27 oct 2020

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barceloneando

La Barcelona salvaje en 122 imágenes

Ricard Feriche, con el ambiguo adjetivo de prohibidas, recopila las fotos de cuando esta ciudad, como dice Rodrigo Fresán, resplandece bajo focos de luz negra

Carles Cols

Año 2004, infravivienda en la Sagrera, a barlovento del Fòrum de les Cultures. 

Año 2004, infravivienda en la Sagrera, a barlovento del Fòrum de les Cultures.  / SAMUEL ARANDA

Esto de recomendar un libro pasado Sant Jordi parecerá que es como afeitarse a contrapelo, pero es que Barcelona fotos (prohibidas), un título que en la portada aparece medio tapado con dos tiras de cinta adhesivas, como pezones de una pornostar punki, puede tener esa contraindicación, que irrita la piel. O algo así, pues el cuerpo central de tan extraña propuesta editorial de La Fábrica, son 122 fotografías irritantes de Barcelona, o sea, que lo de prohibidas es sinónimo más bien de incómodas para el relato oficial sobre esta ciudad presumida y muy pagada de sí misma. La primera de ellas, un fotón, es inequívoca de que esa es la intención. Fue tomada en el año 2004, ya saben, el del Fòrum de les Cultures, el de se van a enterar en los cinco continentes de lo hospitalaria y estupenda que es esta ciudad. La hizo Samuel Aranda, muy pocos años después ganador del World Press Photo. Es la imagen del interior de una infravivienda del barrio de la Sagrera, vamos, a barlovento mismo del Fòrum. El protagonista parece ser el legionario que trata de poner orden en un minúsculo espacio (“amor de madre”, lleva tatuado en el antebrazo), pero la mirada del espectador se desvía inevitablemente hacia la izquierda, a la oveja con la que comparte habitación. Sin ser esta una página firmada por un especialista en trashumancia, se diría que es un ejemplar de churra, que por su resistencia a las adversidades y su predisposición a las marchas campestres prolongadas bien podría se conocida como la novia ovina de la muerte. Luego volveremos a Aranda, porque el making off de la foto es la repera.

A través del ojo de 39 fotógrafos, Feriche compone la partitura visual del 'Walk on the wild side' local

El libro es una empresa personal de Ricard Feriche, que en el prólogo relata cuál era la intención inicial durante la concepción del proyecto, publicar trabajos fotoperiodísticos que si no fueron exactamente censurados en su día, sí que fueron equivocadamente descartados o no llevados a la  portada de la prensa. Estas cosas pasan. Lo feliz de la idea de Feriche es haber compuesto con el trabajo de 39 fotoperiodistas distintos lo que vendría a ser la partitura visual del Walk on the wild side de Barcelona. Lo cuenta más o menos tal cual, en el breve texto que incluye el libro, el escritor Rodrigo Fresán, que propone, por si alguien gusta, rebautizar a esta ciudad como Badcelona o Madcelona, la mala o la loca, todo vale.

La tesis de Fresán es que Barcelona es siempre, por mucho que se maquee, el Berlín de los años 20, el Los Ángeles de los 40, el Nueva York de los 50 y el Buenos Aires de los 70, pero todo a la vez y sin fecha de caducidad, siempre cimarrón, no como en Manhattan, donde Times Square ha dejado de ser feroz y los porno-shows han sido sustituidos por musicales de Disney. Un buen prólogo siempre se agradece, y más en un libro como este donde las fotos no tienen más relato que su fecha, lugar y autor. Son como cine mudo, pero hablan.

Paseo de Gràcia, año 2017, el Rodeo Drive de Barcelona tras ser consagrado al turismo y el lujo / JULIO CARBÓ

Por ejemplo, Julio Carbó, fotoperiodista de EL PERIÓDICO, tiene ese don. Es una de las fotos a doble página del libro. Fue tomada en el 2017. Aunque no es necesario, merece la pena contextualizar. Barcelona, durante el mandato de Xavier Trias, se metió de cabeza en lo que los economistas llaman el túnel de la economía extractivista. Es decir, tan boyante es el negocio del turismo que la administración, en este caso el ayuntamiento, concentra buena parte de su inversión pública en echar más leña a la caldera. La reforma del paseo de Gràcia se consideró una prioridad, porque es nuestro Rodeo Drive. Que no le falte de nada a la calle del lujo. En la foto de Carbó, un hombre duerme en la acera frente al escaparate donde se exhibe una cómoda cama, incluso con bandeja de desayuno sobre el edredón. ¿Hablan o no hablan las fotos?

Barcelona es Berlín de los 20, Los Ángeles de los 40, Nueva York de los 50..., pero todo a la vez y sin paréntesis

Feriche ya fue el alma hace tres años de otro imprescindible libro sobre Barcelona, titulado sin más con el nombre de la ciudad. Era una recopilación de cómo algunos de los mejores fotógrafos del mundo habían retratado en alguna ocasión esta ciudad, gente como Cartier-BressonAvedonKoudelkaMartin ParrGerda TaroCatalà RocaMiserachs…, pero claro, aquello era otra cosa. Entre ellos estaba, por ejemplo, Helmut Newton, un hombre obsesionado por su primer recuerdo de infancia, el de su niñera medio desnuda vista a través de la rendija de su habitación, o sea, una mirada excitante. En cierto modo, Barcelona fotos (prohibidas) es la cara b de aquel trabajo, el lado salvaje, como dice Fresán, la ciudad que deslumbra bajo focos de luz negra, con el mérito de que lo ha cofinanciado el Ayuntamiento de Barcelona.

Posado con pistola de un pandillero en la playa de la Barceloneta / LLUÍS ARTÚS

En este book coral de la modelo Barcelona no falta nada de todo aquello que jamás se exhibiría en una guía promocional de Fitur. Es la ciudad de las okupaciones, de los travestís del Camp Nou, de las peleas a navaja, de los turistas que beben y luego duermen el raso en la Barceloneta, de los policías y sus cachiporras, de aquel paréntesis en que el nudismo no era raro en las calles del Eixample, de las discotecas de perreo, de los chaperos, de la desinhibición y, por supuesto, de la prostitución, que merece un receso en forma de punto y aparte para respirar.

Cuntíes, el Colom bajo techo

Sobre esta cuestión, el comercio carnal, es graciosa la charla que el fotógrafo Pep Cuntíes mantuvo con Feriche cuando le llevó algunas instantáneas para el libro. Reconocía Cuntíes que Joan Colom había retratado como nadie a las peripatéticas del Raval, a menudo furtivamente, lo que con el tiempo le trajo problemas, pero que, ¡narices!, él iba más allá y las fotografiaba en las habitaciones, previo pago de la cita.

Prostitución en la calle de las Tapies. El papel pintado delata la época. 1977 / PEP CUNTÍES

El libro no va del trabajo de los fotoperiodistas. La prota es Barcelona, la sórdida, la de antes de los narcopisos, porque siempre hay margen para crecer, pero implícitamente se intuye de paso que este, el de fotógrafo de la realidad incómoda, no es un oficio para cualquiera. De Txema Salvans, otro retratista de la prostitución, la de carretera, revela Feriche en el prólogo su mayor secreto. Se vestía con un mono amarillo de topógrafo, un oficio que también se lleva a cabo con trípode, y así se ahorraba la ingratitud del teleobjetivo. Pero para mérito el de Kim Manresa, que ofrece un dos por uno, travestido y cliente, ambos conscientes de la presencia de la cámara, pero despreocupados.

El 'making of' de la foto que abre el libro es la repera. Legionario y churra. Año 2004, el del Fòrum. Aranda explica qué hacía él allí

Queda pendiente, por último, lo prometido, el cómo y el porqué de la foto de Samuel Aranda, que a estas alturas de su trayectoria profesional no le faltan portadas en The New York Times, pero en el 2004, cuando el Fòrum, la fama aún no le había encontrado. “Entonces yo trabajaba para Gas Natural”, cuenta. No, no era el fotógrafo de la compañía. “Era el que llamaba a las puertas para hacer la lectura del contador. Así supo que quería retratar lo que ya entonces bautizó como “la otra Barcelona”. Pedía permiso y sacaba la cámara. Aquella foto, ni que fuera con la cara de la oveja pixelada, jamás se publicó. Ahora sí.

Posdata: de la Barcelona canalla, salvaje o prohibida, llámesela como se quiera, se ha escrito y, menos de lo que se merece, se ha visto, pero aún parece que incomoda. Se intuye en cuán poco sentido del humor colectivo hay sobre la ciudad que comparten 1,6 millones de habitantes. En Odessa lo hacen. Ciudad portuaria también, que un día fue rusa y ya no, que fue la más europea de las ciudades del zar Nicolás y después fue bolchevique, sus habitantes dicen (o decían) que es como una prostituta que se acuesta por la noche con un cliente y por la mañana se levanta con otro. Es una definición que se podría importar.