow que empieza este domingo podemos esperar tres tipos de resultados. El primero, un acuerdo no ya de mínimos, sino de estancamiento o incluso de retroceso. El segundo, un acuerdo insuficiente, aunque con ciertas medidas más o menos cosméticas que prolongarían la sensación de estar haciendo alguna cosa mientras el sistema continúa transitando hacia el abismo. Y el tercero y no ya deseable, sino necesario, sería un acuerdo en línea con lo que dice la ciencia y que el IPCC lleva décadas comunicando. La pregunta es: ¿cómo impactarían cada uno de estos acuerdos en nuestro día a día en 2030? Clicando en los tres siguientes escenarios encontrarán las respuestas.

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En Glasgow no se llega a ningún acuerdo: 'sálvese quien pueda'

En lugar de generar indignación ciudadana, un gran número de países entienden que es un "sálvese quien pueda" y apuesta por la 'trumpización' de su política y economía. Eso es: relajación de los estándares ambientales, derogación de la normativa de emisiones, potenciación de la minería de recursos fósiles y cero interés en cumplir las limitaciones de emisiones que les corresponde. Algunos países ya están en esta senda y unos cuantos más, seguramente, se añadirían. Un ciclo de retroalimentación suicida al que se sumarían las grandes empresas fósiles.

¿Cómo se traduciría en nuestra vida? Quizá en un primer momento nos parecería positivo, porque quién sabe si recuperaríamos el carbón para producir electricidad y se abarataría el precio. Pero después comenzaríamos a ver que eso no es ninguna solución, porque comenzaríamos a competir de nuevo por el carbón, el petróleo y el gas natural, recursos fósiles y limitados. Además, el transporte por carretera continuaría imponiéndose al tren, con la contaminación que eso implicaría.

Sin un buen acuerdo, la adaptación al cambio climático quedaría huérfana, lo que supondría que cada vez sufriríamos más los fenómenos meteorológicos extremos, como tormentas y olas de calor en las ciudades, los pueblos y el campo. Las cosechas cambiarían aún más rápido de lo que lo están haciendo y, seguramente, tendríamos problemas para replicar aquella receta de los abuelos que siempre cocinábamos por Navidad.

Nuestra salud se resentiría, y después del mosquito tigre no sería raro encontrarnos con otros insectos que actuarían como vectores de enfermedades exóticas. Quien trabaja al aire libre -los sectores de la construcción y la agricultura se verían particularmente afectados- sufriría unas condiciones fisiológicamente estresantes y peligrosas, y se debería prohibir en algunas épocas determinados trabajos y actividades de ocio y deportivas.

El Mediterráneo, que se calienta un 20% más rápido que el resto de los océanos, continuaría su escalada de temperaturas y dejaría de ser un destino turístico atractivo. Con demasiado sol y poca playa, el turismo miraría hacia otros destinos. Nuestro día a día, después de noches extenuantes sin dormir por el calor y los mosquitos, sería aún más pobre, más insalubre y, lo que es peor, habríamos perdido la oportunidad de construir un futuro distinto.

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En Glasgow no se activa una acción rápida: medidas cosméticas y 'ecoparálisis'

De la cumbre salimos con un acuerdo que recoge, a grandes rasgos, la esencia de París, pero continúa sin poner las herramientas para activar una acción climática rápida. Hay países que van más rápidos que el resto, pero en general el mundo entiende que hay que impulsar la transición ecológica, aunque sin saber muy bien cómo. Las grandes empresas se apuntan encantadas, entre otros motivos porque continuarán controlando el mercado y porque nosotros, como sucede actualmente con los fondos europeos, les pagaremos la reconversión.

Los objetivos que nos marcamos seguirán siendo insuficientes para mantener el calentamiento dentro del margen de seguridad establecido en París –ni siquiera el de los 2º-, pero nos proporcionará la ilusión de que estamos haciendo algo. El mundo anglosajón llama a esto ‘retardismo’, y es un tipo de negacionismo climático de baja intensidad. Se adorna, por supuesto, con mucho tecno-optimismo, como hace Estados Unidos cuando admite que la mitad de los recortes de emisiones de efecto invernadero se conseguirán a base de tecnologías que ahora mismo no conocen.

Nuestro día a día se llenará de productos ‘eco’, aun sin saber bien si realmente son ecológicos cuando vienen de la otra punta del mundo. Los gases de efecto invernadero se imponen como una forma de medir el impacto de nuestro consumo, pero más allá de mostrar esta información en ciertos productos, el sistema económico continúa basándose en el crecimiento y las capas más ricas de la población hacen caso omiso de los números de su huella de carbono. La ‘economía circular’ se traduce en consumir cada vez más plástico, pero eso sí, separándolo para que lo reciclen.

Nuestras ciudades permanecen pobladas de coches, ahora eléctricos, que se apropian del espacio urbano exactamente igual que lo hacían sus predecesores de combustión, con los que comparten parte de la contaminación por partículas.

La transición energética la vivimos como un cambio de enchufe, no de modelo: seguimos a merced de las grandes empresas del oligopolio energético. Eso quiere decir que seguiremos pagando no solo precios abusivos, sino engordando los bolsillos de aquellos que han creado el problema. Empujaremos el problema unos años más allá, pero volverá a llamarnos a la puerta. Entonces, ¿qué haremos?

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En Glasgow lo difícil acaba sucediendo: un planeta para todos

Es muy probable que el acuerdo final de Glasgow -si es que hay alguno- esté a medio camino entre los dos escenarios anteriores. Pero, ¿y si surgen liderazgos compartidos que impulsen la conferencia más allá de la pista de baile habitual? ¿Y si una multitud de pequeños países ejercen presión suficiente para que se sume alguno de los grandes y entonces, uno a uno, se van uniendo y reclaman conjuntamente un acuerdo más ambicioso? Imaginemos que en la cumbre de Glasgow se recoge aquello que dice el IPCC como hoja de ruta: ¿sería muy diferente de lo que hemos visto hasta ahora?

De entrada, un país como España tendría que asumir la responsabilidad histórica que le corresponde y disminuir las emisiones en consecuencia. El mundo tendría que virar hacia un sistema que pusiera la vida en el centro y no solo la economía, por lo que el PIB quedaría desterrado como el único indicador de progreso. Las grandes empresas continuarían existiendo, claro, pero su papel en la transición energética no sería el de actores clave con capacidad de tomar a los ciudadanos como rehenes para negociar con el gobierno, sino el de participar en un cambio profundo de modelo. En un contexto de disminución de demanda energética, esta -garantizada para las familias más vulnerables- provendría en su mayor parte de fuentes renovables, descentralizadas y con sistemas propios de gobernanza ciudadana, como es el caso de las comunidades energéticas.

El nivel de consumo actual, insostenible aunque lleve la etiqueta ‘eco’, se debería de replantear. En lugar de las famosas ‘3R’ –reducir, reutilizar, reciclar-, habría que añadir unas cuantas más: rechazar, repensar, rediseñar, reparar. Antes que consumidores responsables hemos de ser ciudadanos críticos y exigentes. Si un futuro donde nuestro armario no está lleno nos incomoda, ¿por qué triunfan programas de televisión cuyo objetivo es que los protagonistas tiren aquello que los hace infelices? ¿Por qué las casas que aparecen en las revistas de muebles y diseño tienen una decoración minimalista?

La cesta de la compra también cambiaría, pero a mejor: productos de temporada en un embalaje justo (o a granel), menos proteína animal (también por cuestiones de salud) y muy especialmente reduciendo al máximo el derroche alimentario.

Otro elemento central de este futuro imaginado es que, al contrario de cómo solemos imaginar el futuro, todo irá más lento. La mejor forma de enfrentarse a la emergencia climática es ir más lentamente, no más rápido. Como más tiempo tengamos, menos energía gastamos, por ejemplo, para movernos. Los pueblos y ciudades mutarán en espacios donde no haga falta desplazarse de una punta a otra para hacer una gestión, ir al médico o a clase, con un espacio público no mercantilizado para jugar, leer y pasear.

Habrá coches eléctricos, claro, pero muchos menos y no serán en ningún caso la pieza clave del modelo de movilidad. El viandante, las bicicletas y el transporte colectivo serán las arterias de la ciudad, como lo será el tren si hablamos de territorios como Catalunya, España o Europa. El avión quedará reservado para aquellos trayectos en los que siga siendo logísticamente muy complicado realizarlo de una forma alternativa. Quizá con esta mirada lenta también aprenderemos una lección esencial: la transición ecológica no es solo transición energética. Miraremos los espacios naturales con una mirada distinta, no como un obstáculo que nos impida desarrollarnos, sino como aliados en la redefinición de nuestra relación con el entorno.

Seguro que nos equivocaremos y encontraremos obstáculos, pero este escenario, en el que por fin hacemos caso a lo que dice la ciencia desde hace años, es el único en el que llenaríamos de significado la expresión 'luchar frente al cambio climático'.

El resto es una retirada egoísta o una tregua deshonrosa y nociva.


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