27 nov 2020

Ir a contenido
Alexandria Ocasio-Cortez.

Cuando los labios rojos son un acto político

Núria Marrón | 10 octubre 2020

La congresista Alexandria Ocasio-Cortez reivindica la dimensión política del labial rojo. ¿Qué desafíos implica este símbolo de los mandatos de belleza? Abrimos debate.

"Sírvete un trago, ponte un poco de pintalabios y recupera la calma", decía Liz Taylor, que sin duda sabía de días desastrados. Y la reina madre del quilombo vital, Coco Chanel, recomendaba a sus coetáneas que, si estaban tristes, se pintaran más los labios "y atacaran". Décadas más tarde, en un nuevo giro de guion –ya veremos que uno más en la azarosa historia del pintalabios–, jóvenes de la izquierda feminista como Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) han incorporado el rojo sangre labial a su indumentaria política porque, la explicación es de la congresista, aporta un pellizco de "confianza" y cuidar la autoestima puede considerarse un acto "radical" en una sociedad que siempre te dice que "no tienes ni el peso ni el color de piel adecuados". 

Un desafío contra los códigos del poder masculino

No suelten aún ningún bufido, que no haremos aquí sociología cuqui sobre las supuestas cualidades empoderantes del carmín o los tacones de aguja. Sin embargo, parece que  hay consenso en que reivindicar desde el Capitolio el labial rojo –ese gran pararrayos en el que descargan significados de signo opuesto: es el color fetiche de la sexualización y los mandatos de belleza, sí, pero el 'rouge' también es patrimonio de las disidencias sexuales y de género– envía un puñado de mensajes interesantes. El primero y quizá más obvio es una suerte de profanación de los códigos del poder, aún sumamente masculinizados.

El efecto lipstick dispara las ventas de cosméticos durante la cuarentena. / ZML

"La barra de labios puede desafiar aquella noción de que las mujeres han tenido que masculinizar su imagen para ser competitivas en política –afirma Verónica Fumanal, presidenta de de la Asociación de Comunicación Política–. Siempre se había dicho que las que llegaban a puestos de responsabilidad, para ganarse la autoridad y resultar creíbles, tenían que usar patrones estéticos más propios de hombres".

Ya conocen la antológica y problemática relación de las mujeres con la autoridad, desde que, 3.000 años atrás, un mocoso Telémaco hizo callar a su madre, Penélope (lean, lean 'Mujeres y poder', de Mary Beard). Así que los maquillajes neutros y los trajes chaqueta –contestados cada vez más por labiales rojos, deportivas y pendientes de aro– no han sido más que un antídoto de necesidad contra la desvalorización y el descrédito.

La también congresista demócrata Ayanna Pressley. 

Sin embargo, apartarse del estilo austero de, por ejemplo, Angela Merkel –que suele recibir tratamiento de "hombre honorífico" en los medios, como recoge un artículo académico reciente– aún pone en marcha la apisonadora correctiva. Así, cuando las mujeres se salen del 'dress code' burocrático "se entiende como si estuvieran aceptando entrar en el juego de la sexualización y asumieran ser valoradas por el físico, cuando simplemente van como desean", apunta la investigadora en género Marta Roqueta.

Es interesante que una mujer latina dé la vuelta a los clichés sexualizadores y clasistas que pesan sobre el colectivo

En el pintalabios de AOC, la especialista aún ve un elemento más desestabilizador. "En EEUU, la raza está muy vinculada a la estética, y no deja de ser interesante que una mujer latina dé la vuelta a los estereotipos racistas que pesan sobre el colectivo y que, como en el caso de las afrodescendientes, basculan entre la sexualización y el estigma de la 'welfare queen' –ese ominoso cliché que alude a las madres de las barriadas que supuestamente reparten su tiempo entre la asistencia social y los biberones de cocacola–. Y más significativo es aún que lo haga  en un espacio de poder blanco y masculino como el Capitolio».

La demanda de labiales aumenta tras la desescalada

Aunque nunca se ha aceptado como indicador económico homologable, el ‘efecto pintalabios’ se ha convertido en un clásico del argot de las crisis de los últimos 20 años. El término, acuñado por Leonard Lauder tras el 11-S, hace alusión al supuesto aumento de ventas de barras de labios en los escenarios de recesión, por aquello de que es un lujo asequible con capacidad para levantar el ánimo. Y aunque el propio ‘The Economist’ examinó el fenómeno y concluyó que el indicador se basa en casos anecdóticos y aislados dada la ausencia de cifras históricas de ventas, el  ‘efecto pintalabios’ ha vuelto a hacerse un hueco en las conversaciones económicas del covid. Tras unos meses en los que la mascarilla se había convertido en el sudario del cosmético por razones evidentes (el desplome fue del 76% durante el confinamiento), el último informe del comparador de precios idealo.es apunta a que la demanda en España empezó a remontar a partir de julio hasta situarse en un aumento del 234% respecto a febrero. 

Precisamente este efecto disolvente de clichés es el que también reivindica, desde el Parlament de Catalunya, la diputada y escritora Jenn Díaz: "Yo me los pinto incluso ahora, con la mascarilla, y eso quiere decir que va más allá de la estética y que somos muchas las que nos empoderamos con actos cotidianos, pequeños pero políticos, que parten de una premisa:  lo que nos ha querido esclavas –en este caso la feminidad–, nos lo acabamos apropiando, como las palabras, para reivindicarnos. Cuando he de hacer una intervención importante me pinto e incluso unos minutos antes me retoco con un espejito desde el escaño".

Una historia de sumisión y rebeldía

A pie de acera, la llamada 'guerrilla del pintalabios' también ha estado especialmente activa en los últimos tiempos: se han pintarrajeado fotos de Putin denunciando su homofobia; en EEUU se puso en marcha una campaña para contestar con labios rosas a la misoginia de Trump, y en las revueltas de Nicaragua del 2018 la antigua sandinista Marlene Chow, detenida en un centro de tortura, hizo un llamamiento para pintarse los labios (#picorojo se llamó la protesta) contra Daniel Ortega, que tiene a los colectivos feministas entre sus enemigos públicos.

La imagen de la campaña F*ck Trump, que invitaba a contestar con labios rosas la misogina del presidente. 

La historia de la pintura labial, que se remonta a los sumerios, es rica en desafíos y también en bandazos. Cuenta la leyenda que en el antiguo Egipto, donde lo usaban hombres y mujeres como marca de clase, Cleopatra encontró su propia fórmula triturando hormigas y escarabajos. Con el correr de los siglos, cuando la revolución burguesa despojó a los señores de sus maquillajes y pelucones y circunscribió todo ornamento a las mujeres, los labios rojos se acabaron convirtiendo en símbolo exclusivo de la sexualidad femenina. De la domesticada, pero también de la peligrosa.

"Cuando una mujer lleva los labios demasiado rojos y va ligera de ropa es señal inequívoca de que está desesperada", dijo Oscar Wilde, que muy amigo de las señoras no era. Así que no es de extrañar que, llegado su turno, las sufragistas incorporaran el carmín a su repertorio de protestas. ¿Podía haber algo más desconcertante que aquellas señoras feas e histéricas, en palabras de la prensa de la época, marcharan en favor del voto femenino pintarrajeadas como vedettes?

En la segunda guerra mundial, y en un nuevo giro menos emancipador, el lápiz e labios se integró en la maquinaria de propaganda bélica: Hitler había proscrito el carmín en sus audiencias y Churchill, que siempre se creyó muy audaz, decidió  excluirlo del 'pack' de productos racionados porque así fastidiaba al líder nazi mientras mantenía bien alta la moral nacional, por aquello del brío reconstituyente del que hablaban Coco Chanel y Liz Taylor. "Ahora más que nunca la belleza es tu deber", proclamó la edición británica de 'Vogue'.

Propaganda de la segunda guerra mundial. 

Y entonces llegaron los 70 y el pintalabios, como las calles, se convirtió en un elemento en disputa. "Llevar el 'rouge' era un signo de rebelión social en la escena disco y también de sexo y violencia entre los hombres y mujeres punks", apunta la investigadora Patrícia Soley-Beltran, autora del ensayo premio Anagrama '¡Divinas! Modelos, poder y mentiras'.

Y mientras movimientos disidentes como el glam o la incipiente cultura LGTBI zarandeaban y "sacaban de sus casillas" su connotación sexual,  "las feministas –añade– se rebelaron contra los mandatos de belleza que simbolizaba el lápiz rojo". La gran biblia contestataria, no obstante, llegó años después, ya en 1990, cuando Naomi Wolf denunció en El mito de la belleza la dimensión alienante del maquillaje y acusó a la industria cosmética de alimentar la inseguridad femenina –y por tanto sus ventas– con aquel mantra de que nunca eres suficientemente joven, delgada, ni por supuesto sexy. Por cierto, que en aquella década las riot grrrls, cuyas andanadas denunciaban el sexismo y el clasismo de la escena musicalla, también convirtieron el 'rouge' en parte de su uniforme de guerrilla.

¿Y los hombres qué?

Adivinarán que la melé de los hombres con el pintalabios es otra. A pesar de que la industria de la belleza daría palmas de alegría si el 50% de la población engrosara en su clientela, el sociólogo Paco Abril entiende que el  labial rojo, «tan vinculado a la sensualidad femenina», aún es un complemento altamente problemático y «la última frontera» de la masculinidad tradicional, un andamiaje construido por oposición a cuanto huela a mujer o a homosexual.

Cuando David Bowie y el glam electrocutaron la masculinidad tradicional. 

Y aunque es evidente que los labios rojos actúan como una potente descarga eléctrica, el investigador recalca que la transgresión queda en nada si solo es cosmética. Ahí radica la diferencia, por ejemplo, entre aquel mito mercadotécnico llamado hombre metrosexual que se hacía mechas y se depilaba las cejas y la cultura queer –que alude a identidades y sexualidades no normativas–, que "sí desestabiliza y cuestiona" el binarismo de género y las relaciones de poder. «También significativo –añade Abril– fue el caso del glam, que trascendió la escena musical», y haciendo acopio de carmín y purpurina se las apañó para empezar a dinamitar lo que supuestamente significaba (o no) ser hombre o mujer, y creó nuevos espacios de libertad de los que hoy beben las nuevas generaciones. 

¿Qué hacemos entonces con el pintalabios?

Así, convendrán que la madeja de mandatos y rebeldías de la barra labial llega hasta nuestros días intacta y explosiva. La actriz Imma Sust, por ejemplo, considera que el rojo, a día de hoy, es el color "de las valientes", "de la sensualidad, el atrevimiento y el descaro", mientras que la directora Isabel Coixet tercia que "cuanto menos nos fijemos en la boca de las mujeres y más en su discurso iremos todos mucho mejor". 

Cifras

234,5%ha aumentado la demanda de pintalabios en España desde julio, tras desplomarse el 76% durante el confinamiento, según idealo.com.

2,5 dólares es el coste promedio de una barra de labios.

62.000 dólares cuesta la más cara del mundo. El Guerlain KissKiss Gold & Diamonds puede personalizarse con rubís y esmeraldas.

6.600 millones de dólares supuso el mercado global del pintalabios en el 2019. Con un crecimiento anual del 8,4%, se estima que alcanzará los 10.700 millones en el 2024, según un informe de ‘360 Research Reports’.

90.000 cochinillas se requieren para producir 1 kilo de polvo de carmín, el cual proporciona el color rojo al lápiz labial.

Pero si, por ejemplo, tiramos de la hebra racial, resulta que, para las afrodescendientes, echar mano del pintalabios aún equivale a entrar en terreno vedado. "Apropiárselo, pues, puede tener un significado político, ya que siempre se nos ha dicho que nuestras bocas son demasiado grandes para ser pintadas de rojo, e incluso se nos ha afeado la conducta con desprecio cuando lo hemos hecho", afirma Desirée Bela-Lobedde, activista y autora de 'Ser mujer negra en España', que denuncia que la horma colonial aún hoy da barra libre para vejar y sexualizar. 

Rosalía, conjugando los labios rojos con el 'pack' de tendencias preconfinamiento: cejas pobladas, 'grillz' y manicura horror vacui.

La cuestión radica, pues, en el contexto. No hay nada transgresor en que una azafata blanca de congresos se maquille pero sí, quizá, en que el uso del 'rouge' entre las más jóvenes –uno de los colores del 8-M– pueda ser síntoma de la exploración de nuevas formas de definir su imagen y sexualidades. "La reapropiación de símbolos como los labios rojos, el escote o los tacones más allá del papel de objeto de deseo heterosexual nos puede hacer sentir poderosas", dice la escritora Bel Olid, quien, aun así, entiende que sería "interesante plantear cómo podemos empoderarnos más allá de la obligación de ‘estar guapas’ incluso para nosotras".

"Con el rojo diriges la atención de los demás. Desde luego, reclamar el espacio y el control puede ser un acto político, que sea liberador ya es otra cosa"

Y luego está, claro, la capacidad de atracción de un cosmético que, más allá de la mirada masculina, sigue actuando como poderosas luces de 'warning'. "Diría que el pintalabios rojo es una manera de dirigir la atención de los demás, por su connotación histórica de peligro", afirma la escritora y performer trans Elizabeth Duval, quien lo usa, dice, cuando quiere colocar el foco sobre ella. "Desde luego, reclamar el espacio, el control (y, con ello, la atención) puede ser un acto político, pero que sea liberador ya es otra cosa". Quizá, como apunta Roqueta, la cuestión radique, tirando de paradoja, en politizar para luego despolitizar estos símbolos tan connotados. "Sabemos las implicaciones que tiene un pintalabios, sí, pero igual también tenemos el poder de decir que ya ni nos clasifican ni nos importan".

¿Ya eres usuario registrado? Inicia sesión

Estás leyendo un contenido elaborado por la redacción de El Periódico en su empeño por proporcionar información de calidad y estar cerca de sus lectores en esta crisis sin precedentes en nuestro país.

A partir de este momento para seguir leyendo las noticias de +Periódico debes navegar registrado, no tiene ningún coste, pero te permite acceder a la información de calidad y a otros servicios que te iremos explicando.