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La gran orgía onomástica de Barcelona

Más de 130 calles de la ciudad cambiaron de nombre al calor de la Segunda República y la Guerra Civil, una bacanal de bautismos que merece no caer en el olvido

La placa esculpida que se colocó en la Via Laietana de Barcelona, que pasó a ser, durante la guerra, la Via Durruti, en homenaje al líder anarquista fallecido en nunca claras circunstancias en Madrid.

La placa esculpida que se colocó en la Via Laietana de Barcelona, que pasó a ser, durante la guerra, la Via Durruti, en homenaje al líder anarquista fallecido en nunca claras circunstancias en Madrid. / Arxiu Fotogràfic de Barcelona / Atribuida a Pérez de Rozas

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Hace un mes no faltaron a la cita excelentes crónicas sobre el 90 aniversario de la proclamación de la Segunda República, pero quedó pendiente el postre, un relato sobre el despiporre que en Barcelona se desencadenó a partir de aquel 14 de abril de 1931 para rebautizar calles y plazas de la ciudad, un proceso al que el calificativo de orgía onomástica no le viene grande si se tiene en cuenta que, iniciada la Guerra Civil y ante la necesidad de buscar referentes de personajes históricos rupturistas, cuando hasta Bakunin, Kropotkin, Malatesta, tres anarquistas de aúpa, formaban parte ya del callejero, le dedicaron una calle incluso a Espartaco, un homenaje claro y directo al espartaquismo alemán del primer tercio del siglo XX y, de forma más romántica, al esclavo que desafió a Roma. Hoy es la calle de Alt, en Trinitat Vella, un nombre sin mucha chicha, la verdad.

El 15 de febrero de 1939, aunque solo sea por insistir en el (literalmente) sindiós con el que fueron renombradas las calles de la ciudad, se publicó en ‘La Vanguardia’, termómetro del orden, una carta muy curiosa. Hacía casi un mes que las tropas franquistas habían conquistado la ciudad. Aquel lector escribió quejoso una carta al director por el hecho de que su calle, hoy Sant Pere Mitjà, conservase aún las placas forjadas en hierro con que fue renombrada esa vía “durante la época roja”, tal y como él la llamaba. Había sido dedicada a Santiago Salvador, el anarquista que en 1893 lanzó dos bombas Orsini sobre el público de la platea del Liceu y que mató así a una veintena de personas, y así seguía llamándose cuando el general Yagüe era ya dueño y señor de Barcelona. Inaceptable, claro está.

Espartaco, Santiago Salvador, calle de Pancho Villa, hoy Baixada de Sant Marià, calle de la Desgràcia, que es como con humor anticlerical se rebautizó la ‘gracienca’ Mare de Deú de Gràcia, Via Durruti, que es como se descabalgó del nomenclátor la Via Laietana, igual que la Meridiana perdió su nombre para pasar a ser la avenida de la URSS… Y así, como mínimo, hasta 131 cambios se llevaron a cabo. Y de cada episodio se podría sacar punta. Que el Portal de l’Àngel fuera dedicado a la figura de Iván Pávlov, padre de la teoría del reflejo condicional, o sea, un tipo que logró que los perros del laboratorio salivaran al escuchar una campana, tiene su qué premonitorio, pues puede que no haya calle en Barcelona más perversamente concebida para desencadenar los jugos gástricos de la compra que esa vía dominada por las mil caras comerciales de Amancio Ortega.

Calle Alt. Apenas ninguna pista ofrece el nomenclátor barcelonés sobre las razones de bautizar así esta calle, más allá de que esté más elevada que otras de su entorno.

/ MARIA D'OULTREMONT

Calle de Espartaco. Reivindicado a principios del siglo XX como el primer anarquista de la historia, Espartaco, el esclavo que años después llevó al cine Kubrick, tuvo su callecita en Barcelona.

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Todas estas historias están perfectamente recogidas en un libro que con motivo del cambio de sede de EL PERIÓDICO ha asomado su lomo de color perla en una estantería del archivo del diario. Ha sido un gran hallazgo. ‘Calles de Barcelona’, pues ese es su nombre, lleva las firmas corales de Jaume Fabre, Josep Maria Huertas, Pepe Encinas y Pere Monés. Fue publicado en 1982, o sea, que pronto será cuarentón en términos humanos, pero en la cronología editorial es todo un venerable anciano.

Calle de Sant Pere Mitjà. Tres calles se disputaban antaño el nombre del primer Papa cristiano. El caso se resolvió salomónicamente. Se repartió el santo en tres partes.

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Calle de Santiago Salvador. De Sant Pere a Santiago Salvador, autor del sanguinario atentado del Liceu, en el que lanzó dos bombas en platea solo estalló una, suficiente para matar a 20 personas.

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Es una joya. Sus autores se sumergieron en centenares de documentos para seguir el rastro del nombre y apellidos de las calles de la ciudad, un trabajo de hormiga, sin duda, pero, releído ahora, con perspectiva, apetece sacar de él, cual cigarra, algunas conclusiones añadidas.

El capítulo más sugerente es, por supuesto, el que nutre de contenido esta nueva entrega de ‘barceloneando’. Viene precedido de unas páginas en que se repasa qué sucedió durante la dictadura del general Primo de Rivera, que tampoco estuvo mal. Víctor Hugo y Voltaire, menudo par para la derecha, fueron sacados del nomenclátor igual que la sardana, que también perdió su calle. Se le hizo un hueco, por el contrario, a un desalmado como el general Martínez Anido, padre de la llamada ley de fugas con la que tantos detenidos de izquierdas o anarquistas acabaron muertos en circunstancias inexplicadas. Pero sustanciosas, vista con ojos de hoy, en que algunos municipios, no Barcelona, se apresurado a dedicar plazas nobles al 1 de Octubre, son las páginas dedicadas a qué ocurrió desde el momento en que cayó la monarquía y España amaneció republicana. Son páginas interesantes para debatir qué sucede cuando se decide algo en caliente.

Plaza de Francesc Macià. Fue uno de los primeros cambios de nombre realizados con el retorno de la democracia. Se obsequió al expresidente de la Generalitat con una de las menos feas plazas de la ciudad.

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Plaza los Germans Badia. En 1932 era la plaza de de Niceto Alcalà Zamora y a partir de 1939, la de Calvo Sotelo, pero entre medio fue dedicada a una pareja de hermanos tan turbia como Miquel y Josep Badia.

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Entre 1931 y 1936, de las 200 calles que en Barcelona había dedicadas a vírgenes y santos (menuda beatería) solo se rebautizaron como laicas seis. El afán fue más ‘desmonarquizar’. La plaza Reial, por ejemplo, muy pronto pasó a ser la de Francesc Macià. Cayeron otros reyes y condes. Lo curioso, sin embargo, fue cómo de esa guillotina simbólica se salvó la calle de Ferran, que, a veces se olvida, le fue dedicada en su día a Fernando VII, el más ruin de los reyes que ha tenido España, y ahí sigue, aunque su nombre fuera maquillado en 1910 con el truco de prestidigitador aficionado de catalanizar el nombre.

Entre los pocos santos que cayeron en esa primera etapa no está de más subrayar el caso del incomprensiblemente venerado Antonio María Claret, entre otras cosas confesor de Isabel II (y por ello actor secundario en las famosas láminas de los ‘Borbones en pelota’), pero, sobre todo, con ojos de hoy, un religioso de la utraortodoxia en cuestiones de la mujer, en su opinión, culpable de los males del hombre. “De la mujer tuvo principio el pecado y por causa de ella morimos todos”. Con esa mirada no es extraño que fuera un entusiasta defensor de reprender con castigo físico a las mujeres y de que ellas, “como buenas cristianas, sufran y callen”. Raro es que hoy en día nadie mueva un dedo para poner fin a ese desatino del nomenclátor, ni que sea para dedicarle el soso nombre que le correspondió en 1933, calle de la Mutualitat.

Plaza de la Sagrada Família. Es, junto a la de Gaudí, una de las dos plazas que flanquean uno de los dos templos expiatorios de la ciudad, la Sagrada Família.

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Plaza de Ucrania. Los comunistas bautizaron la Meridiana como avenida de la URSS, así que los anarquistas le dedicaron la de la Sagrada Família a Ucrania, por cómo se significaron sus compañeros de aquel país en la lucha contra los bolcheviques.

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Calamidades como esta corrigió la Barcelona republicana, pero la orgía onomástica llegó con la sublevación militar del 18 de julio de 1936, de la que se pueden sacar un par de lecturas.

La primera es que efectivamente el levantamiento se tomó como la imprudencia de unos militares a los que pronto se pondría en vereda. A casi todos los muertos que causó la insurrección en Barcelona, guardias de asalto fieles a la legalidad y varios obreros, se les dedicó de inmediato una calle. La guerra siguió su curso, como se sabe, y esa norma se aplicó con insistencia. La muerte en el frente concedía un lugar en el altar del callejero incluso en las más impensables circunstancias. Antonio, hermano de Gregorio, hermano del histórico dirigente comunista Gregorio López Raimundo, murió en Binéfar cuando los milicianos de un control de carretera le confundieron con un insurrecto. Suya así fue durante un tiempo la calle de Bergara. Josep Sunyol, expresidente del FC Barcelona, iba a repartir 50.000 pesetas entre los combatientes pero se equivocó de carretera y, sin darse cuenta, cruzó la línea del frente. Suya fue la calle de Sant Domènec.

Calle de Bergara. La Primera Guerra Carlista concluyó justo 100 años antes de que estallara la Guerra Civil. Los generales Espartero y Oñate se dieron un abrazo que simbolizó el fin de aquella contienda y con el nombre del lugar donde eso sucedió se bautizó la calle.

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Calle de Antonio López Raimundo. Dirigente comunista y hermano de Gregorio López Raimundo, murió víctima de fuego amigo en un control de carretera. No por ello dejaron de dedicarle una calle.

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La segunda relectura que se puede sacar de aquella bacanal onomástica la sirve en bandeja el propio Sunyol. Fue, además, de dirigente del Barça, diputado de Esquerra Republicana de Catalunya, y esa es la cuestión, que en el nomenclátor barcelonés aprobado por el Ayuntamiento de Barcelona a partir de 1937, cuando los cambios de nombre se sucedían sin pausa y hasta hubo que reaprovechar la parte posterior de las placas retiradas por falta mármol, tuvo un peso minúsculo el catalanismo y fue mayúsculo, por el contrario, el de las otras fuerzas que pugnaban por hacerse con el control de la retaguardia.

Un caso paradigmático es que los comunistas renombraran la Meridiana como avenida de la URSS y que, mientras, la plaza de la Sagrada Família tomara el nombre de Ucrania. El matiz, pasados 90 años, es casi imperceptible, pero aquello era un guiño al Ejército Negro, la fuerza armada anarquista ucraniana que se enfrento a los bolcheviques en los años 20, muchos de cuyos militantes ingresaron en las Brigadas Internacionales a partir de 1936. Vamos, la guerra dentro de la guerra que tan bien contó George Orwell en ‘Homenaje a Catalunya’, pero en versión nomenclátor.

Calle del Bisbe. El franquismo se la dedicó al obispo Irurita, fusilado en Montcada, un religioso al que no perdonaron que se negara a enviar sacerdotes al funeral de Francesc Macià. En 1982 su nombre se maquilló y es simplemente la calle del Bisbe.

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Calle de García Lorca. Al poeta de Fuente Vaqueros le dedicó Barcelona una de sus más bellas calles, conmocionada la ciudad por su asesinato nada más comenzar la Guerra Civil.

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Todo aquello lo revirtió el franquismo, por la vía más simplona la mayor parte de las veces. La calle de la Autonomia, que antes lo había sido de la Libertad, pasó a ser la calle de la Unidad. Hoy es de nuevo la calle de la Autonomia. A la calle de la Democràcia le tocó ser la del Movimiento Nacional. Los abyectos hermanos Badia, idolatrados, por cierto, por Quim Torra, tuvieron una plaza muy noble, la que hoy es de Francesc Macià. La gran lástima es que entre tanto colgar y descolgar placas, labor que continuó, claro, con el retorno de la democracia, se perdieron iniciativas estupendas. Federico García Lorca, que tuvo un breve pero apasionado romance con Barcelona en 1935 (“Hay palmeras, gentes de todos los países, anuncios comerciales sorprendentes, torres góticas y un rico pleamar urbano hecho por las máquinas de escribir. ¡Qué a gusto me encuentro allí con aquel aire y aquella pasión!”, escribió), fue asesinado un mes después de estallar la Guerra Civil. Tanto dolor causó aquel crimen que para él fue durante unos años la actual calle del Bisbe. Hoy la tiene en Nou Barris, que no está mal, pero habría sido realmente maravilloso que la hubiera recuperado en pleno corazón de la ciudad, aunque fuera fruto de una orgía onomástica que se desencadenó de hace 90 años.