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a pie de calle

Sant Antoni, el barrio modernillo de BCN

CATALINA GAYÀ

Hace nueve meses que en una guía en inglés para hipsters (modernillos) se nombraba el barrio de Sant Antoni como el enclave más moderno de Barcelona. Ayer me acerqué al barrio y encontré al personal de limpieza lidiando con el otoño y un ejército de ancianos y niños en las aceras. «Los alquileres ya no son tan baratos como antes», me advirtieron en una inmobiliaria.

Hace solo un año los locales que ahora son pastelerías, fondas slow food, galerías de arte, tiendas de muebles vintage (de los que una espera que salga Don Draper, el protagonista de Mad Men) y tiendas de diseñadores independientes eran espacios cerrados que lucían unos carteles tímidos en los que se leía: «En alquiler».

Es curioso como un barrio se pone de moda en esta Barcelona en tránsito. Un día parece que está a punto de desaparecer del mapa -las obras eternas del mercado no auguraban un futuro prometedor- y al día siguiente las cervezas ya se sirven a 1,90 euros, se populariza el gintónic, se venden pasteles, los carteles se leen en inglés y las fotos se toman en Instagram.

Sucedió así en la Ribera, hace ya 15 años, cuando se abrieron tiendas de diseño. Hubo un tímido intento de hacer del Raval un barrio cool con la construcción del CCCB y del Macba, pero la miseria no lo permitió. En Sant Antoni no han llegado ni marcas de lujo ni museos. Han desembarcado jóvenes preparadísímos y viajados que estaban en paro o hartos de trabajar para otros y que han montado un negocio de lo que antes era una afición o un sueño. Manuela Caruso apareció ayer tras el mostrador de su pastelería alemana -ella es la pastelera, la dependienta y la dueña- con un pañuelo de otra época.

Zuckerhaus, la pastelería, está en un chaflán que es un resumen de Sant Antoni 2012: está su pastelería junto a un restaurante con un gran ventanal reconvertido en banco; está una galería, y está un bar en el que se hacen zumos naturales. Estos nuevos comercios comparten chaflán con una armería y son vecinos de pollerías, bodegas, carnicerías, talleres mecánicos y fruterías.

Caruso se trasladó a Barcelona hace cinco año. Es alemana, intérprete, vivía en Italia e iba hacia Francia cuando unos amigos le ofrecieron un trabajo en Barcelona. Es vecina del barrio y hace nueve meses convirtió su afición por hacer pasteles en una pastelería chic.

Una anciana se detenía delante de Cometa, uno los bares que están del otro lado del chaflán y que abrió hace solo una semana. Lo miraba, pero no entraba. Maria Formoso es la encargada y aseguraba que los vecinos acuden a tomarse un cafecito o una caña y, decía, el acierto está en haber puesto una barra.

Explicaba que encontraron el local cuando acudieron a una exposición de la galería de arte que está enfrente. Por el camino de las obras, ella también se ha trasladado al barrio y, decía, aquí ha encontrado «vida de barrio», algo que, desde que salió de Eibar (País Vasco) para estudiar un máster en Barcelona, no había experimentado. Maria es productora, de la generación de becarios preparadísimos y sin contrato a la vista. El reto, aseguraba, es integrarse en el barrio siendo un vecino más. Era Maite Mandoley, propietaria del restaurante Bohèmic, quien decía que el cambio es vida y que «Sant Antoni está vivo hasta los domingos».

En una escuela, una pancarta recordaba que este año hay menos maestros que en el 2011. Un cartel en una pared anunciaba que hay una oenegé local que reparte comida en esas mismas calles.