ALIMENTACIÓN CONSCIENTE

El dilema del aguacate (y una posible solución)

Sus cualidades culinarias, nutritivas y estéticas lo han llevado a ser el producto de moda, pero su impacto ambiental es muy elevado

En Catalunya se están comenzando a cultivar, pero siempre a pequeña escala, por lo que el consumo de proximidad solo puede ser puntual

El aguacate, nutritivo y ’cool’, pero también un consumidor excesivo de agua.

El aguacate, nutritivo y ’cool’, pero también un consumidor excesivo de agua.

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Eduard Palomares

Es bueno, saludable, nutritivo, versátil y queda muy bien en las fotos de Instagram, así que no resulta difícil entender por qué el aguacate lleva varios años siendo la fruta de moda. Su consumo aumenta año tras año hasta situarse en los 74 millones de unidades en España, reconvertidas en guacamole para los nachos, el complemento perfecto de los huevos benedict del ‘brunch’ o sobre una saludable tostada para el desayuno diario. Pero como si hubiera venido su alma al diablo para ser popular, también tiene un lado oscuro: su cultivo –especialmente en países como México, Perú y Chile– genera un enorme impacto ambiental en forma de consumo de agua, sequía, deforestación y emisiones de CO2. Eso sí, también proporciona grandes beneficios a las empresas exportadoras, razón por la cual se ha ganado el apodo de ‘oro verde’.

Para producir un solo aguacate se necesitan unos 227 litros de agua, según la Water Foodprint Network

El dato más esclarecedor es el que proporciona la asociación Water Foodprint Network, y es que para producir un solo aguacate se necesitan algo más de 227 litros de agua y, si se mide por kilos, la cifra llega a los 2.000 litros, que sería como llenar diez veces una bañera. Unas cuatro veces más que cualquier cítrico pero aún lejos del agua que se necesita para producir una única hamburguesa, que llega a los 2.500 litros. El sector, que se agrupado en una asociación internacional, es consciente de ello y está impulsando la investigación para conseguir reducir sus necesidades hídricas. Sin embargo, el aguacate se ha convertido ya en el mejor ejemplo de que no solo ‘somos lo que comemos’ sino que también ‘tenemos la sociedad que comemos’.

Aguacates de proximidad

La pregunta que salta sobre la mesa es, por lo tanto, ¿podemos permitirnos comer tanto aguacate, especialmente si procede del otro lado del Atlántico? La respuesta dependerá de los intereses económicos, de la ideología y del nivel de conciencia de cada consumidor, pero hay una cosa clara: el aguacate, como fruta tropical que es, no pertenece a la dieta mediterránea, así que lo lógico sería que fuera una excepción nutritiva y no una norma. Eso sí, aunque suene a paradoja, el cambio climático ha permitido que se puedan cultivar aguacates en España, especialmente en Málaga y Granada (donde se ha implantado una agricultura extensiva con una producción de 70 toneladas al año, de las cuales muchas se exportan a Europa), pero también en Catalunya. Así que ahí radica una de las posibles soluciones: consumir aguacate de proximidad, aunque hay algún que otro inconveniente. 

Pio Gil cultiva naranjas y mandarinas en Alcanar (Montsià), que vende por internet a través de su marca Mami Taronges o en mercados de payès, como el Mercat de la Terra que Slow Food Barcelona organiza cada sábado en el Paral·lel. Y, además, tiene “unos 40 árboles de aguacate, que comienzan a dar sus frutos entre noviembre y diciembre, si bien este tipo de árboles no suelen producir demasiado”. Así que consumir de proximidad requiere tener claro que la oferta no es ilimitada y debe ser de estricta temporada. Gil, además, recalca algo que tendría que ser evidente: “Por mucho que queramos, no somos un país tropical”.

El Mercat de la Terra, que se celebra cada sábado en el Para·lel, en una edición previa al coronavirus. / ricard cugat

Esto significa que no tenemos las mejores condiciones para una producción a gran escala: “Este árbol requiere una tierra muy buena, y no en todas las fincas se puede cultivar; el consumo de agua que requiere es elevado y, aunque de momento aquí no tenemos plagas, llegarán si aumenta su densidad y se tendrán que tratar”, resume Pio Gil. La cuestión, por lo tanto, radica en la cantidad. No se puede producir de manera local y sostenible tal cantidad de aguacate como la que nos hemos acostumbrado a consumir en esta sociedad globalizada.

Visiones contrapuestas

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“Como payés, entiendo a aquel que quiere cultivar un producto que le puede dar beneficios, porque todos queremos sobrevivir, pero lo cierto es que solo quedan payeses a pequeña escala en la costa mediterránea, pero los inmensos cultivos en América Latina, Suráfrica, Egipto o Marruecos están en manos de grandes corporaciones, que consideran la agricultura como un simple negocio”, añade.

La solución al dilema del aguacate no resulta nada fácil, y más en una ciudad como Barcelona donde existen incluso restaurantes dedicados por completo a esta fruta, que aporta un alta contenido en vitaminas, micronutrientes, fibra y ayuda a reducir el colesterol ‘malo’. Como siempre, todo queda en manos del sentido común de cada consumidor y su capacidad para entender que su forma consumir puede tener un mayor o menor impacto sobre el medioambiente y la sociedad. “Tenemos que comer lo que nos da la tierra, de temporada, y si no hemos aprendido esto durante la pandemia, no vamos a hacerlo nunca”, concluye Gil, dejando clara cuál es su postura en todo este asunto. La Organización Mundial del Aguacate (WAO), en cambio, recalca que sus miembros cultivan y transportan su producto siguiendo un estricto código de prácticas sostenibles, algo que permite además asegurar su frescura y calidad.