Los retos del cambio climático

Barcelona, 2095, la última playa viva

La violencia meteorológica prevista para este siglo XXI invita a sopesar ya soluciones arquitectónicas radicales para el litoral de la ciudad

La playa de Sant Sebastià, una laguna artificial, en el año 2095, en una de las provocadoras miradas de LandLab.

La playa de Sant Sebastià, una laguna artificial, en el año 2095, en una de las provocadoras miradas de LandLab. / LandLab

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Supongamos, y no es del todo ciencia ficción, que de las ocho playas de Barcelona (sin duda el espacio público más exitoso de todos los que se crearon con motivos de los Juegos Olímpicos) solo fuera posible salvar una de la desaparición a la que parecen estar condenadas antes de que acabe este siglo. Cuál elegir y, sobre todo, cómo salvaguardarla de la prevista subida del nivel del mar y de las embestidas cada vez más habituales de las olas. Esa es la pregunta a la que, por elevación, tiene respuesta uno de los 11 volúmenes que (para consumo interno, no están disponibles en las librerías) tiene editados Barcelona Regional, el mayúsculo laboratorio de ideas y soluciones de ingeniería del área metropolitana. Se titula ‘La reinvención de la costa’ y lleva la firma de Miriam García, director a del taller de urbanismo y paisajismo LandLab y Premio de la Bienal de Arquitectura de 2013. Miren, como anticipo del viaje que aquí comienza, la foto principal de esta crónica. Podría ser la playa de Sant Sebastià en 2095.

La llamada plataforma del zoo, en un imaginado 2091. / LandLab

Imaginar el futuro a 100 años vista, como Fritz Lang en ‘Metrópolis’, se suele practicar por puro placer literario o cinematográfico. Hacerlo por necesidad, con el reto además de reducir al mínimo el margen de error en la predicción, es muy distinto. De esto va esta reflexión de LandLab, seria, teórica, provocadora también, sobre el futuro de las playas de Barcelona. Que van a estar sometidas a una violencia que no fue imaginada cuando en 1992 fueron concebidas es, a estas alturas del cambio climático, ya indiscutible. Miren ahora otra foto, la de las chimeneas de Sant Adrià. Ahí estarán, salvo sorpresas, en 2095, pero para preservar esa primerísima línea de costa, prácticamente a cota cero, la zona de baño deberá ser (perdón por lo poco serio de la expresión) fortificada.

Las tres Xemeneies, catedral laica de Sant Adrià, protegidas del mar por espigones, pues están prácticamente a cota cero.

/ LandLab

Una opción, la menos aconsejable, sería encarar ese futuro con resignación calvinista. Rendirse o, peor aún, actuar tarde y mal. Lo contrario, sugiere García, es abrazarlo, pese a todo, como una oportunidad, es decir, reconsiderar el litoral de la ciudad y de los municipios limítrofes como lo que siempre han sido, un espacio cambiante. La línea de la costa ha crecido y decrecido desde el Neolítico, cuando los rinocerontes pastaban por lo que hoy es el Eixample, hasta épocas más modernas. La calle de Pere IV fue, antes de la industrialización del Poblenou, donde rompían las olas del mar. La costa barcelonesa fue rocosa, lacustre, marismeña…, depende de la época. Las ocho playas, tal y como hoy se concibe esa palabra, han sido en realidad la excepción a lo largo de miles de años. Salvarlas ahora, al menos alguna, es factible, no a través de la ingeniería convencional, sino de un nuevo concepto, la biotecnología, un concepto de fronteras difusas, pero que plantea que toda obra civil no puede ser construida con el convencimiento de que la fuerza bruta de los humanos, con su cemento y otros materiales, basta para domar la naturaleza. Hay que adecuarse a ella, porque los síntomas a tratar son sobradamente conocidos: más erosión en las playas, cambios de morfología costera, desbordamiento de los sistemas de drenaje, pérdida de confort en el paseo marítimo, espigones sobrepasados por las circunstancias…

La llamada plataforma del zoo, en un imaginado 2091.

/ LandLab

El periodo de retorno es un concepto bastante común en el campo de la ingeniería civil. Es un cálculo. Evalúa cada cuantos años acontecerá una inclemencia (un temporal, una riada, una lluvia torrencial…) que desborde las limitaciones técnicas de una obra (un espigón, un embalse, una red de alcantarillado…). Podrían construirse infraestructuras con un periodos de retorno de 2.000 años (las pirámides de Egipto podría decirse que lo son), pero el coste de construcción es tan astronómico (esa no era una limitación para los faraones) que se opta por establecer un periodo de varias decenas de años como mucho. “Tenemos que empezar a aceptar que habrá periodos de retorno que muy pronto pasarán de 100 años a solo uno”, explica García. Los temporales de levante han sido durante las últimas décadas ocasionales. No siempre destructivos. Los peores han superado con creces las especificaciones de los espigones. Han comportado que millones de euros en arena comprada expresamente para las playas han terminado en el fondo del mar, una catástrofe que se ha solventado comprando nuevas toneladas de arena. Si el porvenir es que eso suceda cada año, no hay discusión, desde el punto de vista de García, de que algo distinto hay que hacer.

El posible espigón que en 2095 la Barceloneta fuera víctima de un veneciano fenómeno de 'acqua alta'.

/ LandLab

Cuánto subirá el nivel del mar entre 2081 y 2100 (vamos, cuando los actuales estudiantes de primaria serán ancianos) no es una ecuación de solución exacta. Puede ser, en el peor de los casos de entre medio metro y dos metros a partir de 2081, eso aparejado a un aumento de la temperatura de entre 1,7 y 3 grados y a una pluviometría fuera de los estándares conocidos. Hace ochos, en este mismo diario se jugó a ser, en una crónica, las mismísimas brujas de Macbeth. Bajo el título 'Acqua alta en Barcelona', en referencia al fenómeno meteorológico que periódicamente inunda Venecia, se planteaba que Barcelona corría el riesgo de terminar como la ciudad italiana, con una parte de sus habitantes claramente hartos de los visitantes extranjeros. Lo que son las cosas, ahora aquel título podría no ser metafórico. El ‘acqua alta’, a no ser que se intervenga, podría ser real, con la Barceloneta convertida en una isla.

¿Hay remedios? Por supuesto, sí. ‘La reinvención de la costa’ es un ensayo que la primera vez que se hojea puede parecer una simple diversión de arquitectos ociosos. Las recreaciones hechas con ordenador pueden desencadenar esa sensación. En realidad, sin embargo, este trabajo de LandLab no trata nada que otras ciudades del mundo no estén ya analizando, en cada caso de forma amoldada a sus amenazas. Este mismo mes de enero, un economista neoyorquino, Jason Barr, ha propuesto ensanchar la isla de Manhattan sobre el río Hudson para blindar contra el calentamiento planetario la ciudad, aunque el proyecto tiene algo sospechoso, porque los siete kilómetros cuadrados conquistados sobre las aguas se aprovecharían para levantar unas muy rentables promociones inmobiliarias.

La desembocadura del Besòs, en 2082, un río milagrosamente resucitado en las últimas dos décadas.

/ LandLab

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En el caso de Barcelona, explica Miriam García, la propuesta tiene que ser más acorde con los tiempos, es decir, el Eixample del mar no tiene que ser inmobiliario, sino que tiene que consistir en convertir la línea de costa en una suerte membrana en la que coexistan las necesidades ciudadanas y la intransigencia del clima venidero. Relevar los rompeolas, donde las olas chocan con violencia, por terrazas que ralentizan por fases el empuje del agua es uno de los muchos remedios posibles. De hecho, tal vez el capítulo más interesante de ‘La reinvención de la costa’ sea el catálogo de 63 soluciones de ingeniería que pone sobre la mesa del debate el libro: cuencas de biorretención, praderas marinas, captadores de arena, jardines de lluvia, marismas artificiales, costas aterrazadas, diques hinchables, biorrefugios flotantes, piscinas de mareas, tetrápodos…

La desembocadura del Besòs, en mayo del 2053, con un cierto aire de óleo de Isidre Nonell, pintor que a menudo buscaba inspiración en aquel lugar..

/ LandLab

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