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Ley seca de pegamento

El comercio de Santa Caterina y Sant Pere trata de cortar el suministro de la droga y afrontar el problema de conviviencia sin crear alarma social, mientras el vecindario pide más recursos asistenciales

PATRICIA CASTÁN / GUILLEM SÀNCHEZ - BARCELONA

Una patrulla de la Guardia Urbana controla la zona del Pou de la Figuera, tras las quejas de estos días.

Una patrulla de la Guardia Urbana controla la zona del Pou de la Figuera, tras las quejas de estos días. / JOAN CORTADELLAS

Algún cliente podría sorprenderse de que en la droguería Solà, un referente del sector de las pinturas que cuenta con una sede en la calle de Mestres Casals i Martorell (a un paso de Sant Pere més Baix y del Pou de la Figuera), sea imposible conseguir un disolvente en la zona de autoservicio. Y no es que Alfons Solà no conozca de sobras el oficio. Pero justo por ello prefiere despachar personalmente cualquier producto o cola que contenga esta sustancia. La razón no es otra que evitar que los menores (y mayores) que esnifan cola en la zona puedan comprarla con facilidad. Llevársela a la mano antes de que los dependientes puedan decir que no. Hace tiempo que tomó la medida, de forma preventiva, tratando de cortar la cadena de suministro a la triste legión de chicos que buscan la evasión con un colocón tan fácil como feroz.

"Esos productos los tengo fuera de la vista", añade. "Han llegado a enviar a los más pequeños a comprar cola, y aquí no se les vende", zanja. Solà habla con gran conocimiento de causa, no solo como droguero, sino -carambolas de la vida- como actual presidente de la asociación A Santa Caterina, que entre sus problemáticas más acuciantes tiene este conflicto de convivencia en el barrio. Afecta a vecinos de Santa Caterina y de la zona de Sant Pere, aunque el barrio es cauto. "No queremos crear alarma, ahora que el comercio está mejorando, queremos soluciones porque esto es un problema social, no de seguridad", explica.

SIN REPRESIÓN

La asociación de comerciantes que aglutina a muchas calles del entorno tiene continuas reuniones con responsables de los Mossos y de la Guardia Urbana, pero el asunto precisa otro tipo de cirujía, no la expulsión policial, coincide Sol Ruíz de Vargas, nueva presidenta de los vecinos del Casc Antic. "Es un problema grave para el barrio y que hemos comentado con el distrito, pero la solución no pasa por la represión indiscriminada sino por destinar más recursos en forma de educadores sociales", relata. A su juicio, hay que abordar el asunto desde la reinserción social. "Algunos no han vivido en un hogar desde los 4 años y es difícil mantenerlos en un centro, no es un te

El ayuntamiento reclama más implicación a la Generalitat

Fuentes del ayuntamiento señalan que el problema no es nuevo y se ha ido desplazando en Ciutat Vella. Por ello han pedido "más implicación y recursos en los centros gestionados por la DGAIA", así como una respuesta "más contundente" a la Generalitat. Aunque los vecinos piden más, el consistorio afirma haber activado un seguimiento personalizado con educadores de calle de las entidades del distrito para tratar de "vincular a los jóvenes a los servicios" de la zona. Se ha establecido también un protocolo en la red de atención a las drogodependencias para menores. La Agencia de Salud Pública de Barcelona también está ofreciendo formación a los educadores de los centros tutelares para que "puedan realizar intervenciones breves motivacionales", promoviendo que los chicos vayan a recibir tratamiento. El ayuntamiento considera que el problema no se puede abordar de forma aislada porque su dimensión es social, familiar, educativa, jurídica, administrativa... donde la inhalación u otras sustancias "es solo un signo de problemas más graves y complejos". Más allá del espacio público tomado, se pretende enfocar desde otros muchos recursos municipales, asumen.

ma que se solucione llamando a la Urbana", mantiene.

Otra vecina integrada en la asociación y que conoce al dedillo la evolución de la zona, Maria Mas, añade que tras algunas semanas tranquilas, el caso ha vuelto a repuntar. "Van como zombis, no puedes ni hablar con ellos aunque lo intentes porque están muy tocados". Más que un problema para el barrio, dice, "lo son para ellos mismos", instalados con frecuencia en el Arc de Sant Cristòfor con la calle de la droguería, viendo pasar las horas y aniquilando neuronas por vía nasal. "Lo planteamos en la audiencia pública de Ciutat Vella, las administraciones han de intervenir, enviando ayuda" antes de que la situación sea insostenible.

A mediodía de un día laboral, un grupo deambula por el Pou de la Figuera, algunos discuten entre sí, mientras varios agentes los vigilan de cerca. En los pocos comercios de enfrente no hay miedo pero sí recelo. Cuentan en uno que de vez en cuando tratan de colarse en la tienda para robar bolsas, a las que luego se abocan para esnifar. "Cuando van muy colocados son muy agresivos, se pelean incluso entre ellos", explican. Algún vecino y tendero relata algún tirón de bolso muy violento o pequeños hurtos en tiendas, para vender y conseguir recursos para comprar el dichoso pegamento.

Una adquisición que, tras la negativa de algunos establecimientos tradicionales, han estado haciendo durante semanas en multibazares chinos de toda la zona. Hasta que incluso los propios comerciantes asiáticos han tomado conciencia del asunto y en algún caso han plantado cara. Ruiz lamenta que cuando estos operadores se han negado a vender abiertamente han llegado a causar daños en el establecimiento. Una coyuntura de compleja gestión cuando el adicto tiene a veces apenas 12 años, picardía y está intoxicado. En ocasiones incluso les acompaña alguna chica también enganchada.

La corta edad de los afectados hace que despierten la solidaridad de algún vecino que les baja mantas o comida. Pero los más se quejan de la falta de efectividad de las medidas de Generalitat y ayuntamiento. "Tras las obras y las reformas en Santa Caterina y todo lo que hemos pasado, es hora de que este barrio tire para adelante, y con este problema es muy difícil. En el entorno del Pou no se instalará nadie nuevo viendo ese panorama", reflexiona un comerciante de Santa Caterina. Ruiz teme que la tensión acabe con algún "choque frontal" con algún vecino, si estos sienten que "no se actúa" de verdad.