Visita en 1988

El día en que Isabel II se enamoró de Picasso y Cobi en Barcelona

La soberana británica visitó España solo en una ocasión. En la capital catalana departió con Pujol y Maragall, visitó el museo del pintor malagueño, pasó revista a las obras del Anillo Olímpico y se marchó con camisetas y chapas de los dibujos de Mariscal

La Reina Isabell II, camino del Museo Picasso, durante su visita a Barcelona en octubre de 1988.

La Reina Isabell II, camino del Museo Picasso, durante su visita a Barcelona en octubre de 1988. / EL PERIÓDICO

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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El avión de la reina Isabell II procedente de Sevilla aterrizó en Barcelona la tarde del 20 de octubre de 1988. Llevaba 35 años al frente de la realeza británica y jamás había pisado España. Ni lo volvería a hacer. Sí había estado en Gibraltar en 1954 para proclamar y defender la importancia estratégica del Peñón, pero esa es otra historia... Centrémonos en su estancia en la capital catalana, donde se enamoró de Cobi y de Picasso e inauguró las dependencias de una escuela inglesa en la ciudad, la Kensington School, en la zona alta de la ciudad, no muy lejos del cuartel del Bruc. Todo, de la mano de los reyes Juan Carlos y Sofía, y acompañada siempre de su esposo, el duque de Edimburgo.

Si se preguntan en qué hotel se hospedó Isabel II, no se rompan las cabeza con las quinielas porque pasó la noche en el yate real Britannia, una embarcación botada en 1938 y que estuvo en servicio hasta 1997. La agenda del 21 de octubre estaba cargada de besamanos y visitas culturales y olímpicas. A primera hora, paseo por Sant Jaume, donde miembros del movimiento La Crida protestaron por la visita de la soberana británica con una salva de petardos y fuegos artificiales. Las crónicas del día explican que muchos interpretaron el acto más como un homenaje que como un abucheo.

Duelo de regalos

La reina departió primero con Jordi Pujol y luego, en el edificio de enfrente, con Pasqual Maragall. El primero le regaló una réplica en plata de de la estatua de Sant Jordi que en 1536 esculpió Melchor Bravo y que puede verse en la capilla homónima del Palau de la Generalitat, que también visitó Isabel II. Luego, en el ayuntamiento, el alcalde se estiró un poco más y le entregó unos grabados auténticos de Tomás Pifarré e impresos por el Consell de Gremis de Barcelona en 1764 con motivo de la llegada a la capital catalana de Carlos III.

Deliciosas fueron las anécdotas del duque de Edimburgo con algunos diputados presentes en la Generalitat. "¿Republican what?", le espetó a Joan Hortalà, de Esquerra, mientras que a un aforado de Iniciativa le prometió regalarle una corbata.

Desde ahí, y en coche a pesar de la cercanía, una comitiva de casi medio centenar de vehículos se dirigió al Museo Picasso, no sin antes colapsar la Via Laietana, que tuvo que ser cortada para dejar paso al desfile de sangre azul. A la reina le bastó con media hora de arte, aunque, dicen, quedó encantada con las obras del pintor malagueño.

Recepción y hacia Mallorca

Se despidieron de Ciutat Vella y subieron hacia Montjuïc, donde visitaron fugazmente el Estadi Olímpic, que en aquellos tiempos pasaba por una profunda fase de chapa y pintura. Isabell II, que entonces ya tenía cinco nietos, quedó prendada de Cobi y de los símbolos ideados por Javier Mariscal. Abandonó el lugar con un buen puñado de camisetas, chapas y pegatinas de los Juegos del 92 para repartir en Londres entre los suyos.

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Bajaron de la montaña y se dirigieron a la Kensigton School, un colegio fundado en 1966 y que ese año estrenaba dependencias. No muy lejos de ahí, en el Palau de Pedralbes, les esperaba un almuerzo y otro besamanos con unos 140 invitados de la sociedad civil catalana.

Superado ese trance, por la tarde-noche, los monarcas británicos celebraron una recepción en su barco. Una vez vaciadas todas las copas, levaron anclas y pusieron rumbo a Mallorca, donde pasaron dos días con Juan Carlos y Sofía. Al llegar a Londres, entrega de camisetas a los chavales. Y en algún momento de esta historia, el futuro rey de Inglaterra se paseó por casa con una camiseta de Cobi.