EFEMÉRIDE

Medio siglo de generosidad picassiana

  • El Museu Picasso celebra el 50º aniversario del gran legado, más de mil piezas, que el genio malagueño decidió entregar a Barcelona 

  • El artista donó a la ciudad la obra de juventud que atesoraba en la casa familiar de paseo de Gràcia y que es la esencia de su museo 

Llegada a la sede del Museu d’Art de Barcelona de las obras donadas por Picasso a la ciudad, en mayo de 1970.

Llegada a la sede del Museu d’Art de Barcelona de las obras donadas por Picasso a la ciudad, en mayo de 1970. / Juan Antonio Sáenz Guerrero

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“‘Calla, hombre, calla. Todo esto va para Barcelona’. Me quedé aturdido, y no digamos el ayuntamiento. El cuadro de Colón vino con el resto”. El resto fue el gran legado que Picasso dio a Barcelona ahora hace medio siglo: 236 pinturas, 1.149 dibujos, 17 cuadernos, 4 libros de texto, 2 grabados, 47 obras de otros artistas y objetos diversos, que forman “la identidad y la personalidad” del Museu Picasso, a juicio de su director, Emmanuel Guigon. Y el personaje que narraba su aturdimiento (y sorpresa) en 1987, en una entrevista en ‘Serra d’Or’, era Raimon Noguera (1897-1990), el notario que hizo posible tanto la constitución del centro picassiano de la calle de Montcada, en 1963, como el regalo que el genio malagueño hizo a su ciudad de adopción en 1970, efeméride actual. 

A finales de los 60, Noguera recibió el encargo de poner orden al caos testamentario que el pintor intuía se produciría tras su muerte con una familia tan extensa como atípica: Picasso era un español residente en Francia con una esposa, por la vía civil, no reconocida por la legislación española; también era viudo de una unión anterior con hijo incluido, el único heredero a ojos de la ley; y contaba, además, con otros 3 retoños naturales aunque reconocidos de dos madres diferentes. Lo dicho, un enredo que no auguraba nada bueno a la hora de heredar y al que Noguera por parte española y Roland Dumas por parte francesa intentaban poner sentido.

Notario aturdido

Y en esto estaba el notario cuando, en 1969, se dedicó a inventariar, en la casa de Picasso de Mougins (Francia) y junto al artista, las obras de juventud del genio, las que en 1904, cuando el pintor se instaló definitivamente en Francia, quedaron en el piso familiar de paseo de Gràcia, además de las que ejecutó y dejó en Barcelona en 1917, durante su estancia en la ciudad acompañando a su primera esposa, Olga Khokhlova, y a los Ballets Rusos. Inventariaban con las fotografías de las obras en mano, los mismos retratos que en 1959, tras la muerte de su hermana, Picasso mandó tomar a Francesc Mèlich para poder identificar, autentificar y cuantificar lo atesorado en Barcelona para decidir qué derechos tenía sobre ello y qué podía (o no) hacer con ello. En su mente ya figuraba la donación, pero la idea la sabía él, nadie más. 

Técnicos de los museos de Barcelona cargan en un camión las obras guardadas en el piso familiar de Picasso en el paseo de Gràcia y donadas por el genio a la ciudad , en mayo de 1970. 

/ Pérez de Rozas

Así que 10 años después, cuando Noguera le ayudaba a poner orden jurídico al inventario barcelonés poco sospechaba que estaba trabajando en el que sería el regalo más importante realizado por Picasso en vida, y el que daría personalidad, sentido y singularidad al único museo que el genio creó según su propia voluntad. Ni sospechaba la donación ni sabía cómo transmitir la petición -lo peor que podía hacerse con Picasso era pedirle algo, explicaba Noguera en ‘Serra d’Or’- que llevaba de parte del Ayuntamiento de Barcelona: el consistorio quería que donara a la ciudad ‘El paseo de Colón’, un óleo realizado en 1917 desde el balcón del Hotel Ranzini y que plasma la estatua del descubridor de América. Cuando todo el proceso de documentación hubo acabado, Noguera se atrevió a formular la demanda municipal. Fue entonces cuando el genio le soltó la frase que encabeza el artículo, y fue entonces, también, cuando el notario quedó aturdido. 

No era para menos, no en vano el regalo era mayúsculo: más de mil piezas salidas de la mano de uno de los artistas más reconocidos del siglo XX (si no el que más) que permiten seguir la evolución de su talento. Una donación que fue y es la espina dorsal del museo: “La colección definitiva, la que le da personalidad, es la que llegó con el legado de 1970”, asegura Guigon. Aunque el centro de la calle de Montcada ya llevaba en marcha desde 1963, cuando abrió con los fondos que entregó Jaume Sabartés, amigo y secretario personal de Picasso; la colección de Lluís Plandiura que el ayuntamiento y la Generalitat habían adquirido en 1932, y el legado de dibujos que donó Lluís Garriga. Luego entraron otras donaciones, como la que hizo Salvador Dalí (el libro ilustrado ‘Les Metamorfosis’), y otra de las importantes y realizada también, por el malagueño: ‘Las meninas’. Cincuenta y ocho cuadros que reinterpretan la obra de Velázquez y la única serie pintada por Picasso que no está dispersa.

Traslado discreto

‘Las meninas’ entraron en el museo en 1968, aunque el genio lo había anunciado ya en 1964. El problema era cómo sacarlas de París, se trataba de hacerlo discretamente para que las autoridades francesas no se opusieran a su marcha. El momento adecuado lo dio el Mayo del 68. Las autoridades del país vecino estaban demasiado ocupadas sofocando la revuelta y Jacqueline Roque (la mujer de Picasso) alertó a Barcelona de la oportunidad. Las telas pasaron la frontera antes de que Francia la cerrara a causa de las huelgas pero llegaron sin papeles. El tema lo solucionó Noguera incluyendo ‘Las meninas’ en el mismo documento que recogía la donación de 1970. Un solo folio escrito a máquina datado el 23 de febrero de 1970 y con la inconfundible firma de Picasso.

Pablo Picasso con el notario Raimon Noguera y el regidor Josep Blajot, en Mougins en 1969. 

/ Sucesión Pablo Picasso

El documento cuelga de una de las paredes del museo en una pequeña muestra que homenajea el momento. Junto al escrito, las fotografías de Mèlich que permitieron a Picasso saber qué atesoraba en el piso de Barcelona, pues sabido es que Picasso no volvió nunca a España tras su última visita en 1934. No por falta de ganas sino porque prometió no pisar de nuevo el país mientras durara la dictadura. Están también las imágenes del 8 de mayo de 1970, jornada en la que los cuadros salieron de la casa de paseo de Gràcia camino del Palau Nacional para ser restaurados antes de colgarlos en el Museu Picasso. No se conoce el día exacto de su llegada a la calle de Montcada, pero sí del día previsto para la reinauguración del centro: el 19 de diciembre de 1970. Lo atestiguan los documentos y el ingente número de invitaciones que se mandaron. Se pretendía hacer una fiesta a lo grande, con todos los directores de los museos más importantes del mundo, artistas, embajadores y autoridades varias. No pudo ser. Lo impidió el proceso de Burgos, el juicio más importante contra dirigentes de ETA durante el franquismo. 

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Tres fiestas gafadas

La víspera de la inauguración, Picasso en persona comunicó su negativa a cualquier acto oficial a modo de protesta por el juicio, y se suspendió todo el programa. Así que en 1970, como había pasado en 1963 (entonces se optó por la discreción para no sulfurar a las autoridades franquistas), el museo no tuvo fiesta. Tampoco la ha podido tener ahora, cuando se cumplen 50 años de la donación, por imperativo del covid-19. Pero sí hay exposiciones -la pequeña muestra de los documentos y otra dedicada a los cuadernos que iban incluidos en el legado- y la promesa de un año, el 2021, con actividades dedicadas al tema. “En el contexto actual, de lo que queremos hablar es del sentimiento de generosidad que supuso la donación y del sentimiento de pertenencia, del amor que tuvo Picasso por Barcelona toda su vida”, anuncia Guigon. Un amor que el genio demostró con creces: “Allá es donde empezó todo... allá es donde comprendí hasta dónde podía llegar...", afirmaba. Y allá, por supuesto, era Barcelona.