Una noche para la eternidad

La fe del equipo y el empuje de la afición coronan una hazaña que nadie olvidará

Euforia desbocada en el Camp Nou.

Euforia desbocada en el Camp Nou. / FERRAN NADEU

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Eloy Carrasco
Eloy Carrasco

Periodista

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La locura que faltaba ya está en la historia del fútbol, y la firma el Barça. ¿Que nadie había levantado jamás un 4-0 en la historia de las competiciones europeas? Pues ya está. La cita con lo imposible que era esta utopía contra el PSG deja para el recuerdo una noche de temblores, pasión y 'gallina de piel'. No se ha levantado ningún titulo, solo son los octavos de final de la Champions, pero nadie olvidará jamás esta eliminatoria. Las remontadas, ese patrimonio genético del Real Madrid, quedó invadido, y ampliamente rebasado, por un equipo desencadenado en su fe e impulsado por una afición que muy pocas veces se irá a dormir más feliz. El estadio hiperexcitado que pedía Luis Enrique hizo su trabajo, y hasta jugó una prórroga, con unos miles de irreductibles espectadores que no querían irse media hora después de concluido este episodio mágico, sobrenatural. En Canaletes se dio la concentración propia de los días grandes. Había que absorber hasta la última gota de gloria, que la noche no acabase nunca.

El Barça celebra no solo una gesta, sino una resurrección. A este mismo equipo ningún halago le hace justicia. Sin embargo, habían hecho sonar las campanas de funeral, ahora sabemos que prematuramente, tras la catástrofe de París. Hay en las vitrinas del Museu montones de trofeos, pero la noche del 8 de marzo del 2017, aun sin ninguna copa con la que dar una vuelta de honor, entra por derecho en el álbum de las conquistas especiales, como aquel gol agónico de Bakero en Kaiserslautern o el de Iniesta en Stamford Bridge. Más que nunca, la impresionante victoria ante el PSG dependió de la comunión entre un equipo compacto y una afición entregada a la invitacion de dejarse llevar por la demencia.

MESSI Y SHAKIRA

Ni siquiera fue necesaria una gran acuación de Messi, el mejor futbolista de todos los tiempos, que se lanzó contra la grada, enajenado por la alegría, cuando Sergi Roberto conectó ese remate con el que nació un mito. "El gol lo perdió en juveniles", bromeó luego Luis Enrique, feliz sin aspavientos en sus declaraciones. Venía de fundirse en un abrazo de tornillo en el césped con un Messi lloroso. Fue una noche en la que lloró mucha gente y en la que emergió el liderazgo de Neymar, inconmensurable, la valía de Ter Stegen o la firmeza de Umtiti. Piqué dijo que fue el partido más extraordinario de su vida, y le secundó su mujer, eufórica en una celebración con impacto universal. Una noche de loca felicidad.

Y eso que las caras de la gente decían «demasiado pronto, demasiado bonito para ser cierto» cuando el equipo se puso 3-0 tan pronto e hizo bullir los sueños más húmedos. El Barça se frotó las manos durante una hora larga de bestial reencuentro con la vida. El peso de la lápida de París, con el RIP de aquel 4-0 lamentable inscrito, ya no era imposible de levantar. Recorrían las cabezas de la afición un montón de 'y si...'. Y si en el Parque de los Príncipes el Barça no hubiera hecho su peor partido en años. Y si André Gomes no hubiera tirado al río aquel cartucho que servía para el 1-1. Y si, al menos, con la catástrofe ya consumada, hubiese entrado aquel cabezazo de Umtiti que se fue al palo...

LA FÓRMULA QUÍMICA

Porque la hazaña quizá cobró cuerpo mucho antes de que el enfervorecido Camp Nou pudiera hacerse a la idea, en apenas dos minutos. Una indecisión, un canguelo del portero y un caníbal suelto. Si había una fórmula química perfecta, esos fueron los elementos para que Suárez activase el reloj de la ilusión. El inmenso estadio del Barça empezó a parecerles a los jugadores del PSG una enorme mortaja. De pronto Rabiot ya no parecía tan bueno, el despliegue de Matuidi ya no era tan imponente, las manos de Trapp desprendían una firmeza menor y a Verratti la comparación con Xavi le quedaba decididamente grande.

Y luego vino el segundo gol justo antes del descanso. El diablo siempre duerme con un ojo abierto, debió de pensar

Sergi Roberto, héroe inesperado, Neymar, Ter Stegen  y todos los demás ya están en la historia del fútbol

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Unai Emery en su zona técnica, comido por los nervios y pensando en cómo iba a explicar semejante desastre en la sala de prensa. 2-0 antes del descanso, un Barça desencadenado y un PSG acongojado, incapaz de enlazar tres pases y con su gran obra a punto de desmoronarse. Y eso que la ruta escogida por los azulgranas fue la más heterodoxa posible. Esos dos goles fueron extraños, feos, impropios de un equipo que entrará en las enciclopedias por la belleza de sus obras. Pero qué gusto dio ver cómo ese cabezazo tosco de Suárez traspasaba la línea, o cómo el rebote grosero en el cuerpo de Kurzawa ponía el 2-0 en el marcador, y no digamos ya ese penalti de Meunier a Neymar, el pardillo y el pillo.

COSA DE CHIFLADOS

En ese momento había que pellizcar uno a uno a los seguidores del Barça para que se lo creyeran: a un solo gol de empatar con casi todo un tiempo por delante. Pero ese PSG agarrotado encontró en el gol de Cavani el clavo ardiendo que necesitaba, tambaleante como estaba, y parecía entonces cosa de chiflados creer en el 6-1. Y apareció Neymar, y se crecio Ter Stegen, sobrevivió la fe de todos y surgió el héroe inesperado, Sergi Roberto. Él y los demás ya son eternos.