ARTE PÚBLICO

Nuevo color para la fuente de Hércules, la decana de BCN

  • Una restauración borra el óxido que había convertido en naranja la piedra de Montjuïc con la que fue esculpido el monumento

  • El surtidor fue construido para el desaparecido paseo de la Esplanada a finales del XVIII y ahora luce en el paseo de Sant Joan

La fuente de Hèrcules, en el cruce de paseo de Sant Joan con la calle de Còrsega, este martes por la noche.

La fuente de Hèrcules, en el cruce de paseo de Sant Joan con la calle de Còrsega, este martes por la noche. / Jordi Cotrina

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La fuente ornamental decana de Barcelona vuelve a lucir limpia. Vuelve porque ya fue restaurada hace una década, pero desde entonces hasta ahora había mutado a naranja. No es normal pero tampoco es raro. La piedra de Montjuïc, la que ha servido durante décadas para levantar Barcelona y la fuente en cuestión, la de Hércules, tiene partículas de hierro y el contacto con el agua la oxida, ergo se vuelve naranja. Es el motivo más probable del cambio de color del monumento pero no el definitivo ni el único. Bien podría ser que la piedra aún estuviera escupiendo el hierro absorbido de la estructura, cambiada hace años, del circuito de agua interno. Sea como sea, la piedra y la fuente, han vuelto a su color original por obra y gracia de la dirección de Arquitectura Urbana y Patrimonio del ayuntamiento y de 72.000 euros de presupuesto.

La restauración le ha cambiado el color a la fuente y su decoración, pues también se ha aprovechado la intervención para matar a los microorganismos (hongos, vamos) que atacaban a los medallones de mármol blanco que decoran el pedestal de la fuente, y que, además de debilitarlos, los llenaban de verde. Unos bajorrelieves con retratos de Carlos IV y su esposa, María Luisa de Parma, en el lado que mira al mar; y el escudo de Barcelona en el lado opuesto. El distintivo de la ciudad poca explicación necesita; el real obedece a la visita regia de 1802. Por entonces Barcelona inauguraba paseo, el de la Esplanada. Un espacio abierto entre la muralla y la Ciutadella por el que los barceloneses, faltos de espacio intramuros, solían pasear en el siglo XIX, y que discurría entre la plaza de la Aduana, aproximadamente donde hoy se levanta la estación de França, y el Portal Nou.  

La avenida se levantó por iniciativa del capitán general de Barcelona, Agustí de Lancaster –de ahí que también se conociera como paseo de Lancastarín-, para ocupar a los numerosos obreros y menestrales que por entonces llenaban la ciudad sin trabajo al que poder dedicarse a causa de una paralizada industria textil debido a las guerras marítimas. Las obras empezaron en 1796 y se alargaron hasta 1802. El resultado fue un ancho y largo paseo arbolado con una fuente ornamental por extremo: en uno, un surtidor dedicado a la diosa Aretusa y en el otro, en el norte, a Hércules. El conjunto incluía también un surtidor con el dios Tritón y otro con una nereida. De las cuatro fuentes solo sobrevivió la que nos ocupa y que tiene tanto valor artístico como histórico. El primero obedece a su mano ejecutora: Salvador Gurri (1749-1819), artista tan reconocido en su momento como olvidado ahora. La importancia histórica la da su condición de escultura decana de la ciudad.

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Tres ubicaciones distintas

El estatus lo adquirió en 1936. Hasta entonces el título lo ostentaba la fuente de Santa Eulàlia, la misma que lucía en la plaza del Pedró, donde algunos aseguran fue crucificada la patrona de Barcelona (otros afirman fue en el Portal de la Boqueria) y que durante la guerra civil sufrió los efectos de los bombardeos. Tras su destrucción se ha reconstruido dos veces pero no cuentan para seguir ostentando la condición de decana. La de Hércules, por esa fecha ya llevaba unos cuantos años de vida y tres ubicaciones a cuestas. Cuando el paseo de la Esplanada desapareció para construir el parque de la Ciutadella, hacia 1881, la fuente de Hércules pasó a formar parte de los jardines del Palau de les Belles Arts, levantado en motivo de la Exposición Universal de 1888 y en pie hasta 1942. Aunque el surtidor cambió de ubicación mucho antes, en 1928, cuando Darius Rumeu i Freixa, hijo del Baró de Viver y alcalde de Barcelona, decidió trasladarlo a su emplazamiento actual, en el paseo de Sant Joan a la altura de la calle de Còrsega. Ahí llegó más entero de lo que está, ya que durante la Segunda República perdió la inscripción laudatoria hacia su promotor, el capitán general, y hacia sus benefactores, Carlos IV y su esposa. 

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